PART 2: El anillo que pertenecía a un muerto
La mansión Montenegro estaba construida sobre una colina, lejos del ruido de la ciudad.
Desde afuera parecía una residencia elegante, con jardines oscuros, ventanas altas y muros de piedra. Pero quienes conocían el verdadero mundo de Dario sabían que aquella casa no era solo una mansión.
Era una fortaleza.
Cámaras ocultas.
Guardias en cada entrada.
Habitaciones blindadas.
Pasillos donde nadie caminaba sin permiso.
Dario llevó a la mujer herida hasta una habitación del ala este. No permitió que nadie más la tocara, excepto el médico de confianza de la familia, el doctor Salgado.
—Herida superficial en el brazo —dijo el médico después de revisarla—. Golpes en las costillas. Deshidratación. No parece que haya perdido mucha sangre, pero está agotada.
Dario estaba de pie junto a la ventana.
—¿La drogaron?
—No puedo asegurarlo todavía. Hay señales de sedantes leves. Haré análisis.
—Hazlos.
Salgado miró a la mujer.
—¿Quién es?
Dario no respondió.
El médico entendió que no debía insistir.
Cuando se quedaron solos, Dario acercó una silla a la cama. La mujer dormía, pero su respiración era inquieta. Aun inconsciente, parecía lista para huir. Una mano seguía cerca de su cuello, como si temiera que alguien le quitara el anillo.
Dario tomó la cadena con cuidado.
El símbolo estaba allí.
La luna.
La espada.
El pasado.
Su padre, Rafael Montenegro, había muerto quince años atrás en un incendio que oficialmente fue un accidente. Extraoficialmente, Dario siempre sospechó que había sido una ejecución. Pero no tenía pruebas. Solo fragmentos. Silencios. Hombres que cambiaban de tema. Documentos que desaparecieron.
Y aquel símbolo.
Dario abrió un cajón de su escritorio y sacó una caja pequeña. Dentro guardaba el anillo de su padre.
Comparó ambos.
No eran iguales.
Pero pertenecían a la misma orden.
La misma familia oculta dentro de la familia.
—¿De dónde lo sacaste? —susurró.
La mujer se movió.
Sus ojos se abrieron de golpe.
En menos de un segundo intentó levantarse, pero el dolor la dobló.
—Tranquila —dijo Dario.
Ella retrocedió hasta chocar contra el cabecero.
—¿Dónde estoy?
—En mi casa.
Sus ojos se llenaron de miedo.
—No debiste traerme aquí.
—Eso intento decidir.
Ella miró la puerta, luego la ventana.
Dario siguió su mirada.
—La ventana está cerrada. La puerta está vigilada. Y aunque lograras salir, no durarías diez minutos en ese estado.
—No sabes de lo que son capaces.
—Sé exactamente de lo que son capaces los Santoro.
La mujer se quedó quieta.
—Entonces sabes que vendrán.
—Que vengan.
Ella lo miró como si no pudiera decidir si era arrogante o suicida.
—No entiendes. Si descubren que me ayudaste, lo usarán como excusa para atacarte.
Dario se inclinó apenas hacia adelante.
—Dijiste que tenías algo que no debías encontrar.
Ella apretó los labios.
—No recuerdo haber dicho eso.
—Yo sí.
El silencio entre ambos se volvió pesado.
—Tu nombre —dijo Dario.
Ella no respondió.
—Si querías esconderte, elegiste mal el coche. Si querías encontrarme, deja de fingir que no sabías quién era.
La mujer lo sostuvo la mirada. Estaba pálida, herida y claramente aterrada, pero no bajó los ojos.
—Lucía.
—¿Apellido?
—Vega.
Dario sintió que algo se movía en su memoria.
Vega.
Había escuchado ese apellido cuando era niño. En conversaciones cortadas cuando él entraba al despacho de su padre. En documentos que una vez vio arder en una chimenea. En una advertencia de su tío:
—Si alguna vez oyes el apellido Vega, camina hacia el otro lado.
Dario no caminó hacia ningún lado.
—¿De dónde sacaste ese anillo?
Lucía llevó la mano a su cuello.
—Era de mi padre.
—¿Quién era tu padre?
Ella dudó.
—Tomás Vega.
Dario se levantó.
El nombre cayó en la habitación como una sombra.
Tomás Vega.
El hombre que, según los rumores, traicionó a Rafael Montenegro la noche del incendio.
El hombre que desapareció al día siguiente.
El hombre al que Dario había aprendido a odiar sin haberlo visto nunca.
—Tu padre mató al mío —dijo.
Lucía cerró los ojos, como si esperara esa acusación.
—No.
Dario sonrió sin humor.
—¿No?
—Mi padre murió intentando salvarlo.
Dario cruzó la habitación en dos pasos y se detuvo junto a la cama.
—Mide tus palabras.
—Eso hago.
—Durante quince años se dijo que Tomás Vega vendió la ubicación de mi padre a sus enemigos.
—Durante quince años alguien necesitó que tú creyeras eso.
Dario la miró en silencio.
Lucía respiró con dificultad.
—Mi padre guardó pruebas. Grabaciones. Nombres. Pagos. Todo lo que demostraba quién traicionó realmente a Rafael Montenegro.
—¿Y por qué aparece ahora?
—Porque mi madre murió hace dos semanas. Antes de morir, me entregó una llave y me dijo que si algo me pasaba, buscara a Dario Montenegro.
Dario sintió un golpe frío en el pecho.
—¿Por qué a mí?
—Porque tu padre quería que tú supieras la verdad cuando fueras lo suficientemente fuerte para soportarla.
Antes de que Dario respondiera, la puerta se abrió.
Iván entró con el rostro tenso.
—Señor, interceptamos un mensaje. Santoro sabe que la mujer está viva.
Lucía palideció.
—No…
—Hay más —dijo Iván—. Ofrecieron recompensa por ella. Viva o muerta.
Dario miró a Lucía.
Ella bajó la vista, y entonces él vio algo que no esperaba: no miedo por ella misma, sino culpa.
—¿Qué tienes, Lucía? —preguntó.
Ella cerró los dedos alrededor del anillo.
—Un archivo.
—¿Dónde?
—Si te lo digo, ya no podrás fingir que esto no es tu guerra.
Dario se inclinó hacia ella.
—Nunca he fingido con la guerra.
Lucía lo miró.
—Está escondido en la iglesia vieja de San Gabriel. En la cripta de mi padre.
Iván reaccionó.
—Eso está en territorio Santoro.
Dario no apartó los ojos de Lucía.
—Entonces iremos esta noche.
—Estás loco —dijo ella.
—Probablemente.
—No puedes llevarme.
—No puedo dejarte.
La frase los sorprendió a ambos.
Dario se enderezó.
—Descansa. En dos horas salimos.
Lucía lo vio caminar hacia la puerta.
—Dario.
Él se detuvo.
—Si lo que hay en ese archivo es verdad, alguien dentro de tu propia casa ayudó a matar a tu padre.
Dario no miró atrás.
—Entonces alguien dentro de mi casa lleva quince años respirando de más.
😳 Lo que viene después cambiará todo…
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