PARTE 3
La caja de los muertos
Dante no llevó a Valeria a un hospital público.
La llevó a una clínica privada que no respondía a los Montenegro.
Allí confirmaron lo evidente: no había sufrido infarto. Había sido sedada con una dosis alta de medicamento cardíaco y relajante muscular.
—Querían que pareciera muerte natural —dijo el médico.
Dante miró a Valeria.
—Casi lo logran.
Valeria, aún débil, pidió papel.
Escribió una dirección.
Mansión Montenegro. Ala este. Despacho de Rebeca. Caja bajo el piso.
Dante no esperó.
Mientras Valeria era atendida, sus hombres entraron en la mansión con una orden obtenida por un fiscal que llevaba años queriendo tocar a los Montenegro, pero nunca tuvo una testigo viva.
Encontraron la caja.
Dentro había nombres, fotografías y mapas.
La lista incluía hombres de la familia Bellini desaparecidos durante una tregua falsa. Entre ellos, Marco.
También había registros de mujeres usadas como mensajeras, médicos pagados para falsificar muertes y contratos de matrimonios arreglados para unir negocios criminales.
Valeria no solo había descubierto un asesinato.
Había descubierto un cementerio político de la mafia.
Cuando Dante volvió con la caja, ella lloró.
—Lo siento.
Él la miró.
—No mataste a mi hermano.
—Pero dormí al lado de quienes lo enterraron.
—Eso no es culpa. Es una herida.
Valeria cerró los ojos.
—Adrián decía que tu familia había empezado la guerra.
Dante sostuvo la fotografía de Marco.
—Quizá hicimos muchas cosas. Pero Marco fue a negociar paz. No volvió.
En el fondo de la caja había una llave vieja con una etiqueta:
Cripta 9.
Valeria susurró:
—Está debajo del mausoleo Montenegro.
Dante cerró la mano alrededor de la llave.
—Entonces iremos a buscar a mi hermano.
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