PARTE 9
La quemadura, la bancarrota y el primer “te necesito”
Isabella Owen no aceptó perder.
Renata tampoco.
Juntas prepararon una trampa.
Invitaron a Clara a un evento de salón “para hacer las paces”. Clara dudó, pero Renata dijo:
—A Adrián le gustaría verte socializar como señora Montes.
Esa frase funcionó.
Clara fue.
Error.
El salón estaba cerrado al público. Isabella la esperaba con varias amigas.
—Nadie viene a salvarte hoy —dijo.
La sujetaron.
Le quitaron el bolso.
Le arrebataron el anillo.
Isabella tomó una tenaza caliente.
—Dime, Clara. ¿Crees que Adrián seguirá mirándote si arruino esta cara bonita?
Clara forcejeó.
—Suéltame.
—Todo lo que tienes debió ser mío. La mansión. El apellido. Él.
La tenaza se acercó a su rostro.
Clara sintió calor.
Miedo.
Rabia.
Entonces la puerta estalló contra la pared.
Adrián entró como tormenta.
—Aléjate de mi esposa.
Isabella se quedó blanca.
Renata retrocedió.
—Adrián, no es lo que parece.
Él vio la muñeca enrojecida de Clara. Una quemadura leve, pero suficiente.
Su rostro se volvió de piedra.
—Teddy.
El asistente, detrás, levantó el teléfono.
—Contrato Owen cancelado.
Isabella gritó:
—¿Qué?
—No solo cancelado —dijo Adrián—. Revisen todas las líneas de crédito vinculadas. Si hay deuda oculta, ejecútenla hoy.
El teléfono de Isabella sonó segundos después.
Su padre gritaba al otro lado.
Su familia estaba al borde de la bancarrota.
Renata intentó escapar.
Adrián la miró.
—Tú y yo hablaremos después.
Clara temblaba.
—Estoy bien.
—No.
—Solo es una quemadura.
—No.
La envolvió con su saco.
—Te llevas mi ropa muy seguido —murmuró ella, intentando bromear.
Él no sonrió.
—Debí llegar antes.
—Llegaste.
—Casi no.
Clara lo miró.
Ese miedo suyo ya no parecía actuación para Renata.
Era real.
Demasiado real.
De vuelta en la mansión, Clara intentó ir a trabajar al hospital.
—Necesito ocuparme.
—Necesitas descansar.
—Adrián, no entiendes. Si no trabajo, Donald…
—Donald ya no trabaja en ningún hospital. Y tú eres la nueva jefa de enfermería.
Ella se quedó inmóvil.
—¿Qué hiciste?
—Compré el hospital y despedí al acosador.
—Otra vez comprando soluciones.
—Esta era buena.
—Era excesiva.
—También.
Ella se sentó, agotada.
—No sé qué hacer contigo.
Adrián se arrodilló frente a ella.
Clara se quedó sin palabras.
Adrián Montes no se arrodillaba.
—Entonces no hagas nada todavía —dijo él—. Solo déjame estar.
Clara tragó saliva.
—¿Por qué?
Él pudo decir la verdad.
“Porque soy tu plomero.”
“Porque me enamoré de ti antes de conocerte.”
“Porque te amo.”
Pero eligió otra frase.
Más pequeña.
Más cobarde.
—Porque soy tu esposo.
Clara apartó la mirada.
—Por contrato.
Adrián sintió el golpe.
—Sí.
Por primera vez, odió ese contrato.
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