Mateo creía estar protegiendo a una camarera desconocida… hasta que vio en su muñeca la pulsera roja que llevaba cinco años buscando
Luna Castillo fue humillada en una gala por una heredera que creía que una camarera no podía llamar la atención de un CEO.
Esa misma noche, Mateo Ibarra la defendió en un estacionamiento sin saber que ella ya le había salvado la vida años atrás.
Cuando vio la pulsera roja en su muñeca, el hombre más frío de la ciudad entendió que había encontrado a la mujer que llevaba cinco años buscando.
PARTE 1
La camarera que no bajó la mirada
Luna Castillo aprendió demasiado joven que la dignidad también se cobra.
Si querías pagar alquiler, callabas.
Si necesitabas conservar empleo, sonreías.
Si un cliente rico te hablaba como si fueras parte de la pared, asentías.
Si una mujer con diamantes te empujaba sin querer pedir perdón, decías:
—Disculpe.
Aunque no fuera tu culpa.
Aquella noche, Luna trabajaba como camarera temporal en la gala anual del Grupo Ibarra.
No era su mundo.
Eso quedó claro desde que cruzó la puerta de servicio.
El salón principal del Hotel Ébano estaba lleno de luces cálidas, mesas redondas, copas finas y personas que hablaban de inversiones con la misma naturalidad con la que Luna hablaba de pagar facturas atrasadas.
Ella llevaba uniforme negro, cabello recogido y una bandeja de champán que pesaba menos que sus preocupaciones.
—Mesa seis —ordenó el supervisor—. Y cuidado. Hoy está la familia Ibarra.
Como si la familia Ibarra fuera una especie de tormenta.
Luna no respondió.
Solo caminó.
Había escuchado el nombre Mateo Ibarra muchas veces.
CEO joven.
Millonario.
Heredero de uno de los grupos más poderosos del país.
Soltero.
Frío.
Inalcanzable.
Algunas camareras hablaban de él con curiosidad. Otras con miedo.
—Dicen que nunca sonríe.
—Dicen que despidió a un director por llegar cuatro minutos tarde.
—Dicen que su madre le eligió prometida.
—Dicen que si te mira, sabes si vas a conservar el trabajo.
Luna pensó que las personas ricas tenían demasiado tiempo para convertirse en leyendas.
Ella solo quería terminar el turno.
Cobrar.
Volver a casa.
Dormir cuatro horas.
Seguir al día siguiente.
Entonces vio a Renata Valcárcel.
No sabía su nombre todavía, pero la reconoció como se reconocen ciertas amenazas: por la forma en que ocupaba espacio.
Vestido plateado, espalda descubierta, sonrisa perfecta, mirada afilada.
Renata estaba junto a un grupo de mujeres elegantes, hablando con un aburrimiento calculado.
Cuando Luna se acercó con la bandeja, Renata tomó una copa sin mirarla.
Después, al girarse, empujó levemente el brazo de Luna.
El champán cayó sobre la manga de una invitada.
—¡Cuidado! —exclamó la mujer.
Luna se apresuró.
—Lo siento muchísimo.
Renata levantó una ceja.
—Qué vergüenza. Hay mujeres que ni siquiera saben servir.
Varias personas rieron en voz baja.
Luna sintió el calor subirle al rostro.
Podía callar.
Debía callar.
Pero esa noche estaba cansada.
Demasiado cansada.
—Y hay mujeres que empujan sin pedir perdón —dijo antes de poder detenerse.
El silencio cayó alrededor.
Renata la miró con una sorpresa venenosa.
—¿Perdón?
Luna bajó la bandeja.
—No lo pedí yo. Lo debería pedir usted.
Alguien susurró:
—Esa chica está loca.
Renata sonrió.
—¿Sabes con quién estás hablando?
Luna sintió que se estaba hundiendo sola, pero ya era tarde para fingir obediencia.
—Con alguien que necesita preguntar eso para sentirse importante.
La expresión de Renata cambió.
Entonces una voz masculina sonó detrás de Luna:
—Interesante respuesta.
Luna giró.
El hombre que estaba a pocos pasos era alto, de traje negro perfecto, rostro serio y ojos oscuros.
No necesitó que nadie dijera su nombre.
Lo supo por cómo todos guardaron silencio.
Mateo Ibarra.
El dueño de la noche.
El tipo de hombre que hacía que incluso los ricos acomodaran la postura.
Renata cambió la voz de inmediato.
—Mateo, esta camarera me habló de una forma inaceptable.
Luna abrió la boca para disculparse, pero él no la miraba con enojo.
La estudiaba.
Como si acabara de encontrar una línea mal puesta en un contrato.
—Yo escuché otra cosa —dijo Mateo.
Renata tensó la mandíbula.
—¿Qué escuchaste?
—Que la empujaste.
—Fue un accidente.
—Entonces pide perdón.
El salón se congeló.
Renata parpadeó.
—¿Qué?
Mateo no alzó la voz.
No hizo falta.
—Si fue un accidente, pide perdón.
Luna no sabía dónde poner las manos.
No quería que ese hombre la defendiera.
No así.
No frente a todos.
Porque las personas como ella siempre pagaban después lo que las personas poderosas hacían por impulso.
Renata sonrió, pero los ojos le ardían.
—Perdón.
La palabra salió como veneno en una copa de cristal.
Luna asintió.
—Aceptado.
No debió decirlo.
Pero lo dijo.
Mateo bajó la mirada para ocultar algo que casi parecía diversión.
Renata lo notó.
Y en ese momento, Luna ganó una enemiga sin haber intentado competir.
Durante el resto de la gala, sintió ojos sobre ella.
Los de Renata.
Los del supervisor.
Y, a veces, los de Mateo Ibarra.
No eran ojos suaves.
Pero tampoco eran indiferentes.
Eso era peligroso.
A medianoche, después de que una invitada derramara vino y un empresario le chasqueara los dedos como si llamara a un perro, Luna salió al estacionamiento de servicio para respirar.
Apoyó la espalda contra una columna.
Cerró los ojos.
—Solo una hora más —susurró.
Entonces escuchó pasos.
Pensó que era otro empleado.
Pero la voz que habló le heló la sangre.
—Te dije que no te acercaras a hombres como él.
Luna abrió los ojos.
Bruno estaba frente a ella.
Su ex novio.
El hombre que jamás debió saber dónde trabajaba esa noche.
—¿Qué haces aquí?
Él sonrió.
—Vine a llevarte a casa.
—No voy a ninguna parte contigo.
Bruno dio un paso.
—No te pregunté.
Luna retrocedió.
Su corazón empezó a golpear.
Y en ese instante entendió que la noche apenas acababa de comenzar.
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