PARTE 4
La firma que no era suya
Elena despertó en el hospital con un sabor metálico en la boca.
Durante unos segundos, creyó que seguía en el sótano.
Se incorporó de golpe.
—Los planos.
Una voz respondió desde la ventana:
—Están copiados, sellados y en manos de fiscalía.
Sebastián Rivas estaba allí.
Sin saco.
Con la camisa aún manchada de polvo.
Elena respiró con dificultad.
—¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?
—Seis horas.
—¿La torre?
—Evacuada. Parcialmente dañada. No colapsó por completo.
Ella cerró los ojos.
No por alivio.
Por cálculo.
—Si no corrigen la base, caerá.
—Ya están apuntalando.
—¿Quién está a cargo?
—No Monteverde.
Elena abrió los ojos.
—Bien.
Hubo silencio.
Luego ella preguntó:
—¿Por qué entró?
Sebastián respondió:
—Porque estaba viva.
—Eso no suele bastar para que un CEO entre a un edificio inestable.
—Soy mal ejemplo para mi departamento de riesgos.
Elena casi sonrió.
Pero la herida le dolió.
—Daniel dijo que yo lo hice.
—Sí.
—¿Le creyeron?
—Algunos querían creerle.
—Por qué?
Sebastián la miró.
—Porque es más cómodo culpar a una mujer con carácter que auditar a una familia con dinero.
Esa frase la golpeó más que cualquier escombro.
La fiscalía tomó declaración esa tarde.
El perito independiente confirmó que la firma digital de Elena fue duplicada. Las modificaciones se hicieron desde un servidor interno de Monteverde. El usuario asignado era de Elena, pero el acceso físico ocurrió mientras ella estaba en una reunión en otra ciudad.
La persona que usó su clave fue Daniel.
Elena miró el informe.
—Él tenía mi contraseña.
Sebastián no dijo nada.
No necesitaba.
Las traiciones íntimas suelen entrar por puertas que una misma abrió con confianza.
Elena recordó todas las veces que Daniel le dijo:
“Somos equipo.”
“Yo me encargo.”
“Confía en mí.”
Ahora esas frases parecían herramientas de obra usadas para derribarla.
La investigación reveló más: Arturo Monteverde había vendido parte del acero estructural a otra obra y reemplazado materiales por opciones baratas. El ahorro ilegal era de millones. Si la torre fallaba, culparían a Elena. Si Elena moría dentro, mejor todavía: una culpable silenciosa.
Elena apretó los documentos.
—No querían solo culparme.
Sebastián respondió:
—Querían que su nombre cargara con el edificio.
—Y con los muertos si caía.
—Sí.
Ella miró por la ventana.
La ciudad seguía ahí.
Indiferente.
—Entonces no basta con defenderme.
Sebastián la observó.
—Qué quiere hacer?
Elena giró hacia él.
—Derrumbarlos antes de que la torre lo haga.
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