EL CEO QUE RECONOCIÓ LA VOZ DE LA MAQUILLADORA QUE TODOS HUMILLABAN Aitana fue contratada para maquillar a la prometida del CEO… pero él quedó inmóvil al escuchar la frase que lo salvó una noche en la que no quería seguir viviendo – PARTE 5

PARTE 5

El balcón del Hotel Savoy

Aitana salió al balcón para respirar.

La ciudad brillaba debajo del Hotel Savoy como si nada terrible pudiera pasar tan lejos del suelo.

Pero ella conocía los pisos altos.

Sabía que cuanto más arriba estaba la gente, más fácil le resultaba mirar a otros como puntos pequeños.

Abrazó su maleta de maquillaje contra el pecho.

Le temblaban las piernas.

Detrás de los cristales, la gala seguía convertida en caos elegante.

Gente murmurando.
Claudia furiosa.
Amalia controlando daños.
Dante rodeado de socios, sin apartar del todo la mirada hacia el balcón.

Aitana sabía que debía irse.

Cobrar después, si podía.

Bloquear llamadas.

Volver a casa.

Pero una parte de ella seguía oyendo la voz de Dante:

Reconocí su voz.

No su cara.

No su cuerpo.

No su belleza.

Su voz.

Eso le dolía de una forma dulce.

La puerta del balcón se abrió.

Dante apareció con la chaqueta en la mano.

No se acercó demasiado.

—Hace frío.

Aitana miró la chaqueta.

—No necesito rescate.

—Lo sé.

—Entonces no uses esa chaqueta como argumento.

Dante bajó la mirada a la prenda.

—Solo era una chaqueta.

Ella sonrió apenas.

—En los hombres ricos, nada es solo una chaqueta.

Él casi sonrió también.

—Puedo dejarla aquí.

—Eso es menos invasivo.

Dante dejó la chaqueta sobre una silla cercana.

Aitana la miró.

Luego a él.

—Aprendes rápido.

—Me interesa aprobar.

—No estoy evaluándote.

—Sí lo estás.

Ella no pudo evitar reír suavemente.

El sonido le tocó el pecho.

Dante se apoyó en la baranda, a distancia.

—Mi hermano se llamaba Bruno.

Aitana dejó de sonreír.

—El de la llamada.

—Sí.

—Lo siento.

—No pude decírtelo bien aquella noche.

—No tenías que hacerlo bien.

Dante miró la ciudad.

—Pasé años pensando que si encontraba a la mujer de esa voz, sabría qué decir. Tendría una frase perfecta. Una manera elegante de agradecer. Algo digno.

—¿Y?

—Y ahora que estás aquí, solo puedo pensar que debí encontrarte antes de que alguien te hiciera temblar en mi propio hotel.

Aitana guardó silencio.

—No fue tu culpa.

—No. Pero sí era mi mundo.

Ella lo miró.

Esa diferencia importaba.

Dante siguió:

—Claudia no será un problema para ti. Raúl tampoco.

Aitana levantó una ceja.

—Eso sonó muy CEO.

—Perdón.

—Sigue.

—No quiero resolver tu vida. Pero sí puedo hacerme responsable de lo que ocurre en los lugares donde mi apellido abre puertas.

Aitana respiró.

—Eso sonó mejor.

Dante la miró.

—¿Tu padre está enfermo?

Ella se tensó.

—¿Cómo sabes eso?

—Escuché a Raúl mencionarlo antes de entrar.

Aitana bajó la mirada.

—Está en tratamiento. Nada que quieras convertir en donación pública.

—No iba a ofrecer eso.

—Pero lo pensaste.

—Sí.

Ella agradeció la honestidad.

—No quiero deberte nada.

—Ya me diste cuarenta minutos cuando yo no tenía nada que darte.

—Eso no fue deuda.

—Exactamente.

El silencio se suavizó.

Aitana tocó la baranda.

—Tenía veintiún años cuando recibí esa llamada. Estaba en una habitación de servicio del hotel. Trabajaba maquillando a una novia que lloró toda la noche porque no quería casarse. El teléfono sonó por error. Te escuché respirar y no pude colgar.

Dante la miró.

—¿Por qué?

Aitana pensó.

—Porque yo también sé cómo suena alguien cuando ya no puede fingir.

—¿Raúl?

—Entre otras cosas.

Dante apretó los dedos contra la baranda.

—¿Te hizo daño?

—Sí.

—¿Físico?

—No todo daño necesita empezar por el cuerpo.

Dante cerró los ojos.

—Entiendo.

—No. Pero puedes aprender.

Él asintió.

—Quiero.

Aitana lo miró bajo las luces del balcón.

Dante Salcedo no parecía tan frío allí.

Parecía un hombre que había perdido demasiado y no sabía cómo tocar algo sin convertirlo en estrategia.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó ella.

—Eso quería preguntarte.

—¿A mí?

—Sí.

—Qué raro. Un CEO preguntando.

—Estoy practicando.

Ella sonrió.

—Ahora pasa que yo me voy a casa. Tú terminas tu gala sin compromiso falso. Y mañana, si todavía quieres hablar con la mujer real y no con la voz de una noche traumática, me llamas.

Dante sostuvo su mirada.

—¿Me darás tu número?

Aitana dudó.

Luego tomó un labial rojo de su maleta, sacó una tarjeta de presentación y escribió su número detrás.

Se la entregó.

Dante la tomó como si fuera algo frágil.

—Aitana.

—Dime.

—Mañana voy a llamar.

Ella bajó la mirada.

—Mañana decidiré si contesto.

Dante sonrió apenas.

—Justo.

Aitana tomó la chaqueta de la silla y se la puso sobre los hombros.

Dante no dijo nada.

Pero la emoción se le notó en los ojos.

Ella caminó hacia la puerta.

Antes de entrar, se giró.

—Y Dante.

—Sí.

—No tienes que ser fuerte ahora.

La frase lo atravesó otra vez.

Pero esta vez no lo rompió.

Lo sostuvo.

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