PARTE 4
La mujer que la crió con miedo
Alma pidió ver a Carmen Reyes.
La mujer que la había criado.
Carmen vivía en una casa pequeña al borde de la ciudad. Durante años trabajó lavando ropa para familias ricas. Nunca tuvo mucho. Pero Alma nunca pasó hambre.
Cuando Sebastián la llevó al hospital, Carmen entró llorando.
—Mi niña.
Alma no la abrazó de inmediato.
Eso dolió a ambas.
—¿Sabías? —preguntó Alma.
Carmen se cubrió la boca.
—Sí.
Una palabra.
Pequeña.
Terrible.
Alma sintió que el pecho se le cerraba.
—¿Toda mi vida?
Carmen lloró más.
—Me dijeron que si hablaba, te matarían. Yo trabajaba para la familia Valcárcel. Tu madre, Lucía, era costurera de muestras. Marcelo se enamoró de ella. Cuando naciste, quiso reconocerte. Elisa se volvió loca. Decía que una hija de costurera no podía quedarse con la fábrica.
Alma respiró con dificultad.
—¿Mi madre?
Carmen bajó la mirada.
—Murió cuando tú tenías un año.
—¿Cómo?
Carmen no respondió rápido.
Alma entendió.
—No fue enfermedad.
Carmen negó.
—Dijeron accidente de carretera. Pero Lucía iba a reunirse con un notario. Llevaba documentos para probar que Marcelo quería reconocerlas a las dos.
Alma cerró los ojos.
—Y mi padre?
—Murió meses después. Oficialmente infarto.
Sebastián, junto a la ventana, apretó la mandíbula.
Demasiadas muertes convenientes.
Carmen continuó:
—Antes de morir, Marcelo me pidió que te sacara de la casa. Me dio dinero y una carta. Dijo que cuando fueras mayor, todo se arreglaría.
—¿Dónde está la carta?
Carmen lloró.
—Elisa la encontró. Me golpearon. Me hicieron firmar que tú eras hija de una prima muerta. Me amenazaron con quemar la casa contigo dentro si decía algo.
Alma miró sus manos vendadas.
—Así que me salvaste mintiéndome.
Carmen no se defendió.
—Sí.
—Y luego dejaste que trabajara en la fábrica de ellos.
—Cuando te contrataron, intenté impedirlo. Pero tú querías trabajar. Querías ayudarme. Y yo… yo pensé que quizá allí alguien te reconocería. Que quizá la verdad saldría sola.
Alma soltó una risa amarga.
—La verdad no sale sola, Carmen. La encerraron conmigo y le prendieron fuego.
Carmen bajó la cabeza.
—Lo sé.
El silencio fue largo.
Alma quería odiarla.
Una parte de ella lo hacía.
Pero también veía a la mujer que la alimentó, la cuidó en fiebre, cosió su uniforme escolar, lloró escondida cada cumpleaños.
La verdad no era limpia.
Nunca lo era.
—No puedo perdonarte ahora —dijo Alma.
Carmen asintió.
—No te lo pido.
—Pero necesito que declares.
Carmen levantó la mirada.
—Lo haré.
Alma tomó la carpeta B-12.
—Entonces empezamos por mi madre.
Sebastián habló desde la ventana:
—Y por las muertes que hicieron pasar por accidentes.
Alma miró al CEO.
—¿Va a ayudarme?
Sebastián sostuvo su mirada.
—Compré una parte de esa fábrica. No pienso quedarme con un negocio construido sobre cadáveres y costureras encerradas.
—Eso no responde si me ayuda a mí.
Él tardó un segundo.
—Sí, Alma. Voy a ayudarla.
Ella asintió.
No confiaba del todo.
Pero por primera vez, no estaba sola mirando el fuego.
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