EL CEO QUE DEFENDIÓ A UNA MADRE SOLTERA SIN SABER QUE EL NIÑO QUE LLORABA ERA SU HIJO Lucas solo quería detener una humillación en un centro comercial… hasta que el pequeño levantó la mirada y tenía sus mismos ojos – PARTE 1

Alma Reyes aceptó fingir ser la novia de Marco Laredo por una noche para pagar los medicamentos de su abuela.

No sabía que la fiesta sería una trampa para humillarla delante de la familia más poderosa de la ciudad.

Tampoco sabía que el CEO Santiago Laredo saltaría a la piscina para salvarla… ni que su hermana menor ya la conocía como la maestra que le devolvió la voz.

PARTE 1

La oferta de una noche

Alma Reyes no creía en los cuentos de CEO.

Creía en recibos vencidos.

En farmacias que no fiaban.

En alquileres que subían sin pedir permiso.

En hospitales donde una enfermera podía decir “necesita este medicamento” como si el precio no fuera una pared.

Su abuela, Elena, dormía en una cama pequeña junto a la ventana del apartamento. Tenía las manos arrugadas, la voz dulce y una manera peligrosa de fingir que no le dolía nada para no preocupar a su nieta.

—No compres esa medicina tan cara —decía—. Un té y descanso bastan.

Alma sonreía.

—Claro, abuela. Y si eso no funciona, llamamos a un duende médico.

Elena se reía.

Luego tosía.

Y Alma dejaba de encontrar gracioso el mundo.

De día trabajaba como asistente en una biblioteca infantil.

De noche daba clases online de dibujo y lectura a niños tímidos, niños tristes, niños que no sabían poner en palabras lo que los adultos habían roto.

Usaba el nombre Miss A.

No por misterio.

Por seguridad.

Una de sus alumnas más especiales era Clara.

Una adolescente de catorce años que al principio no hablaba casi nada.

Solo escribía.

Dibujaba casas sin ventanas.
Niñas de espaldas.
Hombres de traje sin rostro.
Mesas enormes donde nadie se miraba.

Durante meses, Alma le enseñó a contar historias con dibujos.

Luego con palabras.

Luego con frases pequeñas.

Una noche, Clara escribió en el chat:

“Cuando dibujo contigo, la casa no hace tanto ruido.”

Alma lloró frente a la pantalla después de terminar la clase.

Nunca vio a los padres de Clara.

Nunca preguntó demasiado.

Solo sabía que la niña vivía en una casa grande, que tenía un hermano mayor muy ocupado y que alguien pagaba sus clases puntualmente desde una cuenta privada.

No imaginaba que ese hermano era Santiago Laredo, el CEO más joven del Grupo Laredo.

Mucho menos imaginaba que una noche entraría a su mansión con un vestido prestado y saldría de allí empapada, temblando y con él mirándola como si acabara de encontrar algo perdido.

La oferta llegó un jueves.

Alma estaba saliendo de la biblioteca cuando un coche deportivo se detuvo junto a la acera.

De él bajó un hombre joven, guapo, con sonrisa fácil y gafas oscuras.

—¿Alma Reyes?

Ella se tensó.

—Depende de quién pregunte.

—Marco Laredo.

El apellido hizo que dos personas en la acera se giraran.

Alma no se impresionó.

—¿Y eso debería decirme algo?

Marco sonrió.

—Normalmente sí.

—Qué difícil debe ser descubrir que no siempre funciona.

Él rió.

—Me caes bien.

—Eso suele ser mala señal.

Marco le explicó la propuesta en una cafetería cercana.

Necesitaba una acompañante para la fiesta de cumpleaños de su madre. No una cita real. Una novia falsa.

—Solo por una noche —dijo—. Tres horas. Sonríes, tomas mi brazo, me miras como si me soportaras y listo.

Alma lo miró como si hubiera pedido que le vendiera un riñón.

—¿Por qué yo?

—Porque necesito a alguien que no pertenezca a mi círculo.

—Traducción: alguien que puedan despreciar con facilidad.

Marco levantó las manos.

—No. Alguien que no se asuste.

—Me está asustando esta conversación.

Él sacó un sobre.

Dentro había dinero.

Mucho.

Demasiado.

Alma no lo tocó.

—No soy actriz.

—No tienes que actuar demasiado. Solo fingir que te gusto.

—Eso sí requiere talento profesional.

Marco volvió a reír.

Pero Alma no.

—¿Para qué quieres una novia falsa?

La sonrisa de Marco perdió algo de brillo.

—Mi ex estará allí.

—Ah.

—Y necesito que entienda que no la estoy esperando.

—¿La estás esperando?

Marco miró por la ventana.

Esa fue respuesta suficiente.

Alma se levantó.

—Busca a otra.

—Pagaré el doble.

Ella se detuvo.

Pensó en la medicina de su abuela.

En la farmacia.

En los números.

Odiaba que la necesidad tuviera voz.

—No habrá besos —dijo.

Marco sonrió.

—Trato hecho.

—No habrá toqueteos.

—Claro.

—No me dejas sola con nadie de tu familia.

La sonrisa de Marco vaciló apenas.

—Son intensos, pero no muerden.

—Las familias ricas muerden con cubiertos de plata.

Él la observó.

—¿Aceptas?

Alma miró el sobre.

No vio dinero.

Vio una caja de medicinas.

Vio una semana más de calma para su abuela.

—Acepto tres horas —dijo—. Después de eso, vuelvo a mi vida y tú vuelves a tus problemas caros.

Marco extendió la mano.

Alma no se la dio.

—Y una cosa más —añadió ella—. Si me humillas, me voy.

Marco sonrió, seguro de sí mismo.

—No va a pasar.

Esa fue la primera mentira de la noche.

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