Cuando Seth Palmer Dejó De Amar A La Mujer Que Lo Rompió – PARTE 2

PART 2: Cuando Vera eligió a Steven por encima de su esposo

Seth denunció a Steven por agresión.

No lo hizo por venganza.

O quizá sí.

Tal vez una parte de él quería que, por una vez, Steven Lane enfrentara una consecuencia real. No una reprimenda suave. No una mirada decepcionada de Vera. No un día encerrado en casa como un niño mimado que rompió un jarrón.

Treinta puntos.

Dos botellas rotas contra su cabeza.

Sangre en el piso de un club.

Mareos, dolor, náuseas y el sonido del cristal repitiéndose en su memoria cada vez que cerraba los ojos.

Eso no era una travesura.

Era un delito.

Pero Vera llegó al hospital con la misma calma de siempre.

—Tú fuiste quien denunció a Steven.

No fue pregunta.

Seth estaba sentado en la cama, con la cabeza vendada. La luz del cuarto le lastimaba los ojos. Aun así, la miró directamente.

—Sí.

—Él estuvo mal. Lo sé. Pero ya lo castigué.

Seth parpadeó.

—¿Lo castigaste?

—Lo encerré en casa un día.

El silencio que siguió fue tan absurdo que Seth creyó haber oído mal.

—Me abrieron la cabeza.

—Fue impulsivo.

—Treinta puntos, Vera.

—Ya retiré la denuncia.

Seth se quedó inmóvil.

—¿Qué dijiste?

—No hace falta escalarlo. Además, no intentes ir a otra comisaría. Nadie en Northam aceptará el caso.

El dolor en la cabeza dejó de importar.

El dolor real estaba en otra parte.

—¿Lo estás castigando o protegiendo de mí?

Vera frunció el ceño.

—No seas dramático.

Seth soltó una risa amarga.

—Te perseguí seis años. Fui tu esposo dos. ¿Qué soy para ti?

—Seth.

—No, respóndeme. Si no te importo, ¿por qué te casaste conmigo?

Vera apretó la mandíbula.

—¿Quién dijo que no me importas?

—Tus actos.

Ella respiró hondo, como si él fuera un niño haciendo berrinche.

—Este asunto terminó. Me quedaré a cuidarte hasta que te den el alta. Y después te compensaré.

—Qué afortunado soy —dijo Seth—. Mi esposa me regala migajas después de proteger al hombre que casi me mata.

—Basta.

—¿No estás satisfecha? —preguntó él con voz rota—. Antes te perseguía todos los días, me pegaba a ti como un idiota. Ahora dices que eliges quedarte a mi lado, y se supone que debo agradecerlo.

Vera guardó silencio.

Y Seth entendió que ella realmente creía eso.

Creía que su presencia era premio suficiente.

Quince días después, Seth salió del hospital.

El dolor físico había bajado, pero el resentimiento se había instalado como una cicatriz nueva.

Vera cumplió su promesa de “cuidarlo”.

Le llevó comida.
Preguntó si le dolía.
Ordenó a la servidumbre tener cuidado.

Pero su cuidado tenía una calidad superficial, como si siguiera un manual de esposa correcta sin entender qué parte de él había roto.

Cuando llegaron a casa, Steven estaba allí.

Sonriente.

Un poco pálido.

Demasiado cómodo.

—Seth —dijo—, lo siento. Fue mi culpa. Desde que te casaste con mi hermana, apenas podía verla. Me puse celoso y perdí el control. No volverá a pasar.

Seth lo miró.

—Claro.

Vera dijo:

—Steven se quedará con nosotros unos días. Quiero que se lleven bien.

Seth miró a Vera.

Después a Steven.

Luego sonrió.

—Por supuesto. Ustedes dos parecen más pareja que nosotros. Sería una grosería de mi parte interrumpir.

Vera se tensó.

Steven bajó la mirada, pero había satisfacción escondida en su expresión.

Esa casa dejó de ser hogar para Seth.

No porque alguna vez lo hubiera sido del todo, sino porque ahora la mentira ya no tenía siquiera decencia.

Steven ocupaba la mesa como si fuera suyo el lugar.

Vera cocinaba para él.

No ordenaba a los sirvientes.

Cocinaba con sus propias manos.

Platos favoritos de Steven. Sopas ricas. Carne preparada especialmente para él, aunque ella nunca la comía. Dulces que recordaban su infancia. Cada gesto decía lo que Vera jamás se atrevía a decir en voz alta.

Seth fingía no mirar.

Pero miraba todo.

Una noche, Steven dijo:

—Vera, veamos una película juntos.

Seth bajaba las escaleras en ese momento.

Vio a Vera sentarse junto a Steven.

Vio cómo Steven reía, señalaba la pantalla, se inclinaba hacia ella como cuando eran jóvenes.

—Esta parte es divertidísima.

Vera sonrió.

No una sonrisa educada.

Una sonrisa real.

Seth se quedó en la sombra del pasillo.

Se preguntó cuándo fue la última vez que ella sonrió así con él.

No pudo recordarlo.

Más tarde, en la madrugada, oyó voces.

Steven llorando.

—Vera, no me dejes. No tengo a nadie más que a ti.

La puerta de su habitación se abrió apenas.

Seth vio a Vera sosteniéndolo.

Vio cómo Steven apoyaba la frente en su hombro.

Vio los dedos de ella hundirse en su cabello con ternura.

Cerró la puerta.

No hizo ruido.

Ya no quería pelear.

Pelear requería esperanza.

Y él estaba empezando a quedarse sin ella.

Al día siguiente, Vera le entregó a Seth una caja.

—Esto es para ti.

Él la abrió.

Un regalo caro.

Algo que, meses atrás, habría aceptado con brillo en los ojos porque cualquier cosa de Vera le parecía sagrada.

Ahora solo vio compensación.

—¿Así estás pagando por Steven?

Vera suspiró.

—No empieces.

—Eres una esposa excelente cuando quieres compensar una culpa.

—Tengo trabajo —dijo ella—. Debo salir. Steven se queda en casa. Tú también. Pueden moverse por cualquier parte excepto la habitación de oración.

Seth la miró.

—¿Por qué no?

La expresión de Vera se volvió dura.

—Porque lo digo yo.

Seth sonrió.

—Claro. No quieres que él descubra tu deseo más escondido, ¿verdad?

—Seth.

—Vete, Vera. No vaya a ser que llegues tarde a proteger a alguien más.

Cuando Vera salió, Seth empezó a tirar sus regalos.

No con rabia explosiva.

Con calma.

Ropa. Joyas. Objetos que le había dado durante años. Cosas elegidas con precisión, guardadas como reliquias por un hombre que creía que amar era conservar cualquier señal de atención.

Steven lo vio desde la puerta.

—¿Qué significa esto?

—Que ya no los quiero.

—Vera se molestará.

—Vera se molestará, luego esperará que yo vuelva arrastrándome. Siempre funciona así, ¿no?

Steven sonrió apenas.

—Eso es lo que haces.

Seth lo miró.

—Esta vez no.

Poco después llegó una invitación a una gala benéfica.

Caleb, un amigo de Seth, apareció para sacarlo de casa.

—Has estado encerrado demasiado tiempo. Ven. Vera estará allí. Steven también, probablemente. Te hará bien respirar otro aire.

Seth no quería verlos.

Pero tampoco quería seguir pudriéndose entre paredes llenas de recuerdos.

Fue.

La gala estaba llena de empresarios, herederos, políticos y sonrisas falsas. Seth bebió más de lo necesario. Vera llegó con Steven. Él la seguía como sombra consentida.

Entonces todo se torció.

El secuestro ocurrió en medio del ruido.

Un grupo armado tomó a varios invitados. Los encerraron en una zona de servicio. Alguien gritó que había bombas. Seth vio cables, dispositivos, temporizadores. El pánico llenó el aire.

Steven empezó a llorar.

—¡Vera! ¡Sálvame! ¡No quiero morir!

Seth estaba atado cerca de una columna. Su cabeza aún no se había recuperado del todo. El mundo se movía con demasiada violencia.

Vera apareció.

Su rostro, por una vez, estaba roto.

Miró a Steven.

Miró a Seth.

El temporizador seguía bajando.

—Seth —dijo ella—, sacaré primero a Steven. Luego vuelvo por ti.

Seth la miró.

No gritó.

No suplicó.

Solo la observó como si por fin viera el final exacto de su matrimonio.

—Vera, corre —dijo—. Va a explotar.

—Volveré.

Seth sonrió.

—No hace falta.

—Seth—

—Desde hoy, no te necesito.

Ella se quedó helada.

El ruido de la bomba parecía latir con su corazón.

Seth habló con una calma que le salió de algún lugar muerto:

—Mi vida y mi muerte ya no tienen nada que ver contigo. Si no me amas, hay muchas otras que sí podrían hacerlo.

Vera abrió la boca.

Steven gritó otra vez.

—¡Vera!

Y Vera eligió.

Tomó a Steven.

Lo sacó primero.

La explosión llegó antes de que pudiera volver.

Seth no recordaría todo después.

Solo calor.

Ruido.

El techo temblando.

Dolor.

Y una certeza extrañamente limpia:

Vera lo había dejado atrás.

Cuando despertó, el dolor era insoportable.

Quiso moverse.

Una enfermera lo detuvo.

—No se mueva. Acaba de salir de un injerto de piel.

Seth tardó en entender.

—¿Qué?

—Steven Lane sufrió una lesión en el brazo por la explosión. No quería cicatriz. Su tono de piel era compatible con el suyo, así que tomaron piel para el injerto.

El mundo se quedó sin sonido.

—¿Quién autorizó eso?

La enfermera dudó.

Seth entendió antes de que respondiera.

Vera.

Vera había autorizado que tomaran parte de su cuerpo para reparar el de Steven.

Sin preguntarle.

Sin esperar a que despertara.

Cuando Vera apareció, él estaba sentado en la cama con los ojos secos.

Ella traía la misma calma de siempre.

—Te compensaré —dijo—. Cuando estés mejor, iremos a una cita. Siempre quisiste una.

Seth la miró.

Por primera vez, no sintió ganas de llorar.

Solo asco.

—¿Una cita?

—Seth, escucha—

—Tomaste mi piel para él.

—Era una emergencia.

—Él no quería una cicatriz.

Vera apretó los labios.

—No lo entiendes.

—Sí entiendo. Steven es tu tesoro. Yo soy tierra bajo tus zapatos. Me usas porque sabes cuánto te amé.

La frase quedó entre ellos.

Amé.

No amo.

Vera lo notó.

—Seth.

Él giró el rostro.

—Vete.

El teléfono de Vera sonó.

La voz al otro lado mencionó una subasta en el extranjero, un par de gemelos Balar de edición limitada que Steven deseaba.

Seth la vio escuchar.

La vio decidir.

—Debo viajar unos días —dijo—. Te traeré un regalo. Y cumpliré la cita cuando vuelva. Espérame.

Seth se rió.

No fuerte.

Solo una exhalación vacía.

—Claro.

Cuando ella se fue, Seth llamó a su abogado.

—Prepara el acuerdo de divorcio.

El abogado llegó con documentos.

Seth firmó cada página sin temblar.

Después pidió ver a Steven.

El muchacho llegó con cautela.

—¿Qué quieres?

Seth le entregó una caja.

Dentro estaban los anillos de boda.

—Dáselos a Vera cuando vuelva.

Steven abrió los ojos.

—¿Qué estás haciendo?

—Divorciándome.

—¿Por fin aceptas que sobras?

Seth lo miró.

—No. Por fin acepto que merezco vivir sin ustedes dos.

Luego se acercó un poco.

—Y ya que todos jugamos con secretos, déjame darte el tuyo completo. Vera te ama. No como hermano. Nunca como hermano. Tiene tu foto en la habitación de oración. La noche que dormiste en nuestra casa, te besó mientras dormías. Incluso mandó hacer nuestro anillo de bodas con tu talla, no con la mía. El hombre con quien quería casarse siempre fuiste tú.

Steven palideció.

—Estás mintiendo.

—Ojalá.

Seth dejó la caja en sus manos.

—Dile que les deseo una vida larga y feliz. Lejos de mí.

Steven intentó detenerlo.

—¿Adónde vas?

Seth tomó su abrigo.

—Estoy divorciado. Eso significa que por fin puedo vivir mi vida.

En la puerta, se giró una última vez.

—Y Steven, si vuelves a tocarme, haré que pagues cien veces.

Luego se fue.

Sin mirar atrás.

Por primera vez en seis años, Seth Palmer eligió no volver.

CORTAR AQUÍ — CONTINÚA EN COMENTARIO 3 / PART 3.

Related Posts

La Cirujana Que El CEO Abandonó En El Altar Volvió Tres Años Después Para Salvar A Su Hijo Secreto, Pero La Prueba De ADN Reveló Que El Niño Nunca Había Sido De Él – PARTE 2

Parte 2: El Niño Que Tenía Su Corazón Elena corrió antes de pensar. El cuerpo eligió por ella. El pasillo se partió en luces blancas, pasos urgentes…

La Cirujana Que El CEO Abandonó En El Altar Volvió Tres Años Después Para Salvar A Su Hijo Secreto, Pero La Prueba De ADN Reveló Que El Niño Nunca Había Sido De Él – PARTE 1

Parte 1: La Mujer Que Entró Al Hospital Sin Mirarlo El ascensor del ala privada se abrió a las dos y diecisiete de la madrugada. La doctora…

La Chica Que Nadie Quiso Pesaba 110 Kilos Y Trabajaba En La Sombra, Pero Cuando Descubrió El Secreto Sucio De La Mafia Y El Jefe La Vio, Se Convirtió En La Reina Más Temida De Chicago – PARTE 3

 Parte 3: La Reina De Chicago La pólvora flotaba en el aire subterráneo. Chelsea se apartó del pecho de Darby. La contable asustada de Oak Haven estaba…

La Chica Que Nadie Quiso Pesaba 110 Kilos Y Trabajaba En La Sombra, Pero Cuando Descubrió El Secreto Sucio De La Mafia Y El Jefe La Vio, Se Convirtió En La Reina Más Temida De Chicago

Parte 1: La Contable Invisible Las luces fluorescentes zumbaban sobre los cubículos de Oak Haven Financial. Chelsea Foster llevaba once horas mirando sus monitores. Nadie la había…

La Chica Que Nadie Quiso Pesaba 110 Kilos Y Trabajaba En La Sombra, Pero Cuando Descubrió El Secreto Sucio De La Mafia Y El Jefe La Vio, Se Convirtió En La Reina Más Temida De Chicago – PARTE 2

Parte 2: El Toque Del Depredador Chelsea no esperó. En el caos que siguió, salió corriendo. Bajó cuarenta y dos pisos por las escaleras. Sus piernas temblaban…

 La Falsa Pobre Que Se Infiltró En La Mafia Para Vengar A Su Familia — Pero El Jefe Descubrió Su Secreto Y La Obligó A Quedarse – PARTE 2

PARTE 2: LA VENGANZA Y EL PERDÓN Valeria y Matteo localizaron a Benicio Ríos. Él se escondía en una isla remota. Pero sabía que lo buscaban. Y…