PARTE 3
Lucas en el backstage
Nora estaba guardando sus cosas cuando sintió la mano en su brazo.
No necesitó girarse para saber quién era.
Su cuerpo lo reconoció antes que su mente.
—No hagas una escena, Lucas.
Lucas Merino olía a alcohol, colonia barata y resentimiento viejo.
Había sido su novio durante tres años.
También su representante.
También el hombre que le decía qué tocar, cómo vestirse, cuándo sonreír y cuánto debía agradecer que alguien como él creyera en ella.
Al principio, Nora confundió control con cuidado.
Luego aprendió.
Lo dejó seis meses antes.
Lucas nunca aceptó la ruptura.
—Te ves muy cómoda —dijo él—. Tocando para millonarios. Dejando que ese CEO te mire como si fueras algo especial.
Nora intentó soltarse.
—Me estás haciendo daño.
—Yo te di escenarios.
—Me quitaste la mitad de lo que ganaba.
—Te protegía.
—Me encerrabas.
Lucas apretó más.
—Vámonos.
—No.
—No te pregunté.
Nora sintió el miedo viejo subirle por la garganta.
El mismo miedo que le hacía medir palabras para evitar gritos.
El mismo que juró no volver a obedecer.
—Suéltame.
Lucas la empujó contra una mesa de utilería.
No con fuerza brutal.
Pero sí con suficiente violencia para que las partituras cayeran al suelo.
—Te dije que no tocaras esa canción.
Nora se quedó helada.
—¿Qué?
Lucas bajó la voz.
—Bárbara me contó que al CEO le interesó demasiado.
Nora entendió entonces.
Bárbara.
Claro.
La mujer de plata no necesitó ensuciarse las manos.
Solo llamar al hombre correcto.
Lucas continuó:
—No sabes moverte en este mundo. Te van a usar y luego tirarte.
—Eso ya lo hiciste tú.
La bofetada no llegó.
Porque una mano detuvo la muñeca de Lucas antes de que bajara.
Gabriel estaba allí.
No gritó.
No necesitó.
Su rostro era la clase de calma que antecede a algo peligroso.
—Te sugiero soltarla —dijo.
Lucas intentó reír.
—Esto es un asunto personal.
Gabriel miró la mano de Lucas en el brazo de Nora.
—No. Esto es un error que puedes corregir en tres segundos.
Lucas soltó a Nora, pero dio un paso hacia Gabriel.
—¿Y si no?
Gabriel se acercó lo justo.
—Entonces recordaré que hay cámaras después de que te arrepientas.
Lucas empujó su pecho.
Un movimiento torpe.
De macho herido.
Gabriel no retrocedió.
Tomó el brazo de Lucas, lo giró y lo inmovilizó contra la pared con una precisión seca.
No fue una pelea larga.
No fue elegante.
Fue rápida.
Suficiente para que Lucas entendiera que el dinero no era lo único peligroso en Gabriel Montenegro.
—Seguridad —dijo Gabriel sin apartar la vista.
Dos guardias entraron.
Lucas, humillado, miró a Nora.
—Vas a arrepentirte.
Gabriel apretó un poco más.
—La amenaza también quedó grabada.
Los guardias se llevaron a Lucas.
Nora respiraba rápido.
Gabriel se giró hacia ella.
La dureza de su rostro desapareció apenas.
—¿Está herida?
Nora se agachó para recoger sus partituras.
—Estoy acostumbrada.
Gabriel se quedó quieto.
La frase le dolió de una forma inesperada.
—Eso no responde.
Ella apretó las hojas contra su pecho.
—No quiero que me convierta en otra cosa que usted tiene que resolver.
—No iba a hacerlo.
—Los hombres como usted siempre creen que ayudar es tomar control.
Gabriel guardó silencio.
Nora bajó la mirada.
Una de las partituras quedó entre ambos.
La melodía.
La canción sin nombre.
Gabriel la tomó con cuidado.
—Hospital Santa Clara —dijo.
Nora levantó la cabeza.
El color se fue de su rostro.
—¿Qué?
—Hace diez años. Sala común. Piano desafinado. Una chica con pulsera azul.
Nora dio un paso atrás.
—No…
Gabriel la miró.
Por primera vez, el CEO frío parecía vulnerable.
—Me dijiste que cuando volviera a querer despertar, me dirías tu nombre.
La carpeta cayó de las manos de Nora.
Las hojas se esparcieron otra vez.
Pero ninguno de los dos se movió.
—Eras tú —susurró ella.
Gabriel asintió lentamente.
—Sí.
Nora se llevó una mano a la boca.
—Yo pensé que no te acordarías.
Él rió sin alegría.
—Fue lo único que recordé durante mucho tiempo.
El backstage quedó en silencio.
Fuera, la gala seguía.
Copas.
Música.
Gente rica fingiendo que todo era estable.
Dentro, dos personas se miraban como si el tiempo acabara de doblarse.
Gabriel tomó la pulsera azul con los ojos.
—Te busqué.
Nora sintió que el corazón le golpeaba.
—Yo no sabía tu nombre.
—Yo tampoco el tuyo.
—Nora.
La palabra salió pequeña.
Como una deuda cumplida.
Gabriel la repitió.
—Nora.
Y por alguna razón, escuchar su nombre en la voz de él hizo que todos los años entre ambos parecieran menos perdidos.
Hasta que Bárbara apareció en la puerta.
Vio las partituras en el suelo.
Vio a Gabriel mirando a Nora.
Vio algo que no podía comprar.
Y sonrió con una crueldad hermosa.
—Qué escena tan conmovedora.
Nora entendió al instante:
la noche aún no había terminado.
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