PARTE 2
La noche del almacén
Veinticuatro horas antes, Natalia despertó atada a una silla en un almacén del puerto.
La boca le sabía a sangre.
Tenía el labio partido, el vestido de ensayo rasgado y las muñecas marcadas por la cuerda. Una lámpara colgaba sobre su cabeza, moviéndose lentamente con el viento que entraba por las ventanas rotas.
Frente a ella estaba Tomás Aranda.
Sin traje blanco.
Sin sonrisa de novio.
Sin testigos.
Solo él, dos hombres armados y una mesa metálica donde descansaban una pistola, una carpeta y el anillo de compromiso que Natalia se negó a usar durante semanas.
—Mañana sonríes —dijo Tomás—. Caminas al altar. Dices que sí. Besas mi boca delante de todos. Y después firmamos la cesión del puerto Moreno.
Natalia escupió sangre al suelo.
—Preferiría morderme la lengua.
Tomás se acercó.
Le tomó el rostro con una delicadeza falsa.
—Eso también puedo arreglarlo.
Ella le dio un cabezazo.
La nariz de Tomás crujió.
Uno de sus hombres la golpeó en el estómago. Natalia se dobló sobre sí misma, sin aire.
Tomás se limpió la sangre con calma.
—Siempre me gustó eso de ti. Demasiado fuego para una familia que solo sabe arrodillarse.
Natalia levantó la cabeza.
—Mi familia no se arrodilla.
Tomás sonrió.
—Tu padre sí.
La puerta del almacén se abrió.
Don Emilio Moreno entró con el rostro gris.
Natalia sintió que algo se rompía.
—Papá…
Él no pudo mirarla.
Tomás puso una carpeta sobre la mesa.
—Tu padre firmó.
Natalia miró las hojas.
Cesión parcial de rutas.
Compromiso matrimonial.
Reconocimiento de Tomás como administrador del puerto después de la boda.
Cláusula de seguridad.
Y al final, una línea escrita a mano:
“Si Natalia se niega, entregar al niño.”
Natalia dejó de respirar.
—¿Qué niño?
Tomás ladeó la cabeza.
—No insultes mi inteligencia. Sabemos que Diego tenía un hijo.
Don Emilio cerró los ojos.
Natalia entendió.
Su padre también lo sabía.
—Tú se lo dijiste.
Emilio habló por fin.
—Natalia, no había opción.
—Mateo tiene seis años.
—Y toda la familia Moreno tiene cien hombres que morirían si esto se rompe.
—Entonces elegiste entregar a un niño.
El viejo no respondió.
Eso fue suficiente.
Tomás tomó la pistola de la mesa y la puso contra la boca de Natalia.
—Mañana te casas conmigo.
Ella sostuvo su mirada.
—Diego no murió por Salerno, ¿verdad?
Tomás sonrió.
—Diego murió porque era más valiente que inteligente.
Natalia sintió que el corazón se le volvía piedra.
—Lo mataste tú.
Tomás no lo negó.
—Yo di la orden. Pero fue tu padre quien abrió la puerta.
Emilio dio un paso.
—Tomás…
—¿Qué? ¿También quieres fingir que tienes honor?
Natalia miró a su padre con lágrimas que no llegaron a caer.
—Me vendiste.
Emilio respondió con voz rota:
—Te salvé.
Tomás se rio.
—No, Emilio. La vendiste. Al menos aprende a decirlo con dignidad.
Esa noche, cuando todos creyeron que Natalia estaba demasiado golpeada para moverse, ella logró cortar las cuerdas con un trozo de vidrio escondido bajo la silla.
No escapó de inmediato.
Primero fue a la mesa.
Tomó la carpeta.
Encontró una hoja adicional.
La orden de muerte de Diego.
Firmada por Tomás.
Aprobada por Emilio.
Testigo: Marcelo Aranda.
La sangre le rugió en los oídos.
Uno de los guardias entró a revisar.
Natalia lo esperó detrás de la puerta y le clavó el vidrio en la mano. El hombre gritó. Ella le quitó la pistola y lo golpeó con la culata hasta dejarlo inconsciente.
Salió al pasillo.
El segundo guardia la vio.
Disparó.
La bala le rozó el brazo y abrió una línea roja sobre su piel. Natalia respondió sin pensar. El disparo impactó en la pierna del hombre, que cayó gritando.
Corrió hacia la salida del almacén.
Afuera llovía.
Y en la oscuridad del muelle, alguien la tomó por el brazo.
Natalia giró con el arma lista.
Nicolás Salerno levantó las manos.
—Si vas a dispararme, hazlo después de escuchar cómo murió tu hermano.
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