PARTE 11
Los noventa y nueve días de flores
Clara no perdió al bebé.
Pero estuvo cerca.
El médico fue claro:
—Su salud emocional es prioridad. Nada de estrés. Nada de discusiones fuertes. Necesita cuidado constante.
Adrián ofreció quedarse.
Clara dijo no.
—Me iré con mis padres.
—Tienen una casa pequeña. No hay equipo médico.
—Hay amor.
La frase lo dejó sin defensa.
Él organizó médicos cerca de la casa de los Rivas, sin invadir. Luego se fue.
No porque quisiera.
Porque ella se lo pidió.
Adrián Montes, el hombre que compraba hospitales y cerraba empresas con una llamada, pasó la primera noche sentado dentro de su coche frente a la casa de Clara, sin atreverse a tocar la puerta.
Al día siguiente envió flores.
Clara no respondió.
Envió más al otro día.
Y al otro.
Y al otro.
Porque una vez, en una conversación con Conejita Azul, ella le dijo:
“Si alguien me hace daño de verdad, tendría que mandarme flores cada día durante noventa y nueve días. No por el precio. Por la paciencia.”
Adrián recordó.
Día 1.
Día 2.
Día 3.
Día 10.
Clara empezó a sospechar.
—¿Quién manda tantas flores? —preguntó su madre, encantada.
Clara encontró una tarjeta:
“Día 11. Faltan 88. No pido perdón rápido. Solo pido permiso para seguir intentándolo.”
Clara lloró.
—Idiota.
Pero no tiró las flores.
Adrián fue más lejos.
Instaló una pequeña tienda de campaña frente a la casa.
Sara casi se desmaya al verlo.
—¿El multimillonario va a dormir en el jardín?
Adrián sostuvo una manta.
—Si Clara me necesita, estaré cerca. Si no, no entraré.
Orlando le ofreció galletas.
Adrián aceptó.
Clara miró por la ventana y lo vio sentado en una silla plegable, con traje caro, bajo una lona ridícula, comiendo galletas horribles como penitencia.
No quiso sonreír.
Sonrió igual.
Semanas después, encontró una carta escondida en una caja de piruletas arcoíris.
“Clara:
El día que supe que estabas embarazada fue el día más feliz de mi vida. También fue el día en que fui más cobarde. Quise esperar para decirte que yo era Plomero Nocturno porque tenía miedo de que el estrés te dañara. Pero la verdad es que tenía miedo de que me odiaras.
Soy el hombre que te trató como contrato.
Soy el hombre que se enamoró de ti sin saber tu rostro.
Soy el esposo que llegó tarde a su propia verdad.
No importa si me llamas Adrián, jefe insoportable o plomero idiota. Mi corazón fue tuyo antes de saber que dormías al otro lado de mi casa.
No tienes que perdonarme ahora.
Solo quiero que sepas que no eras infiel.
No estabas dividida.
Éramos nosotros dos, encontrándonos mal, dos veces.”
Clara sostuvo la carta contra el pecho.
Aquella noche salió al jardín.
Adrián se levantó tan rápido que casi tiró la tienda.
—Clara.
Ella lo miró.
—Te ves ridículo.
—Lo sé.
—Bien.
—¿Puedo acercarme?
Ella dudó.
Luego asintió.
Él se acercó despacio.
—No merezco que me perdones.
—Correcto.
—Pero voy a intentar merecer la oportunidad de explicarme, aunque me tome noventa y nueve días.
Clara respiró hondo.
—Llevas once.
—Lo sé.
—Faltan ochenta y ocho.
Adrián sonrió con los ojos húmedos.
—Los cuento.
Ella le entregó una galleta de su madre.
—Castigo adicional.
Él la tomó con solemnidad.
—Lo merezco.
Por primera vez en semanas, Clara rió.
No era perdón completo.
Pero era una puerta entreabierta.
Renata, desde lejos, observó la escena.
Y decidió que si no podía separar a Clara con humillación, lo haría con miedo.
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