PARTE 8
La madre del jefe
Victoria Vieri bajó al sótano como una reina entrando en una iglesia.
No había prisa en sus pasos. No había miedo en sus ojos. Ni siquiera parecía molesta por el polvo, la sangre o las armas apuntándole al pecho.
Marco caminaba a su lado con el hombro vendado.
Irina apareció detrás, todavía con la mano herida.
Rosetti cerró la entrada con seis hombres.
Bianca entendió algo de inmediato.
Todos habían estado separados solo en apariencia.
La red era una sola.
Victoria miró a Alessandro.
—Hijo.
La palabra pareció golpearlo en el rostro.
—Estás muerta.
Ella sonrió.
—Legalmente. Es una forma muy cómoda de descansar de hombres que creen estar mandando.
Alessandro levantó el arma.
—¿Tú ordenaste matar a Bianca?
Victoria miró a Bianca con desprecio elegante.
—Ordené proteger el futuro Vieri.
Bianca dio un paso.
—Yo estaba embarazada.
—Lo sé.
La respuesta fue tan fría que incluso Marco bajó la mirada.
Alessandro apretó el arma hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
—Sabías que Luca existía.
—Un niño nacido de sangre Serrano podía quitarle a los Vieri el puerto sur o unir demasiado poder en manos de una mujer que no obedecía.
Bianca sonrió sin alegría.
—Qué miedo les damos cuando no obedecemos.
Victoria la miró.
—No es miedo. Es cálculo.
—Entonces calculaste mal.
Irina levantó su arma hacia Bianca.
Alessandro disparó primero.
La bala impactó en el hombro de Irina. Ella cayó contra la pared gritando.
Todo explotó.
El sótano se volvió una trampa de fuego y metal. Los hombres de Rosetti dispararon. Elías empujó a Bianca detrás de la caja. Marco se lanzó contra Alessandro con un cuchillo, gritando como si toda su vida dependiera de ese golpe.
Alessandro bloqueó el ataque con el antebrazo. La hoja le abrió la piel, pero él no retrocedió. Golpeó a Marco en el estómago y luego en la cara. Marco cayó, pero volvió a levantarse.
—¡Ella me prometió la familia! —gritó Marco, mirando a Victoria.
Victoria ni lo miró.
—Y tú fuiste lo bastante idiota para creerlo.
Esa frase destruyó a Marco más que el golpe de Alessandro.
Bianca peleaba cerca de la escalera. Un hombre la sujetó por detrás. Ella le clavó el codo en la nariz y luego la navaja en el muslo. La sangre cayó sobre el suelo gris.
Irina, herida, intentó arrastrarse hacia la caja Serrano.
Bianca la vio.
Corrió hacia ella.
Ambas chocaron contra la mesa. Irina intentó arañarle la cara. Bianca la golpeó con la carpeta metálica. Irina cayó de rodillas.
—Ese puerto era mío —escupió.
Bianca le puso el arma bajo la barbilla.
—No. Era de mi padre. Luego de mi hijo. Y ahora será de nadie que use niños como llave.
Victoria subía la escalera, intentando escapar.
Alessandro la vio.
—¡Madre!
Ella se detuvo.
—No me llames así si vas a apuntarme.
Él respiraba fuerte, con sangre bajándole por el brazo.
—¿Por qué?
Victoria lo miró casi con lástima.
—Porque tu padre te dejó demasiado corazón. Yo intenté corregirlo.
—Mataste mi vida.
—Te di una familia más fuerte.
Alessandro miró a Bianca, cubierta de sangre, aún de pie. Pensó en Luca escondido en una iglesia aprendiendo a usar cuchillos. Pensó en cinco años de duelo falso.
—No. Me diste una tumba vacía.
Victoria levantó una pequeña pistola escondida en el bastón.
Bianca gritó:
—¡Alessandro!
El disparo salió.
Alessandro recibió la bala en el costado.
Cayó.
Bianca disparó a Victoria en la pierna.
La mujer cayó sobre las escaleras, por primera vez sin elegancia.
Bianca corrió hacia Alessandro.
Él respiraba, pero sangraba mucho.
—No te mueras —dijo ella, presionando la herida.
Alessandro sonrió apenas.
—Eso suena casi preocupado.
—No me hagas arrepentirme.
Arriba, se escucharon sirenas.
Elías había enviado las pruebas a tiempo.
Pero Bianca sabía que esa noche no terminaba con arrestos.
Victoria estaba viva.
Marco estaba roto.
Irina respiraba.
Y Alessandro, el hombre que ella había amado y odiado durante cinco años, sangraba bajo sus manos.
La guerra ya no era por el puerto.
Era por Luca.
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