PARTE 4
La madre que vino desde París
Alessandra Vitale llegó desde París sin avisar.
Ese fue el primer terremoto.
El segundo fue su bolso.
El tercero, su mirada.
Alessandra era elegante de una manera casi ofensiva. Cabello recogido, traje crema, labios perfectos y una autoridad tan fría que incluso los guardaespaldas se cuadraron antes de verla bajar del coche.
Dante, que podía enfrentar a capos rivales sin pestañear, se puso nervioso.
—Nadie diga que el matrimonio es falso —ordenó.
Abril lo miró.
—¿Le tienes miedo a tu madre?
—Respeto estratégico.
—Miedo con zapatos italianos.
Nina susurró:
—La abuela parece una reina mala.
Alessandra entró.
—Dante.
—Mamá.
Sus ojos fueron directo a Abril.
—¿Y tú eres?
Dante tomó la mano de Abril.
—Mi esposa. Abril.
Alessandra parpadeó una sola vez.
Eso fue suficiente para que todos supieran que estaba furiosa.
—¿Te casaste sin decírmelo?
—Fue impulsivo.
—Los hombres Vitale no hacen nada impulsivo salvo arruinar cenas.
Miró a Nina.
—¿Y esta niña?
Nina levantó la mano.
—Soy Nina. Y él es mi papá de contrato.
Abril cerró los ojos.
Dante tosió.
Alessandra sonrió lentamente.
—Interesante.
La prueba empezó de inmediato.
—¿Dónde se conocieron?
Dante respondió rápido:
—En París. Restaurante pequeño. Llovía. Sus padres son profesores.
Abril lo pisó bajo la mesa.
—Ay.
Alessandra se giró hacia Abril.
—Qué libros publicaron tus padres?
Abril respiró hondo.
Podía seguir la mentira.
No quiso.
—Ninguno. Mi madre murió cuando era niña. Crecí con mi padrastro y una madrastra que intentó venderme a un viejo para pagar deudas. Dante mintió porque no quería que usted me mirara como si yo ensuciara su familia.
La sala quedó helada.
Dante bajó la cabeza.
Alessandra lo miró con decepción.
—Mi hijo es idiota, no clasista. La diferencia importa.
Luego se volvió hacia Abril.
—Una mujer que dice la verdad en una casa de mentirosos merece chocolate.
Nina aplaudió.
—¡Me gusta la abuela reina!
Alessandra terminó comprándole ropa a Nina, zapatos a Abril y regañando a Dante por inventar padres profesores.
Pero no se fue.
Esa noche, Abril oyó pasos cerca de la habitación.
—Tu madre nos está espiando —susurró.
Dante suspiró.
—Probablemente.
—¿Y qué hacemos?
Él la miró.
—Actuar.
—No.
—Confía en mí.
Dante alzó la voz teatralmente:
—Abril.
Ella abrió los ojos.
—¿Qué?
—Más fuerte.
—¿Estás loco?
—Mi madre está en la puerta.
Abril entendió y, con toda la vergüenza del mundo, fingió una escena romántica tan exagerada que Dante casi se rió.
Alessandra se alejó satisfecha.
—Mi hijo por fin creció —murmuró.
Cuando Abril y Dante se quedaron solos, la risa les explotó a ambos.
Fue la primera vez que rieron sin miedo.
Y también la primera vez que Abril pensó:
“Esto empieza a sentirse demasiado real.”
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