¿Por qué Hollywood quiere que la casa de Elizabeth Taylor desaparezca?
La alfombra blanca crujía. El aroma a gardenias flotaba en el salón. Un cuadro de Van Gogh colgaba cerca del sofá. Elizabeth Taylor no buscaba un palacio. Quería un hogar. Compró la casa de la ex de Sinatra. Vivió allí treinta años exactos. Rodeada de perros, nietos y diamantes legendarios. Nadie imaginó que su santuario terminaría marcado por una sentencia de demolición. El lujo más puro era, en realidad, el más frágil.
El aire en el número 700 de Nimes Road se sentía distinto al resto de Los Ángeles. Mientras las colinas de Bel Air se llenaban de mansiones faraónicas diseñadas para gritar “éxito”, Elizabeth Taylor eligió el susurro. En 1982, la mujer que había encarnado a Cleopatra y que poseía algunas de las joyas más famosas del planeta, caminó por la entrada de una casa estilo ranch de los años sesenta. No había una escalera imperial que intimidara a las visitas, ni pasillos infinitos de mármol frío. Elizabeth, cansada de décadas de sets de filmación, suites de hoteles de cinco estrellas y residencias construidas para impresionar a los magnates de los estudios, tomó una decisión que desconcertó a muchos: eligió la calidez sobre el espectáculo. Pagó dos millones de dólares por una propiedad que antes perteneció a Nancy Sinatra y decidió que allí, finalmente, podría simplemente vivir.
La casa contaba con unos 650 metros cuadrados distribuidos en dos plantas, rodeada de más de una hectárea de terreno boscoso. Para Elizabeth, el valor no residía en los pies cuadrados, sino en la capacidad del espacio para albergar su caótica y amorosa vida personal. Era el lugar perfecto para sus hijos, sus nietos, su legión de perros y gatos, y una colección de zapatos que desafiaba cualquier lógica de almacenamiento. Al cruzar el umbral, los visitantes no eran recibidos por guardias de seguridad armados, sino por una sala de estar de concepto abierto, con techos de vigas de madera y una chimenea de leña que siempre parecía estar encendida. Era un espacio pensado para que la gente se sentara en el suelo, riera a carcajadas y se sintiera, por encima de todo, bienvenida.
Lo que hacía única a esta residencia era la yuxtaposición constante entre lo cotidiano y lo extraordinario. En una esquina del salón, un retrato de Frans Hals observaba la habitación; cerca, una impresión de David Hockney y, por supuesto, la famosa serigrafía de Andy Warhol que el mismo artista le había regalado a “Liz”. Elizabeth vivía rodeada de obras maestras de Van Gogh, Degas, Renoir y Pissarro, pero su relación con el arte era despojada de pretensión. Su asistente personal recordaba con humor que la actriz quería que sus amigos se sintieran lo suficientemente cómodos como para derramar una bebida cerca de un Van Gogh sin entrar en pánico. Elizabeth simplemente se reiría y pediría otra ronda. Esa era la esencia de Nimes Road: una galería de arte de clase mundial que olía a pollo frito y perfume caro.
En 1984, Elizabeth reclutó al diseñador de interiores Waldo Fernandez para transformar la casa en su visión definitiva de la paz. La instrucción fue clara y, para Fernandez, aterradora: quería todo blanco. Alfombras blancas, muebles blancos, cortinas blancas. El diseñador intentó disuadirla, recordándole que tenía nietos pequeños, gatos y perros corriendo por todas partes. El blanco en una casa llena de vida era una receta para el desastre logístico. Elizabeth, con esa terquedad legendaria que la caracterizaba, simplemente respondió que quería el blanco. Y así fue. Durante años, la casa fue un lienzo inmaculado que requería limpiezas y retapizados constantes, pero que le daba a la estrella la sensación de orden y claridad que necesitaba frente al torbellino de la fama mundial.
Sin embargo, hacia el año 2010, Elizabeth sintió que su santuario necesitaba evolucionar. Su dormitorio principal, que había pasado por fases de flores amarillas y púrpuras, terminó siendo rediseñado en tonos azules y lavanda. No era una coincidencia. Esos eran los colores que el mundo entero asociaba con sus ojos violetas, los ojos más magnéticos de la historia del cine. Al rodearse de esos tonos en sus años finales, Elizabeth parecía estar abrazando su propia leyenda, pero bajo sus propios términos. El primer piso de la casa también escondía lujos funcionales: una cocina de estilo rústico, saunas y una ducha diseñada específicamente para quienes salían de la piscina exterior.
Incluso en la opulencia de Bel Air, Elizabeth mantenía sus gustos terrenales. El diseñador Valentino recordaba que, aunque Taylor podía aparecer en un evento bañada en diamantes y vestida con la alta costura más refinada, en Nimes Road solo quería un sofá acogedor y comida reconfortante. Su asistente de mucho tiempo, Tim Mendelson, solía bromear diciendo que Elizabeth amaba la comodidad tanto como amaba sus joyas. Esa humanidad era la que permeaba cada habitación. No era un palacio brillante para ser admirado desde lejos; era un nido familiar donde las fotografías de sus hijos competían por espacio con los premios internacionales más prestigiosos.
Si había un lugar en la casa que resumía la magnitud de su impacto en la cultura, era la sala de trofeos en la planta baja. Allí, Elizabeth Taylor guardaba la prueba física de una vida vivida ante los ojos del mundo. Estatuas doradas del Oscar, certificados enmarcados por su labor humanitaria, y fotografías con presidentes, miembros de la realeza y los actores más grandes de su generación. Era un recordatorio silencioso de que la niña que comenzó montando a caballo en National Velvet se había convertido en una institución global. Pero incluso esa habitación se sentía íntima, como si los premios fueran solo marcadores de capítulos en una larga conversación con el público.
Al subir las escaleras, se entraba en el dominio más privado de la actriz. Su dormitorio no seguía las tendencias minimalistas o el “beige de influencer” tan común hoy en día. Era puro estilo Hollywood de la vieja escuela: femenino, con una cama alta vestida con sábanas de encaje, papel tapiz floral de Schumacher y, en la pared, una pintura de un ciervo que ella misma había pintado cuando era adolescente. Ese cuadro era una ventana a la Elizabeth antes de la fama, un fragmento de su infancia que se negó a soltar.
Afuera, el jardín contaba su propia historia de persistencia. Elizabeth trabajó con el paisajista Nicholas Walker para recrear un auténtico borde herbáceo inglés en pleno clima de Los Ángeles. Quería delphiniums (espuelas de caballero) durante todo el año. Walker tuvo que explicarle con delicadeza que la naturaleza del sur de California no permitía tal cosa, pero terminaron improvisando con plantas de todo el mundo que ofrecían la misma explosión de color. El jardín era el escenario de sus famosas fiestas de Pascua, donde montaba un zoológico interactivo para los niños o contrataba acróbatas del Cirque du Soleil para actuar bajo los árboles. Había un detalle conmovedor en medio del césped: una escultura de bronce de un ternero creada por su hija, Liza Todd Tivy. El gemelo de esa escultura se encuentra en una plaza de Gstaad, Suiza, donde Elizabeth y Richard Burton tuvieron un chalet. El jardín era un mapa geográfico de sus amores pasados.
Hablar de Elizabeth Taylor es hablar de glamour, y ese glamour necesitaba un espacio físico para existir. Los armarios de Nimes Road eran, en esencia, un museo del estilo. La fotógrafa Catherine Opie capturó imágenes que hoy son icónicas: filas de zapatos Chanel perfectamente alineados, botas de vaquero personalizadas y bolsos de diseñador que parecían objetos de exhibición. Pero este museo no era estéril; olía a perfume caro y polvos faciales. Su nieta, Naomi Wilding, recordaba que una vez hubo una habitación de invitados donde ella solía dormir, hasta que un día descubrió que la habitación había desaparecido: Elizabeth la había convertido en otro armario para dar cabida a su creciente colección de vestidos de pantalla y de alfombra roja.
Y luego estaban las joyas. Una colección valuada en cientos de millones de dólares. El diamante Krupp, esmeraldas, perlas que capturaban la luz como si fueran estrellas atrapadas en metal. Opie las fotografió enfocándose en la refracción y el reflejo, tratando de capturar algo que fuera más allá del precio astronómico: el rastro humano en el metal y la piedra. Elizabeth usaba estas piezas en su vida diaria, no solo para las fotos. Para ella, los diamantes eran compañeros de vida, cargados de recuerdos de los hombres que se los regalaron y de los momentos en que los usó.
Tras la muerte de Elizabeth en marzo de 2011, el mundo puso sus ojos en Bel Air. Sus pertenencias no desaparecieron en la oscuridad; fueron catalogadas meticulosamente para una de las subastas más importantes de la historia en Christie’s de Nueva York. En diciembre de ese mismo año, la colección de joyas se vendió por un total asombroso de más de 137 millones de dólares. “La Peregrina”, la perla que Richard Burton le regaló, alcanzó los 11.8 millones. El anillo de diamantes de 33 quilates superó los 8.8 millones. Gente de todo el mundo voló para comprar un fragmento de su vida: un bolso, un vestido, un pequeño objeto que alguna vez estuvo en los estantes de Nimes Road.
Mientras sus pertenencias se dispersaban por el globo, la casa quedó sola en su colina. Se puso a la venta por 8.6 millones de dólares, un precio modesto para los estándares de Bel Air. El primer comprador fue Rocky Malhotra, un empresario indio. Pero en 2021, diez años después de la partida de la actriz, la propiedad cambió de manos nuevamente en una transacción fuera del mercado por 11 millones de dólares. El comprador fue Arty Tavarian, un desarrollador inmobiliario conocido por construir megamansiones para los ultra ricos.
La noticia golpeó a los fanáticos del cine clásico como un martillo: el plan era demoler la casa. Architectural Digest y otros medios confirmaron que el objetivo no era restaurar el santuario de Elizabeth Taylor, sino derribar la estructura estilo ranch para aprovechar el terreno —más de una hectárea en la zona más cara de Los Ángeles— para una nueva construcción de lujo. A principios de 2026, la espada de Damocles sigue colgando sobre Nimes Road. No hay confirmación masiva de que las excavadoras hayan terminado el trabajo, pero la intención del propietario es clara.
Aquí surge la pregunta que divide a Hollywood: ¿Por qué Graceland, la casa de Elvis, es un museo visitado por 600,000 personas al año, pero el hogar donde Elizabeth Taylor vivió treinta años puede simplemente desaparecer? El mercado inmobiliario es despiadado. Nimes Road no es una joya arquitectónica única en su tipo ni un hito histórico formal. Es “solo” la casa donde una mujer famosa construyó una vida. Los desarrolladores ven tierra valiosa; los historiadores ven un nido de recuerdos. Elizabeth no construyó un monumento a su propia fama; construyó un refugio acogedor. Y es precisamente esa modestia, esa falta de grandiosidad ostentosa, lo que hoy la convierte en un objetivo fácil. Hollywood sabe proteger la leyenda en la pantalla, pero parece incapaz de proteger el lugar donde la leyenda se quitaba los diamantes y se sentaba a disfrutar de su jardín.
