PARTE 12
La noche en que Renata perdió el apellido
Renata contrató a un hombre desesperado.
Un antiguo guardia expulsado de Montes Enterprises por robo. Le prometió dinero si secuestraba a Clara y la obligaba a firmar una renuncia a cualquier derecho familiar.
No quería solo destruir el matrimonio.
Quería impedir que el bebé naciera como heredero.
La noche elegida fue Halloween.
Clara asistió a una pequeña fiesta benéfica del hospital. Adrián estaba a pocos metros, hablando con médicos. Don Esteban, recuperado lo suficiente para usar silla de ruedas con orgullo, reía con una copa de jugo como si fuera whisky.
Clara salió un momento al pasillo para arreglarse el cabello.
El hombre apareció detrás.
Le tapó la boca.
—No grites.
Clara sintió el frío del miedo.
Pero ya no era la misma mujer que los cobradores casi arrastraron en el estacionamiento.
—Te metiste con la persona equivocada —susurró.
—Tú y tu bebé estarán muertos antes de que tu marido llegue.
El corazón de Clara se detuvo.
Adrián apareció al final del pasillo.
—Suéltala.
El hombre la sujetó más fuerte.
—Un paso más y se acaba.
Clara respiró.
Recordó JoyLand.
La máquina de disparos.
Las manos firmes.
La voz de Adrián diciendo: “Fija el objetivo.”
Vio un extintor a un lado.
Adrián entendió su mirada.
—Quieres dinero? —dijo él al secuestrador—. Te firmo lo que quieras. Mi fortuna. Mis acciones. Todo.
—Lo harías?
—Por ella, sí.
Clara sintió un dolor distinto.
No miedo.
Amor.
Pero no podía permitir que él entregara todo a una trampa de Renata.
El hombre sacó el teléfono para llamar a su jefa.
—Dice que firmará.
La voz de Renata sonó al altavoz:
—Que firme todo. La fortuna, la herencia y los derechos del bebé.
El hombre palideció al darse cuenta de que había revelado demasiado.
Adrián sonrió sin alegría.
—Gracias.
La seguridad apareció por ambos extremos del pasillo.
Clara golpeó hacia atrás con el codo. Adrián avanzó. El hombre cayó antes de poder reaccionar.
Renata intentó huir de la fiesta.
Don Esteban la detuvo con una sola frase:
—Ni un paso más.
La sala entera miró.
El secuestrador, esposado, gritó:
—Ella me contrató. Renata Montes.
Renata negó.
—Mentira.
Don Esteban no gritó.
Eso fue peor.
—Desde este momento, dejas de ser parte de mi familia.
—Abuelo…
—Tu fideicomiso, tus casas, tus coches, tus cuentas. Todo queda congelado. Y si el juez confirma lo que escuché, no volverás a usar mi apellido para abrir ninguna puerta.
Renata cayó de rodillas.
—No puedes hacerme esto.
Don Esteban miró a Clara.
Luego a Adrián.
—Pude hacerlo hace años. Me tardé demasiado.
Renata fue llevada por seguridad.
Clara temblaba.
Adrián la abrazó con cuidado.
—¿Estás bien? ¿El bebé?
—Estamos bien.
Él apoyó la frente en la suya.
—Casi firmo todo.
—Lo sé.
—Lo habría hecho.
—También lo sé.
—¿Eso ayuda?
Clara lo miró.
—Ayuda y me enfurece.
Él soltó una risa temblorosa.
—Entonces seguimos igual.
—No.
Ella tomó su mano.
—Ya no igual.
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