PARTE 2
El hermano que sonreía demasiado
Diego Aranda era todo lo que Nicolás no era.
Sonreía.
Bailaba.
Improvisaba.
Hacía bromas en cenas tensas.
Abrazaba a las tías.
Encantaba a periodistas.
Llegaba tarde y aun así todos lo perdonaban.
La familia lo llamaba “el sol de la casa”.
Mía siempre pensó que Diego brillaba demasiado para ser confiable.
Pero Tomás lo adoraba.
—Diego es divertido —decía su hermano—. Nicolás parece que cobra por respirar.
—Nicolás tiene responsabilidades.
—Nicolás tiene cara de funeral.
Mía intentaba no reír.
Diego empezó a acercarse a ella durante una temporada en que Nicolás viajaba constantemente.
Al principio con detalles simples.
Un café.
Un cumplido.
Una invitación a caminar por el jardín.
Una broma cuando la veía estresada.
—Mi hermano te mira como si fueras una tormenta que no se atreve a tocar —le dijo una tarde.
Mía se tensó.
—No sé de qué hablas.
Diego sonrió.
—Claro que sabes.
—Nicolás no mira a nadie así.
—A ti sí.
Mía cerró la carpeta que llevaba.
—No me gustan esos juegos.
—No estoy jugando.
Pero sí jugaba.
Diego jugaba siempre.
Con el encanto.
Con la culpa.
Con la información.
Con el deseo ajeno.
Lo que Mía no sabía era que Diego tenía problemas.
Deudas.
No de dinero común.
Deudas con personas que no aceptaban apellidos como pago infinito.
También tenía un resentimiento antiguo hacia Nicolás.
Toda la vida le dijeron que Nicolás era el heredero serio, el útil, el necesario. Diego era el simpático. El error perdonable. El hijo que nadie tomaba del todo en serio.
Y Diego odiaba eso.
Mía se convirtió para él en dos cosas:
una forma de herir a Nicolás
y una llave para controlar a Tomás.
Tomás estudiaba en la universidad gracias a una beca de la fundación Aranda. Trabajaba algunas tardes en el área administrativa para ganar experiencia.
Una noche, Mía recibió una llamada.
—Señorita Serrano, necesitamos que venga a la oficina de seguridad.
Cuando llegó, Tomás estaba sentado frente a dos auditores, pálido, temblando.
—Mía, yo no hice nada.
El informe decía que alguien había transferido dinero de la fundación a una cuenta externa usando credenciales de Tomás.
Cincuenta mil euros.
Mía sintió que el suelo se abría.
—Mi hermano no robaría.
Uno de los auditores respondió:
—Las credenciales son suyas.
—¿Quién autorizó esta revisión?
La puerta se abrió.
Diego entró con rostro serio.
Demasiado serio.
—Yo.
Mía lo miró.
—¿Tú?
—Encontré movimientos raros. Lo siento.
Tomás se levantó.
—Diego, tú sabes que no fui yo.
Diego le puso una mano en el hombro.
—Quiero ayudarte.
Mía notó algo en ese gesto.
No era cariño.
Era control.
Esa noche, Diego la buscó en el jardín.
—Puedo hacer que esto desaparezca.
Mía se quedó inmóvil.
—¿Qué significa eso?
—Que todavía no presenté el informe completo.
—Si sabes que Tomás es inocente, tienes que decirlo.
Diego sonrió apenas.
—No dije que supiera eso.
—Diego.
Él se acercó.
—Cásate conmigo.
Mía sintió náusea.
—¿Qué?
—La familia lo aceptará. Mi madre lo aceptará. Tomás estará protegido. El informe quedará cerrado como error interno.
—Estás loco.
—Estoy siendo práctico.
—No te amo.
—El amor es una palabra que la gente usa cuando no tiene problemas reales.
Mía retrocedió.
—Voy a llamar a Nicolás.
Diego la miró con frialdad.
Ahí cayó la máscara.
—Nicolás está en Singapur cerrando una compra que vale más que todos nosotros. Y aunque contestara, ¿qué le dirías? ¿Que su hermano está chantajeándote? ¿Que tu hermano robó dinero? ¿Que estás tan desesperada que corriste a pedirle rescate?
Mía apretó los puños.
—Él me creería.
Diego sonrió con crueldad.
—¿Estás segura? Porque nunca te eligió delante de nadie.
La frase fue un golpe limpio.
Mía no respondió.
Diego bajó la voz.
—Tienes cuarenta y ocho horas. Si aceptas, Tomás sale limpio. Si no, presento cargos.
Mía volvió a su habitación y llamó a Nicolás.
Una vez.
Dos.
Cinco.
Diez.
Nada.
Le escribió:
“Necesito hablar contigo. Es urgente.”
No hubo respuesta.
Le escribió otra vez:
“Diego está haciendo algo terrible. Por favor, vuelve.”
El mensaje quedó sin leer.
No sabía que Diego había sobornado a un asistente para bloquear sus llamadas y filtrar los mensajes antes de que llegaran al teléfono principal de Nicolás.
Mía esperó toda la noche.
Nicolás no respondió.
Y al amanecer, con Tomás llorando en el sofá de su cuarto, Mía aceptó casarse con Diego Aranda.
No por amor.
Por sacrificio.
Y porque el único hombre que podía haberla salvado parecía haber elegido el silencio.
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