PARTE 2
La niña que recordaba sin saber
Luna no quiso acercarse al principio.
Eso le dolió a Isabella más que cualquier golpe.
La niña la observaba desde detrás de Adrián, con una mezcla de miedo y curiosidad. Apretaba el muñeco de tela contra su pecho como si fuera un escudo.
—Se llama Mateo —dijo Luna de pronto.
Isabella parpadeó.
—¿El muñeco?
La niña asintió.
—Él no habla con nadie.
—Entonces debe ser muy buen guardián de secretos.
Luna la miró con más atención.
—¿Tú guardas secretos?
Isabella sintió que Adrián la observaba.
—Algunos —respondió—. Pero solo los que protegen.
Luna bajó otro escalón.
Adrián cruzó los brazos.
—No suele hablar con desconocidos.
Valeria, desde el balcón, ya había recuperado el control de su rostro. Bajó lentamente las escaleras con una sonrisa perfecta.
—Quizá la nueva niñera tiene algo que a Luna le agrada.
Isabella la miró.
—Quizá solo no la asusto.
Valeria mantuvo la sonrisa.
Pero sus ojos se endurecieron.
—La niña necesita disciplina, no sentimentalismo.
Luna se escondió un poco detrás de Adrián.
Isabella lo notó.
Adrián también.
Su mandíbula se tensó.
—Valeria, suficiente.
Valeria inclinó la cabeza.
—Claro, primo.
Primo.
La palabra fue calculada.
Isabella sabía lo que Valeria quería: ocupar el lugar de mujer principal en la mansión sin decirlo todavía. Si Isabella nunca hubiera vuelto, quizá lo habría logrado.
El primer día, le asignaron una habitación pequeña cerca del ala infantil.
Antes de entrar, Isabella pasó junto al pasillo donde una vez estuvo su habitación. La puerta ahora estaba cerrada. Sobre el pomo había una cinta negra.
Como si la mujer que vivió allí hubiera muerto.
Como si ella no estuviera respirando a pocos metros.
Esa noche, Luna no quiso cenar.
Adrián estaba en una reunión. Valeria ordenó a las criadas que dejaran a la niña sin postre.
—Aprenderá —dijo.
Isabella la miró.
—No se enseña seguridad quitando comida.
Valeria se acercó.
—Aquí no te pagamos para opinar.
—Entonces páguenme menos y me quedo con la niña igual.
Una criada bajó la mirada para ocultar una sonrisa.
Valeria no.
—Ten cuidado, Isabella Morales. En esta casa, las mujeres que olvidan su lugar suelen desaparecer.
Isabella sostuvo su mirada.
—Qué casualidad. Yo he oído lo mismo.
Por un segundo, Valeria dejó de respirar.
Luego sonrió y se marchó.
Isabella subió a la habitación de Luna con una bandeja pequeña: sopa caliente, pan suave y chocolate.
La niña estaba sentada junto a la ventana.
—No tengo hambre.
—Está bien. Yo tampoco a veces digo la verdad cuando estoy triste.
Luna la miró.
—Mi papá dice que mi mamá se fue.
Isabella sintió que el corazón se le partía.
Se sentó a distancia.
—¿Tú qué crees?
Luna bajó la mirada.
—No sé. Pero a veces sueño con una mujer que canta.
Isabella casi no pudo respirar.
Ella cantaba a Luna de bebé.
La misma canción cada noche.
—¿Qué canta? —preguntó con cuidado.
Luna cerró los ojos y tarareó una melodía incompleta.
Isabella apretó las manos sobre su falda.
Era su canción.
Su hija no recordaba su rostro.
Pero recordaba su voz.
Isabella empezó a cantar bajito la parte que faltaba.
Luna abrió los ojos.
—Tú la sabes.
La puerta se abrió de golpe.
Adrián estaba allí.
Pálido.
Furioso.
O asustado.
—¿Dónde escuchó esa canción?
Isabella se levantó lentamente.
Valeria apareció detrás de él, con el rostro tenso.
Isabella sostuvo la mirada de Adrián.
—Quizá todas las madres conocen canciones parecidas.
Luna bajó de la cama y corrió hacia ella.
Abrazó su pierna.
Por primera vez en cinco años, Isabella tuvo a su hija entre sus brazos.
Y supo que ya no podría irse aunque la mansión entera ardiera
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