PARTE 6
El hombre que llegó tarde
Adrián fue esposado frente al altar.
La ironía fue perfecta.
El mismo altar donde iba a jurar amor eterno a Rebeca se convirtió en el lugar donde perdió la libertad.
—Camila —dijo él—. Mírame.
Ella lo miró.
—Estoy mirando.
—No me destruyas.
—Yo no te destruí, Adrián. Solo traje luz. Si algo se quema con la luz, ya estaba podrido.
Él lloró.
O intentó parecer que lloraba.
Camila ya no distinguía y tampoco le importaba.
Clara Salcedo fue arrestada por conspiración, falsificación de pruebas y tentativa de homicidio. Rebeca gritó tanto que tuvieron que sacarla entre dos agentes. El abogado Luján se desmayó antes de llegar a la puerta.
La boda terminó sin beso.
Sin arroz.
Sin música.
Solo con sirenas.
Camila salió al balcón del hotel para respirar.
El aire nocturno estaba frío.
Por primera vez desde que entró, sus manos temblaron.
No de miedo.
De descarga.
Un hombre se acercó desde atrás.
Tomás Herrera, el fiscal que había reabierto el caso en secreto después de recibir la carta sobre Ernesto.
—Lo hizo bien —dijo.
Camila no giró.
—No se sintió bien.
—La justicia rara vez se siente como una victoria al principio.
Ella miró la ciudad.
—¿Y después?
Tomás guardó silencio.
—Después se aprende a vivir sin la jaula.
Camila cerró los ojos.
—No sé si todavía sé.
—Aprenderá.
Ella lo miró.
Tomás no la observaba con lástima. Eso le gustó.
La lástima era otra forma de prisión.
—Mi padre —dijo ella—. ¿Está seguro?
—Lo trasladamos esta mañana. Está protegido. Preguntó por usted.
Camila tragó saliva.
—¿Sabe que vine aquí?
—Sí.
—¿Qué dijo?
Tomás sonrió apenas.
—Que esperaba que no manchara el vestido.
Camila soltó una risa rota.
La primera en seis años que no dolió del todo.
Abajo, las cámaras seguían grabando la caída de los Salcedo.
Arriba, Camila Torres, la mujer a la que todos llamaron asesina, respiraba como si acabara de salir por segunda vez de prisión.
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