PARTE 5
La gala y la lluvia
La gala de aniversario del Grupo Santamaría fue el evento más importante del año.
Toda la familia estaba presente.
Empresarios.
Prensa.
Inversores.
Políticos.
Mujeres que sonreían con los dientes y juzgaban con los ojos.
Valeria llegó del brazo de Leonardo.
Vestido negro.
Cabello recogido.
Anillo en la mano.
Leonardo la miró antes de entrar.
—Está nerviosa.
—Estoy rodeada de personas que esperaban que usted se casara con otra. Es un ambiente muy relajante.
—No deje que la intimiden.
—No suelo hacerlo.
—Lo sé.
La forma en que lo dijo le calentó el pecho.
Isabela apareció a mitad de la noche.
Vestido rojo.
Sonrisa perfecta.
—Leonardo —dijo—. Tu abuelo quiere verte.
Leonardo miró a Valeria.
—Vuelvo enseguida.
Valeria asintió.
Isabela esperó a que él se alejara.
—Debes estar disfrutando esto.
—¿El champán barato disfrazado de caro?
—El papel de esposa.
Valeria la miró.
—No tanto como usted disfrutaría tenerlo.
Isabela sonrió.
—Yo no necesitaría un contrato.
Valeria sintió que el suelo se movía.
—¿Qué dijo?
—Por favor. ¿Creíste que nadie sabía? Leonardo necesitaba casarse. Tú necesitabas dinero. Es casi tierno.
Valeria no respondió.
Isabela siguió:
—La diferencia es que yo pertenezco a este mundo. Tú solo eres una pausa incómoda.
Valeria sostuvo la copa con fuerza.
—¿Leonardo te lo dijo?
—Leonardo no tiene que decirlo todo. Su familia habla demasiado cuando bebe.
Valeria miró alrededor.
Mercedes, la tía, la observaba desde una esquina.
Todo encajó.
Ellos sabían.
Quizá no todos.
Pero suficientes.
Isabela dio un paso más.
—No te confundas, Valeria. Él no te ama. Te eligió porque eras útil.
La palabra golpeó justo donde más dolía.
Útil.
Valeria dejó la copa en una mesa.
No dijo nada.
No hizo una escena.
Caminó hasta la mesa principal.
Se quitó el anillo.
Lo dejó sobre el mantel blanco.
Cuando Leonardo volvió y vio el anillo, su rostro cambió por primera vez frente a todos.
—¿Dónde está Valeria?
Isabela sonrió.
—Tal vez recordó su lugar.
Leonardo la miró.
La frialdad de sus ojos hizo que Isabela retrocediera.
—¿Qué le dijiste?
—La verdad.
Leonardo no esperó más.
Salió.
La encontró en el jardín exterior, bajo la lluvia.
Valeria caminaba hacia la salida sin paraguas, con el vestido empapado y la dignidad hecha pedazos pero la espalda recta.
—Valeria.
Ella no se giró.
—El contrato terminó.
Leonardo la alcanzó.
—No.
Ella soltó una risa rota.
—¿No? ¿También decide eso?
—No se vaya.
Ahora sí se giró.
Tenía lágrimas mezcladas con lluvia.
—Usted me compró un año, Leonardo. No toda la vida.
Él se quedó inmóvil.
La frase lo golpeó.
—Yo no la compré.
—Entonces, ¿qué hizo?
Leonardo no respondió rápido.
Ese fue su error.
Valeria asintió con dolor.
—Exacto.
Intentó irse.
Leonardo se quitó la chaqueta y la puso sobre sus hombros.
—Al principio, sí —dijo.
Ella se detuvo.
—Al principio necesitaba una esposa. Una firma. Una salida. Pero después…
Su voz falló.
El CEO que nunca dudaba no encontraba palabras.
—Después empecé a esperar su voz en la casa. A mirar si había comido. A odiar cada vez que me llamaba “señor Santamaría” porque sabía que estaba levantando una pared. Empecé a visitar a su madre sin tener excusas. Empecé a querer volver temprano porque usted estaba allí.
Valeria lloraba en silencio.
—No diga eso por culpa.
—No es culpa.
Leonardo tomó aire.
—Es miedo.
Ella lo miró.
—¿Miedo?
—Sí. Porque usted me enseñó algo que no sé controlar.
Los periodistas habían salido.
La familia también.
Isabela estaba bajo el techo de la entrada, observando con el rostro tenso.
Leonardo lo vio.
Y decidió.
Tomó la mano de Valeria.
Frente a todos.
—El contrato terminó —dijo en voz alta.
Valeria intentó soltarse.
—Leonardo…
Él siguió:
—Y si usted decide irse, no voy a detenerla con dinero, cláusulas ni herencias. Pero si se queda, quiero que sea porque yo la elijo y porque usted también me elige.
Pausa.
—No como esposa falsa. Como la mujer que amo.
La lluvia siguió cayendo.
Valeria lo miró como si quisiera creerle y odiara necesitar creerle.
—Usted me pidió que no me enamorara.
Leonardo bajó la frente hacia la suya.
—Lo sé.
—Rompió su propia regla.
—Fui el primero.
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