La Firma Silenciosa Que Dejó A Los Dueños Del Poder Sin Sus Tierras
El sol del mediodía caía como plomo líquido. Las puertas de la finca Buenavista crujían bajo el peso de la incertidumbre. Un grupo de funcionarios avanzaba con pasos lentos. Sus botas levantaban un polvo rojo y denso. En sus manos llevaban carpetas que pesaban más que el oro. Nicolás Lacerna sentía un nudo frío en la garganta. El aire en el Vichada se volvía irrespirable. Mil cabezas de ganado pastaban ajenas al colapso inminente. El silencio era una condena. La nación estaba a punto de reclamar lo suyo. El poder de décadas se desvanecía en una firma. Nada volvería a ser igual.
La llanura del Vichada es un monstruo verde que parece no tener fin. Allí, donde el horizonte se funde con el cielo en un abrazo de fuego, la finca Buenavista se erigía como un monumento al privilegio. Nicolás Lacerna, primo de figuras que han caminado por los pasillos más altos del poder, observaba cómo su imperio de seis mil ciento ochenta y dos hectáreas se fragmentaba. No era una derrota repentina, sino el resultado de un proceso que se cocinó a fuego lento en los tribunales. Los funcionarios de la Agencia Nacional de Tierras no llegaron con gritos, sino con la autoridad gélida de una resolución emitida el 15 de diciembre de 2023. El documento declaraba lo que muchos temían susurrar: la ocupación era indebida.
Lacerna sentía el roce del papel oficial contra sus dedos. Era una textura áspera, como la realidad que se le venía encima. Tres años atrás, la Corte Suprema de Justicia ya había dictado sentencia, pero en este mundo, el tiempo se estira para los que tienen billete. El rastro de esta ocupación se remontaba a 2008, a una compra ficticia a un colono que no tenía títulos que vender. Ocho mil pesos por hectárea. Un precio irrisorio para una tierra que no pertenecía a nadie más que a la nación. La mandíbula de los presentes se tensaba. El ganado, esas mil cabezas que simbolizaban una fortuna inalcanzable para el ciudadano común, seguía allí, moviéndose con una parsimonia que contrastaba con la agitación interna de los ocupantes.
El peso de la ley caía ahora sobre la llanura. No importaban los apellidos ni las defensas públicas en ruedas de prensa. La figura de la “prescripción adquisitiva” había fallado. Un juzgado de Puerto Carreño intentó en 2017 darle un aire de legalidad a lo ilegal, pero la Agencia Nacional de Tierras interpuso una tutela que devolvió la esperanza a la constitución. El Tribunal Superior de Villavicencio y la Corte Suprema fueron los clavos finales en el ataúd de una propiedad que nunca debió ser privada. El ambiente estaba cargado de una frecuencia sonora baja, un zumbido de motores de camionetas oficiales y el viento que siseaba entre los pastizales, anunciando que la tierra regresaba a manos de quienes no tienen nada.
A miles de kilómetros de la llanura colombiana, en una pista de aterrizaje rodeada de cercas de alambre de espino, otro hombre vivía su propio proceso de recuperación. John Viáfara, el héroe que una vez hizo vibrar al continente con un gol que derrotó a Boca Juniors, sentía el frío del metal en sus muñecas. El contraste era brutal. De la gloria de la Copa Libertadores a las prisiones federales de los Estados Unidos. Viáfara no hablaba de tácticas de juego, sino de la logística de la desesperación. El polvo blanco, ese que se menciona con vergüenza en los círculos sociales, lo había llevado a un lugar donde el tiempo se mide en meses de espera frente a una pista gris.
Viáfara observaba a través de las mallas. Veía cómo llegaban los buses cargados de hombres con los hombros caídos. Colombianos, peruanos, brasileños. Todos mezclados en un sistema que los procesaba como piezas de una maquinaria oxidada. Pero en medio de esa desolación, un avión de la Fuerza Aérea Colombiana aterrizaba con una regularidad que rozaba lo milagroso. Viáfara, atónito, registraba la escena. El gobierno de su país, ese mismo que muchos critican desde la comodidad de sus salas, enviaba a recoger a sus hijos, incluso a los que habían caído en el abismo del error. Un vuelo a la semana. Una solución que, aunque insuficiente para los miles que esperaban, se sentía como un soplo de dignidad en un desierto de abandono.
El exfutbolista describía las jaulas. Espacios diseñados para mil personas que rebosaban de historias rotas. Él, que conoció el rugido de los estadios, ahora se enfrentaba al silencio sepulcral de la deportación. Viáfara agradecía. Sus palabras, marcadas por un tono ronco y sincero, se dirigían al primer mandatario. Reconocía un trabajo que la prensa tradicional prefiere ignorar. Mientras el avión calentaba motores, él entendía que su regreso no era solo un trámite administrativo, sino un acto de soberanía humana. La grandeza de Petro, como él la llamaba, se manifestaba en ese avión que cruzaba cielos para rescatar la dignidad de los que ya no tenían voz.
La historia de la finca Buenavista es un mapa de cómo se ha repartido Colombia en las sombras. Gustavo Londoño García, excongresista y empresario agrícola, compartía el terreno con Lacerna. Londoño, un hombre que hizo su fortuna en los Llanos Orientales, ya conocía el sabor amargo de la justicia. Condenado por corrupción al sufragante, por ofrecer títulos de bachillerato a cambio de votos, representaba esa vieja forma de hacer política donde todo tiene un precio. En la finca, el límite de la Unidad Agrícola Familiar era de mil hectáreas, pero ellos poseían seis veces más. La desproporción era un insulto a la ley.
La investigación de la Revista Raya y el trabajo del periodista Edinson Bolaños sacaron a la luz las costuras deshilachadas de este negocio. En 2020 y 2021, los socios intentaron disolver su sociedad para repartirse el botín. Casi tres mil hectáreas para uno, casi dos mil para el otro, y un remanente compartido. Era un intento desesperado por camuflar lo inocultable. La Agencia Nacional de Tierras, sin embargo, ya tenía el rastro. No se trataba de una persecución personal, como alegaban los círculos de la extrema derecha. Las actuaciones habían comenzado incluso en gobiernos anteriores, pero es ahora cuando la voluntad política ha hecho efectiva la recuperación.
El odio hacia el presidente se gesta en estos detalles. Petro les ha dicho a los megarricos que la tierra que se han apropiado indebidamente debe volver al pueblo. El campesino sin tierra, ese que reza en la Constitución pero que ha sido ignorado por siglos, es ahora el destinatario final de estas hectáreas. La indignación de los círculos de poder es palpable. Sienten que les están arrebatando un derecho divino, cuando en realidad solo están devolviendo lo robado. El Vichada ya no es solo un feudo de apellidos ilustres; se está convirtiendo en el escenario de una reforma agraria que se escribe con hechos y no solo con promesas de campaña.
La voz de John Viáfara se quiebra cuando describe los 45 días de espera legal. En ese limbo burocrático de las prisiones federales, el colombiano ilegal es un paria. Pero para los que han pagado su deuda con la sociedad, como los federales, la ley exige su salida inmediata. El avión de la Fuerza Aérea es el único faro en esa tormenta. Viáfara narraba cómo veía a personas pasar tres, cuatro, cinco meses en prisión simplemente por falta de transporte. La soledad allí es una textura metálica, un sabor a café recalentado y el sonido de las llaves del guardia golpeando contra el muslo.
Cuando el avión colombiano aparece en el horizonte, el aire en las celdas cambia. Hay una vibración diferente. Es el único país que hace ese esfuerzo sistemático por sus ciudadanos. Viáfara lo aplaude. Sus manos, que antes atrapaban balones imposibles, ahora se juntaban en un gesto de gratitud. El exfutbolista entendía que cada colombiano en ese vuelo representaba una carga menos para su familia y una oportunidad de redención en su propia tierra. La prensa no lo dice, la prensa calla los éxitos de la gestión humana del gobierno, pero los hombres que bajan de esos buses y suben a ese avión lo saben en sus huesos.
Este proceso de retorno es una pieza más en el rompecabezas de la justicia social. Mientras en el Vichada se recuperan hectáreas, en las pistas de aterrizaje se recuperan vidas. La mirada de Viáfara, fija en la pista, capturaba la esencia de un cambio que no se ve en las estadísticas de Wall Street, sino en la humedad de los ojos de un hombre que vuelve a casa. El gobierno está haciendo algo muy bien, y aunque los titulares prefieran enfocarse en el caos, la realidad de los que están en las jaulas cuenta una historia de protección y compromiso que trasciende cualquier color político.
¿Quién tiene el músculo financiero para sostener tres mil hectáreas? Solo gente con entradas mensuales que superan los quinientos mil millones de pesos. El ciudadano promedio, el que gana diez o veinte millones, no puede ni imaginar el costo de mantenimiento de tales latifundios. Esa es la brecha que el actual gobierno está intentando cerrar. El odio visceral hacia el presidente no es ideológico, es económico. Es el dolor de perder el control sobre la geografía nacional. Paloma Valencia defendía a su pariente alegando que casi todos los Llanos son baldíos ocupados históricamente. Pero el hecho de que el robo sea costumbre no lo convierte en ley.
La candidata presidencial hablaba de persecución, pero los documentos no mienten. El predio Cachicamo, otro terreno bajo la lupa, involucraba a familiares paternos de la senadora. Pablo Valencia Iragorri, aviador y primo de Paloma, adquirió miles de hectáreas junto a socios poderosos, incluyendo cirujanos de élite y empresas vinculadas a magnates bancarios. Construyeron pistas aéreas privadas, legalizaron hectáreas a su antojo y pretendieron que el Vichada fuera su patio de recreo personal. El exministro Aurelio Iragorri tuvo que declararse impedido en su momento, una señal clara de que los hilos del poder estaban demasiado enredados con la propiedad de la tierra.
La recuperación de estos baldíos es una bofetada a la arrogancia. Los terrenos destinados por ley a la reforma agraria están finalmente cumpliendo su propósito. Que lloren, decía el narrador con una crudeza necesaria. Que sigan llorando porque la tierra es para el pueblo colombiano, no para los megaricos que creen que el país termina en sus cercas electrificadas. La dignidad está regresando a los campos. La figura del campesino, encorvado por años de injusticia, empieza a erguirse. El territorio nacional está dejando de ser una herencia de primos y amigos para convertirse en la base de la soberanía alimentaria de una nación entera.
El proceso de entrega de estas tierras no es un trámite frío. Es una ceremonia de justicia. Al recibir las hectáreas de Buenavista, los campesinos no solo reciben suelo para sembrar; reciben una disculpa histórica del Estado. El llanto de los poderosos es la música de fondo de un amanecer que muchos creyeron imposible. Nicolás Lacerna y Gustavo Londoño ahora son solo nombres en un expediente cerrado por la Agencia Nacional de Tierras. El ganado se moverá, los cercados se ajustarán y la producción de comida orgánica reemplazará al latifundio improductivo o al monopolio ganadero.
Desde la Tierra del Trueno, desde el Catatumbo, el mensaje de resistencia y paz resuena con más fuerza. La reconciliación en Colombia pasa por la tierra. No puede haber paz mientras unos pocos posean el tamaño de un departamento entero mientras millones no tienen dónde enterrar un muerto. Las palabras de John Viáfara y la acción efectiva en el Vichada se conectan en un solo concepto: el Estado al servicio de los vulnerables. El avión de la Fuerza Aérea y el funcionario de la Agencia de Tierras son dos caras de la misma moneda. Un país que se mira al espejo y decide que ya no le pertenece a los mismos de siempre.
Las cosas se están diciendo como son. Sin filtros. Sin el velo de la cortesía diplomática que ha encubierto el saqueo por siglos. Colombia y el mundo están conociendo la verdad detrás de las grandes propiedades. La dignidad no es un eslogan de campaña, es el acto de recuperar seis mil hectáreas y dárselas a quien tiene las manos callosas de verdad. El futuro se construye en esos surcos nuevos, en esas familias que hoy duermen con la certeza de que el suelo bajo sus pies es finalmente suyo. La historia ha dado un giro, y esta vez, el pueblo no es el espectador, sino el protagonista absoluto de su propio destino.
