PARTE 7
El hospital que compró por rabia
Clara volvió a trabajar al hospital San Gabriel, aunque Adrián insistió en que descansara.
—Es una orden —dijo.
—No soy tu empleada.
—Técnicamente, ahora el hospital está dentro de mis inversiones.
—¿Qué?
—Nada.
Ella lo miró con sospecha.
San Gabriel no era amable con ella.
El jefe de enfermería, Donald Vega, llevaba meses acosándola. Comentarios sucios, turnos injustos, amenazas con arruinar su licencia. Clara lo evitaba porque necesitaba el trabajo.
Un día, Donald la acorraló cerca del almacén.
—Has faltado demasiado, Clarita. Si no quieres una mala evaluación, podrías compensarme en privado.
Clara le arrebató su credencial.
—Tengo pacientes.
Él la empujó contra una estantería.
—No me hables así.
Antes de que pudiera tocarla otra vez, una mano lo agarró por la muñeca.
Adrián.
No llevaba traje.
Llevaba furia.
—¿Con esta mano la tocó?
Donald palideció.
—¿Quién demonios es usted?
Adrián apretó.
Donald gritó.
—El hombre que acaba de comprar este hospital.
Clara abrió la boca.
—¿Compraste qué?
Donald intentó disculparse.
—Señor Montes, no sabía…
—Eso es evidente. Si lo hubiera sabido, habría sido igual de basura pero más discreto.
Adrián lo soltó.
—Está despedido. Su licencia será revisada. Y por los reportes de acoso, dudo que vuelva a trabajar en un hospital decente.
Donald cayó de rodillas.
—Por favor, necesito el trabajo.
Clara sintió una mezcla incómoda de alivio y miedo.
Adrián podía destruir vidas con una frase.
A veces eso la protegía.
A veces la asustaba.
—No tenías que comprar un hospital —dijo después.
—Sí tenía.
—No puedes resolver todo comprándolo.
—Puedo resolver bastante.
—Adrián.
Él se detuvo.
Era la primera vez que su nombre, dicho por ella, sonaba menos como reproche y más como límite.
—Lo siento —dijo.
Clara se sorprendió.
—¿Estás disculpándote?
—No por despedirlo. Por tardar en ver que estabas sola aquí.
Ese día algo cambió.
No se volvieron amantes.
No rompieron el contrato.
Pero Clara empezó a notar a Adrián en lugares donde antes solo veía arrogancia.
Compró el hospital, sí.
Pero también reorganizó protocolos de seguridad para enfermeras.
Instaló cámaras en estacionamientos.
Aprobó transporte nocturno.
Creó un canal anónimo contra acoso laboral.
Y nunca puso su nombre en la campaña.
Esa noche, Clara fue atacada en el estacionamiento por uno de los cobradores que aún la perseguía. Adrián apareció antes de que la situación empeorara. Recibió un corte en el brazo al protegerla.
Clara lo curó en la mansión.
—Puedo llamar a un médico —dijo él.
—Soy enfermera.
—De acuerdo.
—Y cállate.
—Sí, enfermera.
Mientras limpiaba la herida, Clara notó la tensión en sus hombros.
—Fuiste a buscarme.
—Pasaba por allí.
—A medianoche, frente al hospital.
—Soy un hombre con rutas variadas.
—Mentiroso.
Él sonrió.
Después, cuando Clara escribió a Plomero Nocturno: “Me atacaron, pero un extraño amable me salvó”, Adrián, con el brazo vendado, leyó el mensaje y sintió un golpe extraño.
Ella lo llamaba extraño amable.
No esposo.
No jefe.
No pesadilla.
Y por primera vez, Adrián deseó que supiera que el plomero también estaba allí.
Pero no se atrevió.
Porque cada día que pasaba, la mentira crecía.
Y él empezaba a quererla demasiado como para arriesgarse a perderla.
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