EL CEO QUE FINGIÓ SER PLOMERO EN UNA APP DE CITAS, SIN SABER QUE SU ESPOSA POR CONTRATO ERA LA MUJER DE LA QUE SE HABÍA ENAMORADO – PARTE 2

PARTE 2

El abuelo que decidió una boda

Don Esteban Montes estaba muriéndose con el mismo carácter con el que había construido su imperio.

Acostado en la cama VIP 101, conectado a monitores, oxígeno y sueros, seguía dando órdenes como si dirigiera una junta de accionistas.

—Suban la persiana. La luz de este cuarto parece de funeral.

Clara obedeció.

—Señor, quizá porque está en un hospital.

—No me faltes el respeto con lógica, niña.

Adrián entró detrás de ella.

—Abuelo.

Don Esteban lo miró con fastidio.

—Hasta que apareces.

—Tenía una reunión.

—Siempre tienes una reunión. Cuando muera, espero no tener que pedir cita para que vayas al entierro.

Clara bajó la mirada para ocultar una sonrisa.

Adrián la notó.

—¿Le divierte?

—No debería, pero sí.

Don Esteban miró a ambos.

Primero a Adrián.

Luego a Clara.

Y en sus ojos enfermos apareció una chispa peligrosa.

—Perfecto.

Adrián frunció el ceño.

—No.

—Ni siquiera sabes qué voy a decir.

—Con esa cara, nada bueno.

Don Esteban señaló a Clara.

—Te casas con ella.

Clara casi dejó caer la bandeja.

—¿Perdón?

Adrián cerró los ojos.

—Abuelo.

—La boda será la próxima semana.

—No.

—Sí.

Clara alzó una mano.

—Con todo respeto, señor, yo apenas conozco a su nieto.

Don Esteban sonrió.

—Tienen una semana para arreglar eso.

—No funciona así.

—Claro que sí. Antes la gente se casaba después de verse una vez en misa.

Adrián se acercó a la cama.

—No voy a casarme porque te aburriste.

El anciano tosió. Clara se inclinó para revisar el monitor, pero él le tomó la mano.

—Me quedan tres meses, quizá menos. Quiero verte casado antes de irme. Y esta chica es buena.

Adrián miró a Clara.

—Usted no la conoce.

—La conozco mejor que a muchas mujeres que has llevado a cenas. Clara me cuida cuando nadie mira. No finge ternura para cámaras. Me regaña cuando no tomo medicinas. Y hoy, antes de entrar, la vi defenderse de un hombre que podría haberla roto. Tiene carácter.

Clara se quedó rígida.

—Señor…

Don Esteban continuó:

—Además, necesita un millón.

El rostro de Clara perdió color.

Adrián la miró.

—¿Usted le contó?

—No. Lo oí. A diferencia de ustedes, todavía escucho.

Adrián apretó la mandíbula.

—Esto es chantaje.

—Correcto —dijo el abuelo—. Y será más claro: si no te casas con Clara, pierdes el control del patrimonio familiar.

La habitación quedó en silencio.

Adrián no habló durante varios segundos.

Clara sintió vergüenza, rabia y miedo mezclados.

—No voy a aceptar dinero por casarme.

Adrián la miró con frialdad.

—Curioso. Pensé que era exactamente lo que iba a hacer.

Clara giró hacia él.

—¿Disculpe?

—Un millón de deuda. Un abuelo sentimental. Una enfermera convenientemente dulce. El guion está completo.

Clara sintió el golpe.

Durante un segundo creyó que él era diferente al resto de hombres ricos que solo veían precio en todo.

Se equivocó.

—Usted es un arrogante aburrido —dijo ella—. Y además poco original. “Cazafortunas” es el insulto favorito de los hombres que creen que su dinero es personalidad.

Don Esteban soltó una carcajada que acabó en tos.

Adrián se quedó inmóvil.

—¿Qué dijo?

—Que no me casaría con usted aunque fuera el último hombre del planeta.

Él bajó la voz.

—¿Y la casa de sus padres?

Clara se quedó callada.

Ese fue el problema.

La rabia no pagaba hipotecas.

El orgullo no detenía a cobradores.

Don Esteban vio la grieta.

—El trato es sencillo. Matrimonio por tres meses. La deuda se paga. Mi nieto conserva la fortuna. Tú conservas la casa de tus padres. Después, divorcio.

Clara cerró los ojos.

Pensó en su madre, en su padre, en la cocina pequeña de la casa, en las galletas horribles, en las paredes con fotos familiares torcidas.

Pensó en el cobrador diciendo que podía venderla.

Pensó en Adrián mirándola como si ella fuera una trampa barata.

—Tres meses —dijo.

Adrián la miró.

—¿Acepta?

Clara sostuvo su mirada.

—Acepto salvar a mi familia. No acepto que me insulte.

Él sonrió sin alegría.

—Entonces quede claro: será una esposa por contrato. Nada más.

—Perfecto.

—Sin tocarme.

—No pensaba hacerlo.

—Sin esperar amor.

—No se preocupe. Mi gusto es mejor que eso.

Don Esteban aplaudió débilmente desde la cama.

—Maravilloso. Ya discuten como esposos.

Una semana después, Clara Rivas caminó hacia un altar pequeño, vestida de blanco, frente a un hombre que la consideraba una interesada y un anciano que sonreía como si acabara de ganar una guerra.

Y mientras el juez preguntaba si aceptaba a Adrián Montes como esposo, Clara pensó:

“¿Qué demonios estoy haciendo?”

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