El Silencio Electrónico De Iván Cepeda Que Desafía Todas Las Reglas Del Poder
La luz roja de “En el Aire” se encendió con un chasquido eléctrico en la cabina de La FM. El aire acondicionado apenas lograba disipar la expectación. María Jimena Duzán ajustó sus auriculares. Su rostro reflejaba el eco de una conversación que todavía intentaba decodificar. No era el cansancio de la rutina, era la pesadez mental de quien ha mirado a los ojos a la esfinge y ha salido con más preguntas que respuestas. Algo en la atmósfera de la política colombiana estaba a punto de cambiar su frecuencia, y el sismógrafo era ella.
El mundo de la alta política es un ecosistema ruidoso, saturado de intermediarios, jefes de prensa, filtros de contención y agendas milimétricas. Conseguir que un candidato presidencial con el peso de Iván Cepeda conceda una entrevista profunda es, generalmente, un ejercicio de desgaste burocrático. Sin embargo, para María Jimena Duzán, el proceso de lograr que el político se sentara frente a sus micrófonos en el exitoso podcast “A Fondo” rompió todas las convenciones establecidas. La periodista lo relató con una mezcla de sorpresa y un dejo de incredulidad. No hubo correos rebotados por asesores de comunicaciones, ni excusas de agenda maquilladas por estrategas. La conexión fue directa, cruda, casi inquietantemente personal.
“Logré [hablar con él] personal por el chat… hablando por el teléfono”, confesó Duzán, su voz marcando la extrañeza del hecho. Iván Cepeda, el hombre que lidera encuestas, que es visto por muchos como el sucesor natural o el heredero reformulado del progresismo, operaba en la sombra electrónica sin escudos. “Él fue el que hizo la hora, el día… pero no tiene un jefe de prensa, que es una cosa muy curiosa”. Esta ausencia de barreras no era un simple detalle logístico; era una declaración de principios o quizás una estrategia de aislamiento calculado. Un político que no requiere a alguien para que le gestione el ruido es porque ha decidido controlar su propio silencio.
La reflexión en la mesa de La FM fue inmediata. Cepeda no da entrevistas con frecuencia. Prefiere el murmullo constante de la plaza pública, el contacto directo y sudoroso con las multitudes, esquivando el escrutinio coreografiado de los medios masivos. Duzán lo observó no como un defecto, sino como una característica inusual y transparente. Pagar a un jefe de prensa para rechazar entrevistas sería un absurdo. Esta dinámica de soledad operativa, donde solo unas pocas figuras como María José Pizarro parecen servir de puente, dibuja el perfil de un hombre que confía exclusivamente en su propia voz, o que teme profundamente la distorsión que otros puedan hacer de ella.
Cuando Iván Cepeda finalmente se sentó frente a María Jimena Duzán, la periodista que lo conocía de años atrás como senador, se encontró con una entidad diferente. La transición de legislador a candidato presidencial no es solo un cambio de título, es una mutación psicológica. Duzán buscó en su mirada al polemista aguerrido, al senador incisivo, pero se topó con un muro de contención. “Lo vi muy tranquilo, no lo vi afanado… pero no lo veo distinto como candidato. Está en otra posición”, reflexionó la periodista. La palabra que eligió para definir este nuevo estado fue precisa: cauto.
La cautela de Cepeda no era la de alguien asustado, sino la de un jugador de ajedrez que comprende que cada sílaba es una pieza que puede costarle la partida. No hubo un acuerdo previo sobre los temas a tratar, ni una red de seguridad argumentativa. “Entramos y él entró y nos sentamos a hablar”, narró Duzán, recordando la frialdad inicial del encuentro. Al principio, la tensión en la mandíbula del candidato, el microsegundo de pausa antes de cada respuesta, evidenciaban un filtro interno exhaustivo. Su cerebro procesaba las preguntas no solo por su significado, sino por su potencial de detonación en las redes sociales y en las trincheras de la oposición.
Esta extrema precaución sorprendió a la experimentada periodista. El Iván Cepeda de antes, el hombre dogmático y combativo de los debates parlamentarios, había sido reemplazado por un candidato que medía las frecuencias de su voz para no alterar el equilibrio precario del momento. A medida que la conversación avanzó, el hielo se resquebrajó y Cepeda “entró en calor”, pero la guardia nunca bajó por completo. La transformación era evidente: el peso de la posibilidad real del poder lo había convertido en un administrador de silencios y respuestas milimétricamente calibradas.
El fantasma que persigue a Iván Cepeda en la psique colectiva colombiana tiene forma de hoz y martillo. La narrativa de la derecha lo dibuja frecuentemente como un radical implacable, un hombre acunado en el comunismo de la Europa del Este (Bulgaria, Checoslovaquia), dispuesto a implantar un modelo estatista que eclipsaría incluso los miedos más profundos sobre el “Castrochavismo”. Juan Carlos, uno de los locutores de La FM, puso este elefante blanco en el centro de la mesa, preguntando cómo sería un eventual gobierno suyo.
María Jimena Duzán, lejos de actuar como vocera, desglosó su percepción basándose en la confrontación directa que tuvo con él. La pregunta fue cruda y sin adornos: “¿Usted es marxista leninista?”. La respuesta de Cepeda fue un rotundo “No”. Duzán analizó esta negación no como una estrategia de evasión, sino como una evolución ideológica. Lo definió como un “hombre de izquierda, progresista, demócrata”, alguien que comprende que el modelo económico actual, el “ocaso del neoliberalismo” en palabras de economistas globales como Stiglitz o Piketty, requiere ser remozado, pero no aniquilado.
La visión económica que Cepeda esbozó a Duzán se alejaba del terror estatista. “Me dijo que él no quería eso, pero que si llegaba al poder… quería implantar un sistema donde hubiese las dos cosas”, explicó la periodista. Una coexistencia entre la presencia del Estado y la empresa privada, aunque con un Estado que “tuviera que decir mucho más”. Esta ambigüedad, el “quién sabe qué significa eso” que añadió Duzán, dejaba claro que el plan de gobierno aún está en construcción, pero la intención de desmarcarse del radicalismo dogmático era evidente. Duzán fue tajante: no cree que Cepeda vaya a cambiar el modelo hasta volverlo una dictadura económica. Su gobierno sería distinto, consolidando unas cosas del actual presidente y echando atrás otras.
La sombra de Gustavo Petro es, quizás, el mayor desafío gravitacional para Iván Cepeda. Ser el candidato del oficialismo en un país polarizado significa cargar con la mochila de los aciertos y, sobre todo, de las decepciones del gobierno en curso. Duzán, quien en su momento apoyó a Petro y luego experimentó desencantos públicos, interrogó a Cepeda buscando grietas en esa alianza. Lo que encontró fue una distancia fría y calculada.
Cepeda no cortó las amarras, pero demostró una capacidad asombrosa para establecer perímetros de seguridad alrededor de sus propias convicciones. “Me sorprendió cuando dijo que él no hubiera comprado los aviones Gripen”, relató Duzán. Este detalle, aparentemente menor, era en realidad un cañonazo a la línea de flotación de una de las decisiones más polémicas del actual gobierno. Pero la distancia fue aún más profunda en temas estructurales. Frente a la corrupción, el acuerdo de paz y la propuesta de una asamblea constituyente (temas bandera de Petro), Cepeda ofreció narrativas paralelas. “Yo le pregunté sobre la constituyente y él me habló fue del acuerdo nacional”, señaló la periodista.
Esta disonancia cognitiva entre el líder actual y el aspirante a sucederlo marca una estrategia de supervivencia política. Cepeda busca absorber el capital político de Petro sin contaminarse con su desgaste. El momento de mayor tensión en este desmarque sutil ocurrió cuando Duzán cuestionó el éxito de sus eventos públicos, insinuando que las plazas llenas (especialmente por su posible vicepresidenta) eran fruto de la maquinaria gubernamental. La respuesta de Cepeda fue tajante, negando cualquier asistencia del Estado. “Ahí las dejo”, concluyó Duzán, dejando flotar en el aire la duda razonable sobre la verdadera maquinaria que impulsa su campaña, pero confirmando la intención de Cepeda de proyectarse como una entidad independiente.
La conversación derivó inevitablemente hacia el escepticismo crónico que define la relación entre los medios y los políticos. “¿Cómo hace uno para creerle a un político en campaña si lo que nos ha demostrado la experiencia es que siempre cuando llegan al poder… muchas de las cosas que han prometido no pasan?”, preguntó uno de los panelistas. Duzán sonrió con la amargura de quien ha visto pasar docenas de campañas. “Ese es el karma”, admitió. “Todos los candidatos dicen una cosa y cuando gobiernan se transforman. Los de izquierda, los de derecha, los de centro. No hay uno que no”.
La periodista utilizó a Gustavo Petro como ejemplo de esta metamorfosis, recordando cómo prometió en su podcast no promover una constituyente, solo para dejarla planteada posteriormente, aunque reconociendo que cumplió su promesa de no expropiar. Sin embargo, al analizar a Cepeda bajo este mismo microscopio de cinismo periodístico, Duzán encontró una diferencia perturbadora. Cepeda no parecía tener la piel de teflón de los políticos tradicionales. “Yo sí creo que Iván Cepeda es un político distinto… tiene un problema, digamos, como político, y es que es demasiado evidente”, afirmó.
La transparencia, en el mundo de la política de alto nivel, suele ser un defecto de fábrica. Duzán describió a Cepeda no como un hábil encantador de serpientes, sino como un hombre al que se le leen las emociones en el rostro. “Se le nota cuando le molesta una pregunta, se le nota cuando le gusta una pregunta”. Esta incapacidad para enmascarar sus reacciones lo convierte en un candidato vulnerable ante la prensa hostil, pero paradójicamente, podría ser su mayor activo ante un electorado hastiado de la artificialidad y las respuestas prefabricadas de los políticos de oficio.
Con el análisis psicológico sobre la mesa, la conversación se adentró en el frío terreno de las proyecciones electorales. Las encuestas, esos termómetros volátiles del humor nacional, sitúan a Iván Cepeda en la cima, rozando el cuarenta por ciento de la intención de voto. Detrás de él, figuras de la derecha dura como Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia luchan por el segundo puesto, el boleto dorado hacia la segunda vuelta. La pregunta era ineludible: ¿Contra quién se enfrentaría Cepeda en la batalla final, y cuáles serían sus posibilidades?
Juan Carlos planteó la premisa de que la estrategia de Petro de subir el salario mínimo había funcionado, asegurando un colchón de votos para el oficialismo. Sin embargo, Duzán ofreció una lectura más sombría y pragmática. Descartó la ilusión de Cepeda de ganar en primera vuelta, una meta que el propio candidato había deslizado en la entrevista. “Yo no lo veo, no lo veo”, sentenció la periodista. El escenario que Duzán dibuja en su mente, basado en las tendencias actuales, es un choque frontal entre Iván Cepeda y Paloma Valencia.
Si este fuera el caso, advirtió Duzán, “la pelea va a ser muy dura”. Valencia representa el núcleo duro de la derecha tradicional, una antítesis perfecta al proyecto de Cepeda. Por otro lado, si el contrincante fuera Abelardo de la Espriella, Duzán estima que “es muy probable que gane Iván”, sugiriendo que el estilo polarizante y las referencias de De la Espriella podrían generar un rechazo que empujaría el voto moderado hacia Cepeda. Sin embargo, la periodista reconoció la inestabilidad del tablero político: “Incluso cualquier cosa que pase de aquí a allá… por ejemplo, una intervención mucho más directa de Donald Trump. Vamos a ver cómo funciona”. La política exterior y las variables incontrolables se ciernen como sombras sobre el futuro del país.
Antes de concluir, la entrevista en La FM dio un giro brusco, alejándose de la densidad de las urnas y adentrándose en la intimidad del hogar de María Jimena Duzán. La curiosidad sobre cómo una de las periodistas políticas más agudas del país convive con Óscar Acevedo, un reconocido músico de jazz y pianista formado en Berklee, reveló un ecosistema doméstico fascinante. “¿Cómo es esa cosa en el comedor de la casa y en la sala… el otro feliz tocando jazz… cómo se conjuga eso?”, le preguntaron.
La respuesta de Duzán fue una carcajada sincera y una revelación sobre los mecanismos de supervivencia mental. “Él ni siquiera se da cuenta… anda como en otro planeta”, confesó. Mientras ella lidia con encuestas, candidatos y la toxicidad del poder, él se sumerge en las estructuras armónicas de Bach, Mozart y Miles Davis. Cuando ella le cuenta que entrevistó a Iván Cepeda, él pregunta: “¿Con quién?”. Esta desconexión absoluta no es una falla en el matrimonio de treinta años, sino su pegamento. “Es perfecto”, dijo Duzán, describiendo cómo escribe sus afiladas columnas bajo la banda sonora de los ensayos de su esposo.
Esta dinámica de mundos paralelos, unidos por dos hijas (una artista plástica y otra actriz y filósofa), ofrece un contraste brutal con el universo político que Duzán analiza. Mientras el país se desgarra en debates sobre constituyentes y modelos económicos, en su casa la realidad se mide en compases y partituras. “La ventaja es que yo tengo mi mundo y él tiene su mundo… nos hemos entendido ya 30 años precisamente porque no nos encontramos tanto”. En un país donde la política lo consume todo, el jazz en el fondo de la sala se erige como el último y más resistente baluarte contra el caos, un recordatorio de que, más allá de quién ocupe la Casa de Nariño, la música de Bach siempre seguirá sonando.
