PART 2
La esposa que nadie respetaba
La vida en la mansión Rivas tenía reglas que nadie le explicó a Camila, pero que todos parecían esperar que obedeciera.
No debía sentarse en el comedor antes que Aurora.
No debía tocar las flores del salón.
No debía entrar en la biblioteca sin permiso.
No debía hablar demasiado en las cenas.
No debía vestirse “demasiado simple”, pero tampoco “demasiado llamativa”.
No debía olvidar que era esposa de Sebastián, pero tampoco actuar como si realmente lo fuera.
Era una contradicción con vestido caro.
Los primeros días, Camila intentó adaptarse.
Se levantaba temprano, llamaba al hospital para preguntar por su padre y después bajaba al desayuno. Aurora siempre estaba allí, perfecta, con su taza de té y su mirada afilada.
—Llegas tarde —decía, aunque Camila bajara a las siete.
—Buenos días —respondía ella.
—En esta casa no se responde con voz de empleada cansada. Eres esposa de un Rivas, al menos finge educación.
Camila apretaba las manos bajo la mesa.
Renata aparecía casi todos los días.
Siempre con una excusa.
Un almuerzo con Aurora.
Una consulta sobre una fundación.
Un evento familiar.
Un vestido que “olvidó” en la mansión cuando todavía era la mujer que todos esperaban que Sebastián eligiera.
Camila entendió pronto que Renata no se consideraba una exnovia.
Se consideraba una propietaria temporalmente desplazada.
—¿Te estás acostumbrando? —preguntó Renata una mañana, sentándose frente a ella.
—A algunas cosas.
—Debe ser difícil pasar de una casa pequeña a esto.
Camila sostuvo su taza.
—Las casas grandes también pueden ser incómodas.
Renata sonrió.
—Sobre todo si una no pertenece a ellas.
Camila levantó la mirada.
—Supongo que usted lo sabe mejor que nadie. Ha venido muchas veces y aun así no vive aquí.
La sonrisa de Renata se congeló.
Aurora dejó la taza con fuerza.
—Cuida tu tono.
Camila bajó la mirada.
No por miedo.
Por estrategia.
Había aprendido en la pobreza que no todas las batallas debían librarse en público.
Sebastián, mientras tanto, pasaba casi todo el día fuera. Salía antes de que ella despertara y volvía de noche, con llamadas pendientes y el rostro cansado. Cuando coincidían, hablaban poco.
—¿Necesitas algo? —preguntaba él.
—No.
—El chofer está disponible.
—Prefiero caminar.
—No es seguro.
—Lo he hecho toda mi vida.
Sebastián no sabía qué responder a eso.
Una tarde, Camila fue al hospital sin avisar. Su padre estaba mejorando lentamente gracias al tratamiento. Al verla, don Julián sonrió.
—Mi niña.
Camila se sentó junto a él.
—¿Cómo te sientes?
—Como si un camión me hubiera pasado por encima, pero uno educado.
Ella rió.
—Eso es progreso.
Su padre miró el anillo.
—¿Te trata bien?
Camila bajó la vista.
—Sebastián cumple lo que prometió.
—No pregunté eso.
Camila no respondió.
Don Julián suspiró.
—El dinero puede comprar medicinas, hija. Pero no puede curar una tristeza que aceptas por obligación.
—Solo será un año.
—Un año puede romper muchas cosas.
Camila tomó su mano.
—No me voy a romper.
Su padre la miró con una ternura dolorosa.
—Eso dicen las personas que ya están agrietadas.
Esa frase la siguió de regreso a la mansión.
Al llegar, encontró a Aurora organizando una cena familiar.
—Llegas tarde —dijo.
Camila dejó el bolso.
—Fui al hospital.
—Eso no puede seguir ocurriendo sin avisar. Ahora representas a esta familia.
—Mi padre está enfermo.
Aurora la miró con frialdad.
—Precisamente por eso estás aquí, ¿no?
Camila sintió que la sangre le subía al rostro.
Renata, sentada en el sofá, fingió mirar una revista.
—Aurora, no seas dura. Para algunas personas la familia pesa más cuando no tienen mucho más.
Camila se volvió hacia ella.
—¿Siempre habla así o solo cuando necesita sentirse superior?
Renata levantó las cejas.
Aurora dio un paso.
—No olvides quién eres.
Camila se irguió.
—No lo olvido nunca. Ese es el problema para ustedes.
En ese momento, Sebastián entró.
El silencio fue inmediato.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
Aurora señaló a Camila.
—Tu esposa parece olvidar su lugar.
Sebastián miró a Camila.
Ella esperó.
Otra vez.
Esperó que dijera algo. Que la defendiera. Que recordara que, aunque fuera un contrato, ella era una persona.
Pero Sebastián estaba cansado, lleno de problemas de trabajo y educado durante años para evitar escenas familiares.
—Camila, no hagas esto más difícil —dijo.
El golpe fue silencioso.
Camila lo miró.
—Claro.
Subió a su habitación sin decir más.
Sebastián sintió algo incómodo en el pecho.
Renata se acercó.
—No te preocupes. Es normal que le cueste adaptarse.
Aurora añadió:
—Debiste elegir mejor.
Sebastián miró hacia las escaleras.
Por primera vez, no estuvo seguro de eso.
Esa noche, después de la cena, subió al segundo piso.
La puerta de Camila estaba entreabierta.
La vio sentada en el suelo junto a la cama, hablando por teléfono en voz baja.
—No, papá, estoy bien… Sí, estoy comiendo… No te preocupes por mí. Solo concéntrate en mejorar.
Su voz temblaba, pero sonreía para que su padre no lo notara.
Sebastián se quedó en el pasillo.
Ella colgó y se cubrió el rostro con las manos.
No lloró fuerte.
Camila no era de las personas que hacían ruido cuando se rompían.
Eso fue lo que más le inquietó.
Sebastián tocó la puerta.
Ella se limpió la cara de inmediato.
—¿Qué quiere?
El tratamiento formal le molestó.
—Quería saber si estás bien.
Camila rió sin humor.
—¿Eso forma parte del contrato?
—No.
—Entonces no hace falta.
Sebastián entró un paso.
—Mi madre puede ser cruel.
—Su madre fue honesta. Usted fue peor.
Él frunció el ceño.
—¿Yo?
Camila se levantó.
—Ella me desprecia. Renata me odia. Pero usted… usted me usa y luego espera que yo sea invisible para no incomodar a nadie.
Sebastián no respondió.
—Firmé un contrato, sí. Pero no firmé para que me humillaran mientras usted mira hacia otro lado.
—No sabía que te afectaba tanto.
Camila lo miró con incredulidad.
—¿Necesitaba que sangrara para notarlo?
La frase se le quedó clavada.
Sebastián dio un paso hacia ella, pero Camila retrocedió.
—No se preocupe. Mañana volveré a ser la esposa práctica que compró por un año.
—No te compré.
—No. Pagó las deudas de mi padre y me puso un anillo. Supongo que eso suena más elegante.
Sebastián quiso decir algo, pero no encontró palabras.
Camila cerró la puerta.
Del otro lado, Sebastián se quedó quieto.
No estaba acostumbrado a sentirse culpable.
No estaba acostumbrado a que alguien le hablara sin miedo.
Y mucho menos estaba acostumbrado a que una mujer a la que apenas conocía le mostrara una verdad tan simple:
Él podía ser poderoso en el mundo entero y cobarde dentro de su propia casa.
Al día siguiente, Camila encontró una nota bajo su puerta.
“El chofer te llevará al hospital cuando quieras. No necesitas pedir permiso.”
No estaba firmada.
Pero sabía de quién era.
No sonrió.
Aún no.
Pero guardó la nota en un cajón.
Esa tarde, Sebastián canceló una reunión para visitar el hospital de don Julián. No avisó a Camila. Solo llegó con un ramo sencillo y se quedó incómodo frente a la cama.
Don Julián lo observó.
—Así que usted es el hombre que se casó con mi hija.
Sebastián asintió.
—Sí, señor.
—¿La ama?
La pregunta fue directa.
Sebastián se quedó inmóvil.
—Nuestro matrimonio es complicado.
Don Julián sonrió con tristeza.
—Eso dicen los hombres cuando la respuesta es no y les da vergüenza decirlo.
Sebastián bajó la mirada.
—Estoy intentando hacer las cosas bien.
—Entonces empiece por verla.
—¿Perdón?
—Mi hija lleva años siendo fuerte porque no tuvo opción. No cometa el error de confundir eso con que no siente dolor.
Sebastián no respondió.
Esa noche, cuando regresó a la mansión, vio a Camila en el jardín. Estaba sola, mirando las rosas.
—Fui a ver a tu padre —dijo.
Ella se volvió rápido.
—¿Qué?
—Quería conocerlo.
—¿Por qué?
Sebastián no supo responder de inmediato.
—Porque es importante para ti.
Camila lo miró como si acabara de escuchar un idioma desconocido.
—No tenía que hacerlo.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué?
Sebastián sostuvo su mirada.
—Porque estoy empezando a entender que hay cosas que no están en el contrato y aun así importan.
Camila no dijo nada.
El viento movió suavemente su cabello.
Por primera vez, Sebastián pensó que Camila no parecía fuera de lugar en la mansión.
La mansión parecía menos vacía con ella.
Y esa idea lo inquietó profundamente.
😳 Lo que viene después cambiará todo…
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