PARTE 3
La mujer que vino a llevárselo
Thiago no entendía el abrazo de Camila.
No entendía su perfume.
No entendía los coches negros.
No entendía la forma en que la mujer llamada Leonor lo miraba como si él fuera una propiedad recuperada.
Pero entendía una cosa:
Valentina se estaba alejando.
—No —dijo él, apartándose de Camila.
Camila perdió un segundo la sonrisa.
Leonor tomó el control.
—Thiago, sufriste un accidente. Estás confundido. Necesitas atención especializada.
—Me llamo Tomás.
La frase fue absurda.
Dolorosa.
Leonor lo miró como se mira a un niño.
—No, hijo. Te llamas Thiago Rivas. Eres presidente del Grupo Rivas. Llevamos semanas buscándote.
Valentina se apoyó en el mostrador.
Semanas.
Ellos llevaban semanas buscándolo.
Ella llevaba cuarenta días amándolo.
Camila miró la panadería.
El horno viejo.
Las mesas pequeñas.
La harina en el suelo.
Luego miró a Valentina.
—Debió avisar antes.
Valentina levantó la vista.
—Lo llevamos al hospital. Nadie tenía registro.
Leonor sonrió con frialdad.
—Curioso.
Tomás dio un paso hacia Valentina.
—No voy a irme sin ella.
Leonor endureció el rostro.
—No sabes lo que dices.
—Sí sé.
Se tocó el pecho.
—Aquí sí sé.
Camila soltó una risa suave.
—Thiago, estás vulnerable. Esta chica te cuidó, claro. Es normal que sientas apego.
Apego.
Valentina sintió la humillación como una mano en la garganta.
Tomás giró hacia Camila.
—No la llames así.
Leonor hizo una señal a un médico que venía con ellos.
—Necesitamos trasladarlo.
Valentina intervino:
—Él puede decidir.
Leonor la miró por primera vez sin máscara.
—Él no está en condiciones de decidir nada. Y usted no tiene derecho a opinar sobre la salud de mi hijo.
Carmen salió de la cocina.
—En esta panadería nadie habla así a mi sobrina.
Leonor ni siquiera la miró.
—Señora, agradecemos su hospitalidad. Serán compensadas.
Valentina sintió que la sangre le ardía.
—No queremos dinero.
Camila sonrió.
—Todo el mundo quiere dinero. Algunas personas solo fingen mejor.
Tomás avanzó hacia ella.
—Basta.
El dolor le atravesó la cabeza.
Se dobló.
Valentina corrió hacia él.
—Tomás.
Leonor también.
—Thiago.
Los dos nombres chocaron en el aire.
Él miró a Valentina.
—No me dejes.
Ella tomó su rostro.
—No te estoy dejando.
Los médicos insistieron.
El traslado era necesario.
El golpe podía empeorar.
Valentina no podía impedirlo.
No sin convertirse en la historia que Leonor ya parecía preparada para contar:
la panadera pobre que quiso retener al millonario sin memoria.
Antes de subir al coche, Thiago tomó su mano.
—Voy a volver.
Valentina lloró.
—No prometas desde un vacío.
Él apretó sus dedos.
—No está vacío.
Camila observaba.
Leonor también.
Cuando los coches se fueron, la calle quedó llena de silencio.
Carmen abrazó a Valentina.
—Niña…
Valentina no lloró al principio.
Solo miró el camino por donde se llevaron al hombre que no recordaba su nombre, pero sí había aprendido el suyo.
Lloró después.
Sobre la mesa donde todavía estaba la masa del pan.
Esa misma noche escribió la primera carta.
Thiago, o Tomás, no sé cómo llamarte ahora. Soy Valentina. La panadería huele a limón y miel. Carmen dice que quemaste la cafetera para siempre. Yo digo que quizá solo la asustaste. No sé qué recuerdas. No sé qué te están diciendo. Solo quiero que sepas que estuviste aquí. Que reíste. Que caminamos junto al mar. Que me prometiste volver, aunque yo te dije que no prometieras.
Envió la carta a la sede del Grupo Rivas.
Nunca recibió respuesta.
Escribió otra.
Y otra.
Llamó.
Dejó mensajes.
Nada.
Dos semanas después, un hombre de traje llegó a la panadería.
Traía un sobre.
Dentro había un cheque enorme y una nota de Leonor:
“Mi hijo no recuerda su estancia en San Aurelio. Le agradecemos no insistir en una historia que podría dañar su recuperación y su reputación.”
Valentina rompió el cheque.
Carmen quiso llamar a alguien.
¿A quién?
El mundo de Thiago no tenía puertas para ellas.
Meses después, Valentina vio una foto en internet.
Thiago Rivas reaparecía públicamente.
Traje negro.
Rostro serio.
Camila Arce a su lado.
El titular decía:
“El CEO retoma sus funciones tras accidente privado.”
No había panadería.
No había Valentina.
No había cuarenta días.
Solo accidente privado.
Ella apagó el teléfono.
Se encerró en la cocina.
Y preparó tarta de limón y miel hasta que los dedos le dolieron.
Porque lo ácido despierta.
Y la miel perdona.
Pero esa noche, Valentina descubrió que algunas cosas no querían despertar.
Y otras no merecían perdón todavía.
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