PARTE 3
El hombre culpado por todos
Natalia apuntó a Nicolás Salerno en medio de la lluvia.
La herida del brazo le ardía. Tenía la boca llena de sangre y los pies descalzos sobre el cemento frío. Pero la mano que sujetaba la pistola no temblaba.
—Todos dicen que tú mataste a Diego.
Nicolás la miró.
No sonrió.
No se defendió rápido.
No intentó acercarse.
Eso fue lo primero que la desconcertó.
Los hombres de poder siempre quieren invadir espacio cuando mienten.
Nicolás se quedó donde estaba.
—Todos necesitaban que lo creyeras.
—Dame una razón para no dispararte.
Él sacó lentamente una cadena roja de su bolsillo.
Natalia dejó de respirar.
Era de Diego.
Su hermano la llevaba siempre. Un hilo rojo con una pequeña medalla de San Miguel, regalo de su madre antes de morir.
La noche que encontraron el cuerpo de Diego, esa cadena no estaba.
—¿De dónde sacaste eso?
Nicolás se la lanzó.
Natalia la atrapó con la mano ensangrentada.
—Diego me la dio antes de morir.
—Mientes.
—Me pidió que protegiera a Mateo.
La lluvia sonaba más fuerte.
—¿Cómo sabes el nombre del niño?
—Porque Diego vino a mí cuando descubrió que Tomás y tu padre habían firmado con Rosetti para entregar el puerto Moreno.
Natalia sintió náuseas.
—Mi padre no haría eso.
Nicolás la miró con dureza.
—Tu padre ya lo hizo.
El almacén detrás de ellos empezó a moverse. Voces. Pasos. Gritos.
Nicolás tomó una chaqueta de su coche y se la arrojó.
—Puedes quedarte aquí discutiendo y terminar muerta antes de la boda… o puedes venir conmigo y llegar viva al altar con pruebas.
—¿Por qué me ayudarías?
—Porque Diego era mi amigo.
Natalia rió con desprecio.
—Un Salerno amigo de un Moreno.
—Los muertos no se benefician de nuestras rivalidades.
Ella bajó apenas el arma.
—¿Dónde está Mateo?
—Seguro. Por ahora.
—¿Por ahora?
—Tomás sabe que existe. Eso significa que alguien ya lo está buscando.
Natalia sintió que el miedo volvió.
No por ella.
Por el niño.
Nicolás abrió la puerta del coche.
—Sube.
—No confío en ti.
—Bien. Confía en la carpeta que llevas bajo el brazo.
Natalia subió.
Durante el trayecto, Nicolás condujo sin encender luces principales por caminos secundarios. Ella revisó la carpeta. Cada página era una puñalada.
Diego había descubierto el acuerdo.
Tomás lo interceptó.
Emilio permitió la reunión.
Rosetti puso hombres.
La firma final dependía de la boda.
Mateo era la garantía oculta.
—¿Por qué no lo publicaste antes? —preguntó ella.
Nicolás miró la carretera.
—Porque sin ti viva, los Moreno llamarían falsificación. Sin el niño, dirían que Diego no dejó heredero. Sin Tomás hablando en público, el consejo nunca rompería el pacto.
—Entonces quieres usarme.
—Sí.
La honestidad la golpeó.
—Al menos lo dices.
—No tengo tiempo para adornar la verdad.
Llegaron a un taller abandonado donde varios hombres de Nicolás esperaban. Uno le limpió la herida del brazo. Otro le dio ropa seca, pero Natalia se negó a quitarse el vestido.
—Voy a casarme con sangre encima.
Nicolás la miró.
—Eso no es boda. Es declaración de guerra.
—Exacto.
Él se acercó con una pequeña pistola y se la entregó.
—Bajo el ramo. Nadie revisa las flores de una novia humillada.
Natalia sostuvo el arma.
—¿Y tú?
Nicolás se limpió la sangre de los nudillos.
—Entraré cuando Tomás crea que ya ganó.
Ella lo estudió bajo la luz débil.
Nicolás Salerno era peligroso, hermoso de una forma brutal, con esa calma de hombre que aprendió a perder sangre sin perder el control. No era bueno. Natalia no se engañó.
Pero esa noche, entre su padre vendido y su prometido asesino, el enemigo parecía más honesto que su propia familia.
—Si me traicionas —dijo ella—, te mato.
Nicolás asintió.
—Si sobrevives a la boda, puedes intentarlo.
Natalia casi sonrió.
Casi.
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