EL CEO QUE RECONOCIÓ LA VOZ DE LA MAQUILLADORA QUE TODOS HUMILLABAN Aitana fue contratada para maquillar a la prometida del CEO… pero él quedó inmóvil al escuchar la frase que lo salvó una noche en la que no quería seguir viviendo

Aitana Morales fue contratada para maquillar a la mujer que todos creían futura prometida del CEO Dante Salcedo.

Pero cuando Dante escuchó su voz en el camerino, reconoció la frase que lo había salvado tres años atrás.

Esa noche, el compromiso que su familia preparó empezó a romperse por una mujer que solo había ido a trabajar.

PARTE 1

La maquilladora que no debía brillar

Aitana Morales sabía cómo hacer que otras mujeres se vieran inolvidables.

Era su trabajo.

Preparaba pieles cansadas para bodas.
Corregía ojeras de novias que habían llorado toda la noche.
Dibujaba labios perfectos en mujeres que temblaban antes de entrar a un escenario.
Iluminaba rostros que después salían en fotos donde nadie preguntaba quién sostuvo la brocha.

Aitana estaba acostumbrada a ser invisible.

O intentaba estarlo.

El problema era que resultaba difícil esconder una belleza como la suya.

Tenía veinticuatro años, ojos oscuros y expresivos, piel cálida, rostro delicado y una forma de moverse que parecía suave incluso cuando estaba agotada. No era una belleza fría de revista. Era más peligrosa: parecía real, cercana, viva.

Por eso algunas mujeres la odiaban antes de conocerla.

Y algunos hombres la miraban demasiado.

Aitana había aprendido a bajar un poco la mirada, a hablar lo justo, a vestirse de negro cuando trabajaba para no llamar la atención.

Esa noche, en el Hotel Savoy, llevaba un vestido profesional ajustado, sencillo, elegante, con el cabello recogido y una maleta de maquillaje en la mano.

El evento era enorme.

Gala privada del Grupo Salcedo.

Aniversario empresarial.

Cena de lujo.

Prensa controlada.

Rumores de compromiso.

Y en el centro de todo, Dante Salcedo.

Aitana había visto su rostro en revistas.

CEO del año.
Treinta y dos años.
Millonario.
Frío.
Guapo de una forma casi ofensiva.
Un hombre con mirada de hielo y apellido de edificio alto.

No era asunto suyo.

Ella solo debía maquillar a Claudia Ferrer, heredera de una familia poderosa y, según los rumores, futura prometida de Dante.

La asistente de Claudia la llevó al camerino.

—No la hagas esperar. Está de mal humor.

—¿Por algo específico?

—Por existir.

Aitana no sonrió, aunque quiso.

El camerino era enorme.

Luces cálidas alrededor de los espejos.
Percheros con vestidos.
Flores blancas.
Champán.
Zapatos de diseñador.
Un caos caro.

Claudia estaba sentada frente al espejo.

Vestido plateado.
Cabello perfecto.
Rostro hermoso.
Ojos afilados.

Cuando vio a Aitana, su expresión cambió apenas.

Solo un segundo.

Suficiente para que Aitana entendiera:

Claudia no esperaba que la maquilladora fuera más bonita de lo conveniente.

—Llegas tarde —dijo Claudia.

Aitana miró la hora.

—Llegué diez minutos antes.

—Para mí, eso es tarde.

—Entiendo.

Claudia la examinó de arriba abajo.

—¿Siempre te arreglas tanto para trabajar?

Aitana abrió su maleta.

—Siempre intento verme presentable.

—No confundas presentable con provocadora.

La asistente de Claudia bajó la mirada.

Aitana no respondió.

Sacó brochas.

Base.

Corrector.

Sombras.

Respiró.

Necesitaba ese pago.

Su padre llevaba meses enfermo. No grave de forma inmediata, pero suficiente para convertir cada consulta en una deuda. La clínica esperaba dinero antes de programar nuevos estudios.

Así que Aitana tragó orgullo.

Como tantas veces.

—¿Qué estilo quiere para esta noche? —preguntó.

Claudia sonrió.

—Elegante. Femenino. Caro.

Aitana la miró en el espejo.

—Eso último no se maquilla.

El silencio fue delicado.

La asistente casi dejó caer una brocha.

Claudia giró lentamente.

—¿Perdón?

Aitana sostuvo su mirada.

—Quiero decir que el maquillaje puede verse elegante, pero no debe depender del precio. Depende de proporción, luz y piel.

Claudia sonrió con veneno.

—Qué filosófica.

—Me gusta hacer bien mi trabajo.

—Entonces hazlo y habla menos.

Aitana obedeció.

Durante veinte minutos, trabajó en silencio.

La piel de Claudia era perfecta, pero tensa. Sus ojos seguían a Aitana en el espejo con una mezcla de vigilancia y desprecio.

—¿Sabes para quién es esta gala? —preguntó Claudia.

—Grupo Salcedo.

—¿Y sabes quién es Dante Salcedo?

—Todos saben quién es.

Claudia sonrió.

—Pero no todas saben dónde pueden mirarlo.

Aitana levantó una ceja apenas.

—No vine a mirar a nadie.

—Mejor. Los hombres como Dante no miran a chicas que cargan maletas de maquillaje.

Aitana aplicó sombra con precisión.

—Qué alivio.

—¿Alivio?

—Sí. Sería incómodo trabajar mientras alguien me mira.

Claudia apretó los labios.

No estaba acostumbrada a que una empleada no suplicara aprobación.

La puerta se abrió entonces.

Y Dante Salcedo entró.

El camerino pareció quedarse sin aire.

No porque él hiciera algo.

Solo estaba allí.

Traje negro.
Cabello oscuro.
Mandíbula firme.
Ojos fríos y cansados.

Aitana lo vio por el espejo.

Fue un segundo.

Pero sintió algo extraño.

No admiración.

No deseo simple.

Un reconocimiento imposible, como cuando una canción empieza y no recuerdas dónde la escuchaste.

Dante miró a Claudia.

—Mi madre pregunta si estás lista.

Claudia cambió de voz al instante.

—Casi. Aitana está terminando.

Dante miró a Aitana en el espejo.

Sus ojos se quedaron allí un poco más de lo normal.

Aitana bajó la mirada.

Claudia lo notó.

—¿Pasa algo?

Dante tardó un segundo en responder.

—No.

Pero sí pasaba algo.

No sabía qué.

Aitana no había hablado desde que él entró.

Aun así, había algo en su presencia que le rozaba una memoria antigua.

Una noche.

Una habitación.

Una voz.

Dante frunció apenas el ceño.

—Nos vemos abajo —dijo.

Cuando salió, Claudia esperó unos segundos.

Luego miró a Aitana por el espejo.

—Escúchame bien. Si intentas hacerte notar esta noche, no vuelves a trabajar en ningún hotel de esta ciudad.

Aitana cerró el labial con calma.

—No necesito hacerme notar.

Claudia la miró con odio.

Porque ambas sabían que era verdad.

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