PARTE 5
Bajo las puertas de la iglesia
Salieron de la iglesia entre gritos, murmullos y teléfonos levantados.
La lluvia seguía cayendo.
Mía apenas podía respirar.
El vestido se mojaba en los escalones de piedra.
Nicolás la llevó hasta el pórtico, lejos de los invitados, pero no tan lejos como para esconderse otra vez.
Ella soltó su mano.
—No me mires así.
Él se detuvo.
—¿Así cómo?
—Como si hubieras venido a salvarme y eso arreglara todo.
Nicolás recibió la frase sin defenderse.
—No arregla todo.
—Me dejaste sola.
—Sí.
—No sabías, pero me dejaste sola antes de los mensajes. Durante años.
Él cerró los ojos.
La lluvia golpeaba el borde del techo.
—Lo sé.
Mía rió con lágrimas.
—Siempre tan breve.
—Si digo más, quizá lo arruino.
—Ya lo arruinaste.
Nicolás bajó la cabeza.
—Sí.
Eso la desarmó un poco.
No quería que aceptara tan rápido.
Quería gritarle, culparlo, odiarlo por haber llegado tarde y amarlo por haber llegado igual.
—Yo te esperé —dijo ella.
La voz se quebró.
—Esperé que dijeras algo. Una palabra. Una sola. Pero siempre actuabas como si sentir por mí fuera un problema que debías administrar.
Nicolás levantó la vista.
—Porque era un cobarde.
Mía se quedó quieta.
—No digas eso si no lo entiendes.
—Lo entiendo.
—No. Tú entiendes empresas, riesgos, contratos, familias poderosas. Pero no entiendes lo que se siente vivir en una casa donde todos te recuerdan que eres invitada. No entiendes lo que fue amarte sabiendo que, si tú no me nombrabas, nadie me iba a creer digna de estar a tu lado.
Nicolás dio un paso.
—Tienes razón.
—Deja de decir eso.
—No sé qué más decir.
—Di por qué.
Él respiró con dificultad.
Por primera vez, Nicolás Aranda parecía un hombre sin armadura.
—Porque si te elegía, mi familia iba a usarte para destruirme. Porque mi madre te habría tratado como un error. Porque Diego habría hecho exactamente lo que hizo. Porque yo pensé que mantenerte lejos era protegerte.
Mía lo miró.
—¿Y me protegiste?
Nicolás negó.
—No. Solo me protegí de tener que pelear.
La verdad cayó entre ambos.
Dura.
Limpia.
Mía lloró en silencio.
Nicolás no intentó tocarla.
—Voy a limpiar el nombre de Tomás —dijo—. Con o sin tu perdón. Diego no va a acercarse a ustedes. Mi madre tampoco va a decidir nada sobre tu vida.
—No quiero otra jaula, Nicolás.
—No voy a ofrecerte una.
—Tu mundo siempre se convierte en una.
—Entonces no te pediré que entres en mi mundo.
Ella lo miró.
—¿Entonces qué quieres?
Nicolás tragó saliva.
—Construir uno donde no tengas que sentirte invitada.
Mía cerró los ojos.
Aquello dolió.
Porque era exactamente lo que siempre quiso escuchar.
Y llegaba tarde.
Demasiado tarde quizá.
Las puertas de la iglesia se abrieron detrás de ellos.
Diego apareció con la chaqueta torcida, furioso.
—Mía, vuelve adentro. No sabes lo que haces.
Ella se giró.
—Por primera vez hoy, sí lo sé.
Elvira apareció detrás de Diego.
—Si sales con Nicolás, Tomás no tendrá futuro en esta familia.
Nicolás dio un paso, pero Mía lo detuvo con la mano.
Esta vez habló ella.
—Mi hermano no necesita futuro en una familia que usa acusaciones falsas para fabricar obediencia.
Elvira entrecerró los ojos.
—Te arrepentirás.
Mía se quitó el anillo de compromiso que Diego le había puesto semanas antes.
Lo dejó sobre el escalón mojado.
—No tanto como ustedes cuando descubran que ya no tengo miedo.
Tomás salió corriendo de la iglesia y abrazó a su hermana.
Mía se quebró entonces.
Lloró contra el hombro de su hermano con el vestido empapado, el maquillaje deshecho y la sensación de haber sobrevivido a algo que aún no terminaba.
Nicolás los miró.
No intervino.
No se puso en el centro.
Aprendió, en ese instante, que amar a Mía no era rescatarla para que corriera a sus brazos.
Era asegurarse de que pudiera respirar aunque decidiera caminar sola.
Cuando Tomás se apartó, Mía miró a Nicolás.
—No voy contigo esta noche.
El golpe fue visible.
Pero Nicolás asintió.
—Lo entiendo.
—Necesito pensar.
—Sí.
—Necesito saber quién soy cuando no estoy salvando a nadie.
—Sí.
Ella tomó la mano de Tomás.
Empezó a bajar los escalones.
Nicolás no la detuvo.
Pero Mía se giró una última vez.
—Nicolás.
Él levantó la vista.
—Gracias por venir.
La frase no era perdón.
Pero tampoco era adiós.
Y para un hombre que acababa de llegar tarde al amor de su vida, fue más de lo que merecía.
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