EL CEO QUE RECONOCIÓ LA CANCIÓN DE LA PIANISTA QUE TODOS HUMILLABAN: Nora solo fue contratada para tocar en una gala… pero cuando Gabriel escuchó aquella melodía, entendió que había encontrado a la chica que le salvó el alma diez años atrás – PARTE 5

PARTE 5

La canción que casi rompieron

Los días siguientes fueron extraños.

La prensa no publicó nada del backstage.

Gabriel se encargó de eso.

Pero no para esconder a Nora.

Para protegerla de Lucas y de Bárbara mientras ella decidía qué quería hacer.

Le ofreció trabajo en la fundación cultural del grupo.

Nora se negó.

—No quiero que todo venga de ti.

Gabriel asintió.

—Entonces dime qué no viene de mí.

—Una audición justa.

Él llamó a una directora musical independiente y se apartó del proceso.

Nora audicionó.

Ganó.

No porque Gabriel lo pidiera.

Eso importó.

Empezó a tocar en una serie de conciertos pequeños organizados por la fundación cultural, con contrato propio y pago correcto.

Gabriel asistía.

A veces atrás de todo.

A veces en la puerta.

A veces no entraba, solo esperaba afuera para asegurarse de que Lucas no apareciera.

Nora lo notaba.

No siempre decía algo.

Un día, al terminar un ensayo, lo encontró sentado en la última fila.

—Pareces guardaespaldas triste.

—Me han llamado cosas peores.

—¿No tienes empresas que dirigir?

—Sí.

—¿Y?

—Las empresas no tocan piano.

Nora quiso no sonreír.

Falló.

El amor no llegó como una explosión.

Llegó como costumbre.

Gabriel aprendió cómo le gustaba el café.
Nora aprendió que él odiaba los hospitales pero iba igual si ella tocaba en uno.
Gabriel le contó de su madre.
Nora le contó de Lucas.
Él no intentó arreglar su pasado.
Ella no intentó suavizar el suyo.

Pero Bárbara no había terminado.

El concierto principal de la fundación llegó dos meses después.

Nora tocaría la canción de Santa Clara por primera vez ante público.

Gabriel le preguntó:

—¿Estás segura?

—Sí.

—Puede ser difícil.

—No todo lo difícil debe evitarse.

Él sonrió apenas.

—Eso suena a algo que me dirías en un hospital.

Nora lo miró.

—Quizá por eso sobreviviste.

La noche del concierto, el auditorio estaba lleno.

Bárbara apareció sin invitación, vestida de blanco, con una sonrisa de mujer que traía veneno envuelto en seda.

Lucas también estaba allí.

Nora lo vio desde el escenario.

El miedo le tocó la nuca.

Gabriel, desde la primera fila, lo notó.

Se levantó.

Nora negó apenas con la cabeza.

No quería que él hiciera una escena.

Quería tocar.

Se sentó al piano.

La sala quedó en silencio.

Empezó la canción.

Las primeras notas temblaron.

Luego se afirmaron.

Gabriel cerró los ojos.

Volvió a Santa Clara.

A la cama fría.

A la voz de una chica que no le prometió felicidad.

Solo otra noche.

Y otra.

Y otra.

Entonces Lucas se levantó.

—¡Esa canción es mía!

La sala murmuró.

Nora se detuvo.

Lucas avanzó hacia el escenario.

—Yo la produje. Yo la hice famosa. Ella me robó todo.

Bárbara fingió sorpresa desde su asiento.

Gabriel se puso de pie.

Pero Nora habló primero.

—No.

Su voz sonó pequeña.

Luego más fuerte.

—Esa canción la escribí a los dieciséis años en el Hospital Santa Clara. La toqué para un chico que no quería despertar. Lucas nunca la escuchó hasta años después.

Lucas rió.

—¿Y quién va a probar eso?

Gabriel subió al escenario.

No como CEO.

Como testigo.

—Yo.

La sala quedó inmóvil.

Nora lo miró con lágrimas.

Gabriel continuó:

—Yo era ese chico.

Bárbara perdió la sonrisa.

Lucas palideció.

Gabriel miró al público.

—Esa canción me mantuvo vivo cuando mi familia solo sabía pedirme fortaleza. Si alguien intenta quitársela, tendrá que explicar por qué cree que puede robar una memoria que empezó antes de conocerla.

Lucas intentó hablar.

Nora lo interrumpió.

—No más.

Bajó del piano.

Caminó hasta el borde del escenario.

—Durante años dejé que me dijeras qué tocar, qué vestir, cuánto valía. Esta canción no es tuya. Mi miedo tampoco.

El auditorio estalló en murmullos.

Lucas subió un escalón, furioso.

Gabriel se interpuso.

—Un paso más y esta vez no será seguridad. Será denuncia.

Lucas miró alrededor.

Todos lo grababan.

La cobardía reconoció las cámaras.

Se fue.

Bárbara intentó marcharse también, pero Gabriel habló antes:

—Bárbara.

Ella se detuvo.

—La próxima vez que uses a un hombre así para lastimarla, no habrá cenas familiares que puedan protegerte.

Bárbara levantó la barbilla.

—Estás arruinando tu vida por una pianista.

Gabriel miró a Nora.

Luego respondió:

—No. Estoy recuperando la parte de mi vida que empezó con ella.

Nora volvió al piano.

Las manos le temblaban.

Gabriel se acercó.

—No tienes que seguir.

Ella respiró hondo.

—Sí tengo.

—¿Por qué?

Nora miró al público.

Luego a él.

—Porque esta vez quiero terminar la canción despierta.

Y tocó.

No perfecto.

No sin dolor.

Pero real.

Gabriel la escuchó como se escucha algo sagrado.

No porque ella lo hubiera salvado antes.

Sino porque esa noche, delante de todos, Nora se estaba salvando a sí misma.

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