PARTE 10
La luna en el brazo
Dante recibió la prueba de ADN esa misma noche.
Ya lo sabía.
Su corazón lo sabía desde que Nina subió su manga.
Pero ver el informe fue distinto.
Probabilidad de paternidad: 99,99%.
Nina era su hija.
Abril era la mujer de la suite.
Cinco años buscándolas.
Cinco años de vacío.
Y habían estado frente a él, llamándolo “jefe de seguridad”.
Fue a buscar a Abril al café.
Ella estaba cerrando.
—No quiero hablar.
—Nina es mi hija.
Abril cerró los ojos.
—Lo sé.
—¿Desde cuándo?
—Desde que vi tu marca.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Ella giró, cansada.
—Porque tú eras todo lo que yo temía. Rico. Poderoso. Rodeado de enemigos. Con una madre que podía quitarme a mi hija si decidía que yo no era suficiente.
—Jamás habría permitido eso.
—No te conocía.
—Yo te busqué.
—Yo sobreviví.
La frase lo detuvo.
Abril continuó:
—No te oculté a Nina por maldad. La protegí con las herramientas que tenía. No tenía apellido. No tenía abogados. No tenía hombres armados. Solo tenía miedo y una niña.
Dante dio un paso atrás.
No porque se alejara.
Porque por fin escuchaba.
—Tienes razón.
Abril lloró entonces.
—No quería que me quisieras solo por ella.
—No.
—No quería ser otra obligación.
Dante se acercó despacio.
—Abril, me enamoré de ti antes de saber con certeza que Nina era mía. Me enamoré de tus límites, de tu rabia, de cómo defiendes a tu hija, de cómo dices la verdad aunque te tiemble la voz. Nina es mi sangre. Tú eres mi elección.
Ella lo miró.
No lo perdonó todo.
Pero dejó de correr.
Dante la abrazó.
Abril se permitió apoyar la frente en su pecho.
Solo un segundo.
Suficiente para que ambos entendieran que la guerra no había terminado, pero el hogar quizá empezaba allí.
👉 [Haz clic aquí para leer la siguiente parte] 👈