PARTE 2
El CEO que llegó demasiado tarde para ellos
Sebastián Ferrer no iba a estar esa noche en la fábrica.
Había comprado el treinta por ciento de Textiles Valcárcel una semana antes, no por interés emocional, sino porque su grupo empresarial quería entrar al mercado de exportación de moda.
Le habían enviado informes limpios.
Demasiado limpios.
Y Sebastián desconfiaba de todo documento que no tuviera manchas.
A las 2:02 recibió una llamada anónima.
Una voz femenina, vieja, temblorosa:
—Si quiere saber qué compró, vaya a la fábrica ahora. Van a quemar el archivo.
—¿Quién habla?
—La mujer que cuidó a la hija del fundador antes de que la desaparecieran.
La llamada se cortó.
Sebastián no necesitó más.
Ordenó al chofer girar.
Cuando llegó, la fábrica ya ardía por el lateral norte. Obreros con mantas en los hombros lloraban en la calle. Bomberos aún no entraban al sótano porque la directora aseguraba que todos estaban fuera.
Elisa Valcárcel estaba junto a la ambulancia.
Impecable incluso frente al fuego.
—Señor Ferrer, no debería estar aquí.
—Eso suelo decidirlo yo.
—Hubo un accidente. Una obrera provocó un incendio.
—¿Cuál obrera?
—Alma Reyes. Una empleada problemática.
Un hombre de la línea de corte gritó desde atrás:
—¡Alma está dentro!
Elisa se giró.
—No mienta.
El obrero, Marcos, avanzó.
—La vi bajar al archivo. No salió.
Sebastián miró hacia el edificio.
Luego hacia las cámaras de seguridad exteriores.
—Enséñeme la grabación.
Elisa titubeó.
—El sistema falló por el incendio.
—Qué conveniente.
Sebastián no levantó la voz.
Eso asustaba más.
Tomó la tableta de seguridad de uno de sus asistentes y revisó el acceso lateral. En una imagen congelada se veía a Alma entrando al sótano. Minutos después, un guardia cerraba la puerta desde fuera.
Sebastián levantó la mirada.
—¿Provocó el incendio encerrándose por fuera?
Elisa palideció.
El abogado Héctor llegó corriendo.
—Señor Ferrer, esto debe manejarse internamente.
Sebastián se quitó el saco.
—Una mujer está dentro.
—Los bomberos están evaluando—
—Evalúen más rápido.
Tomó un extintor.
Marcos, el obrero, intentó acompañarlo.
Sebastián lo detuvo.
—Tú sabes llegar?
—Sí.
—Entonces guíame hasta la entrada y sal.
Entraron por el lateral.
El humo golpeó como una pared.
Sebastián avanzó agachado, cubriéndose la boca con la manga. El calor era brutal. El pasillo del sótano estaba lleno de humo negro.
Escuchó golpes.
Débiles.
Tres golpes.
Luego dos.
Luego uno.
—¡Alma!
Desde dentro, una voz rota:
—¡Aquí!
La puerta del archivo estaba cerrada con una barra metálica externa.
Sebastián la quitó con ayuda de Marcos.
Al abrir, Alma cayó hacia delante con la carpeta pegada al pecho.
Tenía la frente abierta, las manos quemadas por intentar tocar la manija caliente, el rostro cubierto de hollín.
—No… la carpeta… —susurró.
Sebastián la tomó en brazos.
—Primero respira.
—No deje que la quemen.
Él miró los documentos.
Y vio el nombre:
Alma Valcárcel.
Sebastián entendió que no había entrado a salvar solo a una obrera.
Había entrado a sacar viva a la verdad.
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