EL CEO QUE CANCELÓ SU COMPROMISO CUANDO LA PIANISTA TOCÓ LA CANCIÓN QUE SOLO SU AMOR SECRETO CONOCÍA – PARTE 2

PARTE 2

La mujer que fue borrada antes del amanecer

Lucía Herrera no había planeado tocar aquella canción.

O eso se dijo durante toda la tarde.

Había sido contratada como pianista suplente para la gala porque la artista principal enfermó a última hora. Al menos, esa fue la versión que llegó al equipo de eventos.

La verdad era más complicada.

Lucía había pasado tres años evitando todo lo relacionado con Alejandro Márquez.

No leía noticias de él.

No veía entrevistas.

No miraba fotos de Valentina.

No pronunciaba su nombre si podía evitarlo.

Pero cuando vio el anuncio del compromiso, algo se quebró.

No porque creyera tener derecho a reclamarlo.

Eso se lo habían arrancado hacía mucho.

Se quebró porque la nota de prensa decía:

“Valentina Soler, la mujer que sostuvo al CEO durante su ceguera temporal, finalmente se convertirá en su esposa.”

Lucía leyó esa frase tantas veces que las letras empezaron a parecer cuchillos.

Ella había estado allí.

Ella le había leído.

Ella había tocado esa canción.

Ella sostuvo su mano cuando él despertaba gritando porque soñaba que la oscuridad sería eterna.

Pero oficialmente, Lucía nunca existió.

Tres años atrás, trabajaba como auxiliar musical en la clínica privada Márquez. No era enfermera ni médica. Su tarea era sencilla: tocar piano para pacientes en rehabilitación, leerles si querían, acompañar terapias de recuperación emocional.

Alejandro era el paciente más difícil.

No por arrogante.

Por terror.

Un hombre acostumbrado a controlar empresas, reuniones y habitaciones enteras había quedado atrapado dentro de un cuerpo que no podía confiar en sus propios ojos.

La primera vez que Lucía tocó para él, él dijo:

—No necesito entretenimiento.

Ella respondió:

—Qué bien. Yo tampoco sé entretener a hombres malhumorados. Solo sé tocar.

Él no contestó.

Pero no pidió que se fuera.

Al día siguiente, ella volvió.

Y al otro.

Y al otro.

Poco a poco, Alejandro empezó a hablar.

Primero de negocios.

Luego de libros.

Después de su padre muerto, de la presión de su madre, de su miedo a que todos lo trataran como inválido, de la vergüenza de necesitar ayuda para caminar de una silla a otra.

Lucía nunca lo compadeció.

Eso fue lo que lo desarmó.

—Eres muy cruel para alguien que toca canciones suaves —le dijo una noche.

—Y tú eres muy dramático para alguien que dice no sentir miedo.

Él sonrió por primera vez en semanas.

Lucía no se enamoró de él porque fuera CEO.

Se enamoró de la forma en que escuchaba cuando no podía mirar.

Y eso la asustó.

Porque sabía que, cuando recuperara la vista, volvería a su mundo de cristal, chóferes, prensa y mujeres como Valentina Soler.

Ella volvería a su apartamento pequeño y a su piano con teclas gastadas.

Pero antes de que eso ocurriera, alguien la llamó a la oficina administrativa de la clínica.

Beatriz Márquez estaba allí.

Elegante, serena, con la sonrisa más fría que Lucía había visto.

—Mi hijo se ha encariñado contigo —dijo.

Lucía no respondió.

—Eso es comprensible. Está vulnerable. Pero se recuperará. Y cuando lo haga, necesitará una mujer de su mundo. No una terapeuta musical con deudas familiares.

Lucía apretó las manos.

—No le he pedido nada.

—Todavía.

Beatriz puso un sobre sobre la mesa.

Dinero.

Un contrato de confidencialidad.

Y una amenaza delicadamente escrita.

Si Lucía se acercaba a Alejandro, perdería su trabajo, su licencia profesional y la beca médica de su hermano menor.

—No eres una villana, Lucía —dijo Beatriz—. Solo eres una pausa en la vida de un hombre importante.

Esa frase la persiguió durante tres años.

Lucía firmó.

No por dinero.

Por su hermano.

Por miedo.

Por la certeza de que nadie le creería si decía que la madre del CEO estaba comprando su desaparición.

La sacaron de la clínica antes de que Alejandro recuperara la vista.

Al día siguiente, Valentina Soler ocupó su lugar.

Cuando Alejandro preguntó por la mujer que tocaba el piano, todos dijeron:

—Era Valentina.

Y la mentira empezó a respirar.

Ahora, en el salón de compromiso, Lucía veía a Beatriz mirarla con el mismo frío de aquella oficina.

—Retírate —ordenó la madre de Alejandro, acercándose al piano—. Ya causaste suficiente incomodidad.

Lucía levantó la cabeza.

—Usted me enseñó a retirarme una vez.

Beatriz palideció apenas.

—No sé de qué hablas.

Alejandro escuchó esa frase y sintió que algo se rompía.

Porque su madre era experta en negar sin negar.

Valentina se aferró a su brazo.

—Alejandro, estás confundido. Esa mujer quiere dinero.

Lucía soltó una risa triste.

—Si hubiera querido dinero, me habría quedado con el sobre que tu futura suegra me dio hace tres años.

El salón se congeló.

Alejandro miró a su madre.

—¿Qué sobre?

Beatriz no respondió.

Y ese silencio fue la primera confesión de la noche.

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