PARTE 6
Elegir sin miedo
Los días posteriores fueron un incendio.
La boda cancelada se convirtió en escándalo.
Diego intentó vender la historia de un “momento emocional” provocado por Nicolás.
No funcionó.
Los auditores encontraron pruebas suficientes para demostrar que Tomás no había robado nada.
Diego había usado credenciales duplicadas, cuentas intermedias y la ayuda de un empleado de seguridad para fabricar el caso.
Elvira intentó protegerlo.
Nicolás no lo permitió.
—Si lo cubres, caes con él —le dijo a su madre.
Elvira lo miró como si no lo reconociera.
—Estás destruyendo a tu hermano por esa chica.
Nicolás respondió:
—No. Estoy dejando de destruirla a ella para protegerlo a él.
Diego fue enviado fuera del grupo familiar mientras avanzaba la investigación.
Tomás recuperó su beca, aunque Mía decidió buscarle una opción lejos de los Aranda.
—No quiero que le debamos nada más a esa casa —dijo ella.
Nicolás aceptó.
Eso sorprendió a Mía.
Esperaba resistencia, soluciones compradas, órdenes disfrazadas de ayuda.
Pero Nicolás aprendía.
Despacio.
Torpe.
Pero aprendía.
Durante un mes, no intentó verla sin avisar.
Le escribía mensajes breves:
“El informe de Tomás quedó limpio.”
“Diego no puede acercarse a ustedes.”
“Tu antiguo puesto sigue disponible si lo quieres, pero no depende de mí.”
“Hoy pasé por la biblioteca. El libro que buscabas a los doce sigue demasiado alto.”
Mía no respondió a todos.
Pero guardó ese último.
Una tarde, fue a la biblioteca de la mansión.
No porque volviera a la familia.
Porque necesitaba despedirse del lugar donde empezó todo.
Nicolás estaba allí.
De pie frente al estante alto.
Con el libro en la mano.
—Lo bajé —dijo.
Mía casi sonrió.
—Doce años tarde.
—Estoy viendo un patrón.
Ella se acercó.
La biblioteca olía igual que antes.
Madera.
Papel.
Memoria.
—¿Qué va a pasar con Diego? —preguntó.
—Lo que tenga que pasar legalmente.
—¿Aunque sea tu hermano?
—Especialmente porque es mi hermano.
Mía lo miró.
—Eso debió doler.
—Sí.
—Bien.
Nicolás aceptó el golpe.
—Mía.
—Dime.
—No voy a pedirte que vuelvas a mí.
Ella bajó la mirada.
—Gracias.
—Pero sí necesito decirte algo sin iglesia, sin chantaje, sin mi familia escuchando.
Mía no se movió.
Nicolás tomó aire.
—Te amo. Te amé cuando eras una niña terca subida a una silla. Te amé cuando fingías no necesitar ayuda. Te amé cuando te veía cuidar a Tomás y entendía que la fuerza no siempre hace ruido. Te amé cuando no supe decirlo. Te amé tan mal que casi te perdí por completo.
La voz se le quebró.
—No quiero que seas mi secreto, ni mi protegida, ni mi deuda. Quiero ser el hombre que aprenda a merecerte aunque tardes en elegirme. Aunque no lo hagas.
Mía cerró los ojos.
Durante años imaginó esa confesión.
Pensó que sería perfecta.
Pero era mejor así.
Imperfecta.
Tarde.
Real.
—Yo también te amé —dijo ella.
Nicolás dejó de respirar.
Mía abrió los ojos.
—Pero amarte me dolió mucho.
—Lo sé.
—Y no quiero volver a ser la mujer que espera en silencio.
—No te lo pediré.
—No quiero entrar en una relación donde tú decides cuándo soy visible.
—Nunca más.
—No quiero que me salves cada vez que tu familia me rompe.
—Entonces no dejaré que mi familia vuelva a ponerse entre nosotros.
Mía lo miró con una tristeza suave.
—Eso suena bonito.
—No basta.
—No.
—Entonces dame tiempo para probarlo.
Ella guardó silencio.
Luego miró el libro en su mano.
—Podemos empezar por algo pequeño.
—¿Qué?
—Pon ese libro en un estante donde pueda alcanzarlo.
Nicolás la miró.
Y por primera vez en semanas, sonrió.
—Sí, señora.
—No soy señora.
—Todavía no.
Mía lo fulminó con la mirada.
Él levantó ambas manos.
—Demasiado pronto.
Ella rió.
No mucho.
Pero rió.
Y en esa risa, Nicolás sintió que quizá aún existía un lugar donde ambos podían empezar sin repetir la historia vieja.
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