PARTE 6 — La Asamblea Final
Tres días después, la asamblea extraordinaria de accionistas del Grupo Salvatierra reunió a prensa, socios, abogados y miembros de la familia.
Rodrigo intentó defenderse.
Jimena también.
Demasiado tarde.
Las pruebas eran suficientes para abrir investigación penal y suspender todos sus poderes dentro del grupo.
Pero Adrián quería algo más que una expulsión silenciosa.
Quería que el nombre de Héctor Rojas fuera limpiado públicamente.
Valeria estaba sentada en la primera fila.
No como intérprete.
No como empleada.
Como parte afectada.
Adrián subió al estrado.
—Durante doce años, el Grupo Salvatierra sostuvo una versión falsa del accidente que mató a mi padre, Tomás Salvatierra.
Los murmullos empezaron.
Él continuó:
—Héctor Rojas fue acusado injustamente. No recibió defensa adecuada. Su familia fue destruida por nuestra necesidad de cerrar un caso que debimos investigar hasta el final.
Valeria sintió que Luna le apretaba la mano.
Su hermana estaba a su lado, con audífonos discretos y lágrimas en los ojos.
Adrián miró hacia ellas.
—Hoy, en nombre de esta empresa y de mi familia, reconozco públicamente que Héctor Rojas no fue responsable de la muerte de mi padre.
Valeria cerró los ojos.
No era suficiente.
Nada devolvería a su padre.
Pero por primera vez, el mundo escuchaba su nombre sin la palabra asesino detrás.
Rodrigo fue retirado por sus abogados antes de terminar la sesión.
Jimena intentó acercarse a Adrián en un pasillo.
—Yo te amaba.
Adrián la miró con cansancio.
—No. Amabas lo que mi firma podía darte.
—Esa mujer te puso contra mí.
Valeria, que estaba a unos metros, respondió:
—No. Usted escribió el anexo sola.
Jimena la miró con odio.
—Disfruta tu victoria.
Valeria se acercó.
—No es victoria. Es limpieza.
—¿Y crees que él va a quedarse contigo?
Valeria sonrió suavemente.
—Sigue creyendo que todas las mujeres viven esperando ser elegidas por un hombre. Quizá por eso perdiste incluso antes de firmar.
Jimena se fue sin responder.
Adrián se acercó a Valeria cuando el pasillo quedó vacío.
—¿Estás bien?
Ella soltó una risa pequeña.
—Esa pregunta llega doce años tarde.
—Lo sé.
—Pero hoy… quizá sí.
Él asintió.
—Tu padre tendrá una disculpa oficial, compensación civil y reapertura completa del expediente.
—Mi padre necesitaba eso vivo.
—Sí.
Valeria lo miró.
Agradeció que no intentara suavizarlo.
—¿Y tú? —preguntó ella.
—Mi tío será investigado. Jimena también. Mi madre declarará. Yo tendré que reconstruir una empresa que no conozco tanto como pensaba.
—Suena horrible.
—Lo es.
—Bienvenido a la verdad.
Adrián casi sonrió.
—Es incómoda.
—Pero huele mejor que una mentira.
Él la miró.
—¿Vas a desaparecer?
Valeria respiró.
Esa pregunta era más peligrosa que todas las anteriores.
—No vine para quedarme en tu vida.
—No pregunté eso.
—Sí lo preguntaste.
—Quizá.
Ella bajó la mirada.
Durante años, Adrián Salvatierra había sido un apellido enemigo.
Luego fue un hombre que escuchó.
Después, un aliado incómodo.
Ahora era algo que Valeria no quería nombrar demasiado rápido.
—Necesito tiempo —dijo ella.
—Lo entiendo.
—No, Adrián. Tiempo real. No tres llamadas intensas ni flores caras ni disculpas con abogados.
—No iba a enviarte flores.
—Bien. Las odio cuando intentan cerrar conversaciones.
—Lo recordaré.
Ella sonrió un poco.
Él también.
Luna, desde el fondo, fingió no mirar, pero sonrió con descaro.
Valeria la señaló.
—No digas nada.
Luna respondió en voz alta:
—No dije nada. Pero estoy leyendo mucho.
Valeria se rió.
Adrián también.
Fue una risa breve.
Pequeña.
Pero después de tanta sala fría, sonó casi como una ventana abierta.
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