EL CEO QUE SALVÓ A LA CHICA DEL ESTACIONAMIENTO… SIN SABER QUE ELLA ERA LA MUJER QUE LO HABÍA RESCATADO A ÉL AÑOS ATRÁS – PARTE 3

PARTE 3

La noche de Santa Elvira

Cinco años antes, Mateo Ibarra estuvo a punto de morir sin que nadie supiera que tenía miedo.

Era una noche de lluvia.

Volvía de una discusión con su padre.

Una de las últimas antes de que el hombre muriera.

Habían hablado de empresas, herencias, obligaciones, nombres, deberes. Nunca de amor. Los Ibarra no hablaban de amor. Lo convertían en contratos, alianzas o silencios elegantes.

Mateo conducía demasiado rápido.

No porque quisiera morir.

Porque quería escapar de una casa donde todos lo miraban como si fuera una inversión.

En la carretera de Santa Elvira, un camión perdió el control.

Mateo giró.

El coche chocó contra la barrera.

Después, oscuridad.

Luego lluvia.

Luego dolor.

Recordaba el olor a metal.

La sangre en la frente.

El cinturón trabado.

El agua entrando por una ventana rota.

Y una voz.

—Oye. Mírame. No te duermas.

Mateo intentó abrir los ojos.

Vio una silueta.

Una chica joven, empapada, golpeando la puerta del coche con una piedra.

—No puedo sacarte si te desmayas. Así que hazme el favor de seguir siendo arrogante un rato más.

Él quiso reír.

No pudo.

—¿Quién…?

—Alguien con muy mala suerte que pasó por aquí.

La chica rompió el cristal restante, se cortó la mano, abrió el seguro desde dentro y tiró de él con una fuerza desesperada.

Mateo cayó al barro.

La lluvia le golpeaba el rostro.

—Me duele —murmuró.

—Buena noticia. Significa que sigues vivo.

Él estaba perdiendo sangre por la muñeca.

La chica arrancó una tira roja de su propia blusa y la ató con fuerza.

—No te duermas. Todavía no.

Mateo la miró.

No veía bien su rostro.

Solo ojos oscuros.

Cabello mojado.

Una voz temblando de miedo pero negándose a rendirse.

—¿Cómo te llamas? —preguntó él.

La sirena de una ambulancia empezó a escucharse a lo lejos.

Ella miró hacia la carretera.

—Eso no importa.

—Sí importa.

—Entonces pregúntame cuando puedas mantener los ojos abiertos.

Él intentó tomar su mano.

—No te vayas.

La chica se quedó un segundo.

Luego apretó sus dedos.

—Vas a vivir.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque te ves como alguien demasiado terco para morir en una carretera.

Y desapareció antes de que llegaran los paramédicos.

Mateo despertó en el hospital con la cinta roja aún en la muñeca.

Preguntó por ella.

Nadie sabía nada.

La policía dijo que la llamada a emergencias fue anónima.

No hubo cámaras.

No hubo nombre.

No hubo registro.

Solo una cinta roja.

Una voz.

Una frase.

Durante cinco años, Mateo la buscó.

Contrató investigadores.
Revisó hospitales.
Buscó llamadas.
Preguntó a testigos.

Nada.

A veces pensaba que la había inventado entre dolor y lluvia.

Pero conservó la cinta en una caja fuerte.

No por romanticismo.

Eso se decía.

Por deuda.

Por necesidad de cerrar una historia.

Por algo que no sabía nombrar.

Ahora, en el estacionamiento del Hotel Ébano, miraba la muñeca de Luna Castillo y entendía que la mujer a la que acababa de defender no era una desconocida.

Era la voz.

La lluvia.

La mano.

La vida.

Luna estaba pálida.

—Tú eras el del coche negro.

Mateo sintió que el pecho se le cerraba.

—Me salvaste.

Ella apartó la mirada.

—No sabía quién eras.

—Por eso te fuiste.

—Me fui porque la ambulancia llegó.

—Te busqué.

Luna lo miró entonces.

—¿Para qué?

La pregunta lo desarmó.

Durante años pensó que la respuesta era fácil.

Para agradecerte.
Para pagarte.
Para saber tu nombre.

Pero ahora, frente a ella, nada de eso parecía suficiente.

—No lo sé —admitió.

Luna soltó una risa triste.

—Al menos es honesto.

Mateo miró la pulsera.

—¿Por qué la sigues usando?

Ella tocó la cinta roja.

—Esa noche mi vida también cambió.

—¿Por mí?

—No por ti. Por lo que entendí.

—¿Qué entendiste?

Luna respiró hondo.

—Que podía tener miedo y aun así hacer algo. Que no era tan débil como Bruno me hacía creer.

Mateo sintió una rabia sorda al escuchar ese nombre.

—¿Él ya estaba en tu vida entonces?

—Sí.

—¿Te hizo daño?

—De muchas formas que no dejan fotos.

Mateo bajó la mirada.

—Lo siento.

—No lo sientas como si fuera tu culpa.

—No.

Él levantó los ojos.

—Lo siento porque nadie debería haber tenido que salvarme mientras necesitaba salvarse a sí misma.

Luna se quedó callada.

Esa frase abrió algo entre ambos.

No amor.

Todavía no.

Algo más peligroso:

reconocimiento.

El supervisor apareció en la puerta del estacionamiento.

—Camila… digo, Luna. El gerente pregunta por ti.

Mateo giró lentamente.

—Ella no vuelve a trabajar esta noche.

El supervisor tragó saliva.

—Señor Ibarra…

—Y nadie le descuenta el turno.

Luna suspiró.

—Mateo.

Él la miró.

Era la primera vez que decía su nombre.

Y, absurdo, le dolió.

—No decida por mí.

Mateo respiró.

—Tiene razón.

Se corrigió frente al supervisor:

—Luna decidirá si vuelve. Pero si alguien la presiona, responde ante mí.

Luna sostuvo su mirada.

No sonrió.

Pero algo en sus ojos se suavizó.

—Gracias.

Mateo no respondió.

Porque si hablaba, quizá diría algo demasiado pronto.

Algo como:

Te encontré.

Y todavía no tenía derecho.

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