EL CEO QUE FINGIÓ SER PLOMERO EN UNA APP DE CITAS, SIN SABER QUE SU ESPOSA POR CONTRATO ERA LA MUJER DE LA QUE SE HABÍA ENAMORADO – PARTE 8

PARTE 8

JoyLand y la verdad que casi se dijo

Adrián decidió comprobarlo.

Conejita Azul tenía un lugar favorito: JoyLand, un parque de juegos antiguo lleno de máquinas, luces de colores, premios baratos y piruletas arcoíris.

Clara también lo amaba.

Demasiada coincidencia.

La llevó allí con la excusa de que necesitaba descansar después del ataque.

—¿JoyLand? —preguntó ella, iluminándose antes de poder fingir indiferencia.

Adrián la observó.

—¿Te gusta?

—Es mi lugar favorito desde niña.

Primer golpe.

Jugaron a disparar a latas. Clara falló tres veces, luego acertó y saltó como si hubiera ganado una guerra. Adrián sonrió sin darse cuenta.

Luego pasaron frente al puesto de piruletas arcoíris.

Adrián se tensó.

Conejita Azul había confesado que eran su mayor debilidad.

—¿Quieres una? —preguntó.

Clara miró las piruletas.

Sus ojos brillaron.

Luego recordó que había escrito eso a su crush online.

—No.

Adrián frunció el ceño.

—¿Segura?

—Sí. Soy una adulta seria.

—Eso es debatible.

—No quiero.

Él se desinfló.

Quizá se equivocaba.

Quizá quería tanto que Clara fuera Conejita Azul que veía señales donde no existían.

Ella fue al baño.

Tardó demasiado.

Adrián se inquietó.

La llamó.

Por error, marcó el número de Conejita Azul desde la app.

El teléfono de Clara sonó cerca del puesto de piruletas.

Adrián giró.

La vio salir de una tienda con una piruleta arcoíris gigante en la mano, mirada culpable y labios manchados de azúcar.

—No tengo autocontrol —confesó ella antes de darse cuenta de que él estaba mirando.

Adrián sintió que el mundo se detuvo.

—Eres tú.

—¿Qué?

—Nada.

Pero su rostro lo decía todo.

Clara se puso nerviosa, tropezó y derramó bebida sobre su camisa.

—¡Lo siento! Te pagaré la limpieza.

—Clara.

—¿Qué?

—No me llames jefe.

Ella parpadeó.

—Siempre te llamo así.

Él pensó:

“Soy el jefe insoportable. Soy el plomero. Soy el marido. Soy el idiota.”

No pudo decirlo.

No allí.

No con ella mirándolo como si acabara de empezar a confiar.

Esa noche buscó en el chat la palabra “jefe”.

Aparecieron mensajes:

“Mi jefe es una pesadilla.”
“Mi jefe es un control freak.”
“Mi jefe es arrogante.”
“Mi jefe es el peor.”

Adrián dejó el teléfono sobre la mesa y se cubrió la cara.

—La única mujer que amo me odia.

Teddy, desde la puerta, dijo:

—Técnicamente, odia una versión de usted.

—Gracias. Eso arregla todo.

A partir de ese día, Adrián intentó mejorar su imagen.

Horneó.

Fue un desastre.

Clara, por piedad o cariño, dijo que las galletas estaban buenas.

Él probó una y casi muere.

Le compró una villa y la puso a su nombre.

Ella se enfadó.

Le regaló un suéter tejido por su madre, ayudado por Sara.

Esta vez ella sonrió.

—Te ves ridículo.

—Pero adorable?

—No presiones.

Poco a poco, el contrato empezó a parecer menos contrato.

Compartían cama porque Renata intentaba instalar cámaras. Clara trazó una línea con cinta en medio del colchón.

—No la cruces.

—Sí, señora.

A las tres de la mañana, ambos dormían abrazados en el centro.

Ninguno lo admitió al despertar.

La mentira del plomero seguía viva.

Y cuanto más real se volvía Clara para Adrián, más miedo tenía de confesar.

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