PART 4
Un año después, Sofía Rey ya no existía.
Ese era el acuerdo.
Ese era el precio de sobrevivir.
Ahora se llamaba Sofía De la Vega.
La hija perdida de Mariana De la Vega, una de las mujeres más poderosas del país.
La heredera que había desaparecido de niña en una feria, con un colgante de jade al cuello y una madre buscándola durante más de veinte años.
Mariana la encontró casi muerta.
Sofía estaba en un cuarto pequeño, delgada, inconsciente, con el corazón artificial al borde del fallo.
La madre que nunca dejó de buscarla gastó una fortuna en médicos extranjeros, hospitales privados y tratamientos nuevos.
— Mi niña —lloró Mariana al tomarle la mano—. Nunca volverás a sufrir sola.
Sofía quiso decir que estaba bien.
Que no había sufrido tanto.
Pero la mentira murió antes de salir.
Por primera vez en su vida, tenía una madre.
Una familia.
Un apellido que no la usaba como carga.
Un hogar donde nadie le pedía que justificara su dolor.
Mariana también le presentó a Mateo Navarro.
Joven.
Guapo.
Alto.
Alegre.
Heredero de una familia cercana.
— Tu madre insiste en emparejarnos —dijo Mateo una tarde, pelando una manzana para ella—. Pero no te preocupes. Podemos fingir hasta que deje de presionar.
Sofía sonrió apenas.
— No quiero casarme.
— Yo tampoco tengo prisa.
— No es eso.
Mateo la miró.
— ¿Entonces?
Sofía puso una mano sobre su pecho.
— Perdí el corazón para amar.
Mateo no hizo bromas.
Solo dejó la manzana en un plato.
— Entonces seremos familia sin obligación de romance.
Sofía agradeció eso más de lo que podía decir.
Durante meses, intentó sanar.
No completamente.
Nadie sana completamente de haber amado a alguien que te destruyó sin saber cuánto le diste.
Pero aprendió a respirar.
A caminar por jardines.
A escuchar a su madre hablar de vestidos, médicos, viajes y cenas familiares.
A responder al nombre de Sofía De la Vega.
Entonces Lucian apareció.
Fue en la entrada de un hotel.
Sofía salía con Mateo cuando una mano la tomó del brazo.
— Sofía.
Ella se quedó inmóvil.
No por amor.
Por memoria.
Lucian Vance estaba frente a ella.
Más delgado.
Más pálido.
Igual de guapo.
Pero sus ojos ya no tenían hielo.
Tenían desesperación.
— Te encontré —susurró—. Un año. Te busqué durante un año.
Sofía apartó el brazo.
— Se equivoca de persona. Soy Sofía De la Vega.
— No finjas.
— Señor, si sigue así, llamaré a seguridad.
Lucian dio un paso.
— Donaste tu corazón por mí. Tengo una cicatriz de diez centímetros en el pecho. Eres alérgica a las calas. Si hueles esas flores, te sale sarpullido. ¿Quieres que siga?
Mateo se interpuso.
— Suéltala.
Lucian lo miró.
— ¿Quién eres tú?
— Su prometido.
La palabra golpeó a Lucian como una bala.
Sofía no corrigió a Mateo.
No por amor.
Por defensa.
Lucian la miró como si acabara de perderla otra vez.
— No puedes casarte con él.
— Usted no tiene derecho a decidir nada sobre mí.
— Sofía, sé que eres tú.
Ella levantó la barbilla.
— La persona que usted busca murió.
Lucian intentó acercarse de nuevo.
Mateo lo empujó.
— Respete.
Lucian rió de una forma rota.
— ¿Respeto? Yo comparto su corazón.
Sofía lo miró con una calma helada.
— No. Usted lo recibió. Eso no le da derecho a mí.
Aquella frase lo dejó sin respuesta.
Esa noche, Sofía tuvo una reacción alérgica.
Lucian había usado calas para probar que era ella.
El olor bastó para desencadenar el sarpullido y la falta de aire.
Mateo la llevó al hospital.
— Ese hombre fue quien te lastimó, ¿verdad? —preguntó después.
Sofía cerró los ojos.
— Sí.
— ¿Quieres que lo destruya?
— No.
Mateo se sorprendió.
— ¿Por qué?
— Porque ya no quiero que mi vida gire alrededor de su castigo.
Mateo asintió.
— Entonces lo trataré como a un extraño.
— Eso quiero.
Pero Lucian no aceptaba ser extraño.
Apareció en el cumpleaños de Sofía De la Vega.
Mariana había organizado una cena para presentarle posibles pretendientes.
Ninguno llegó.
Lucian se encargó de eso.
Entró al salón con un ramo elegante y una sonrisa triste.
— Parece que soy el único candidato.
Mariana se levantó.
— Señor Vance, mi hija no lo invitó.
— Pero busca esposo.
Sofía apretó los puños.
— No a usted.
Lucian la miró.
— Yo vine a casarme contigo.
Mariana respondió con frialdad:
— Mi hija dijo que no.
— Entonces cambiará de opinión.
Mateo apareció tarde, entrando con una sonrisa amplia.
— Perdón, querida. El tráfico.
Sofía entendió de inmediato y tomó su brazo.
— Llegas tarde, amor.
Lucian se volvió.
— Aléjate de ella.
Mateo sonrió.
— ¿Por qué? ¿Porque soy joven, guapo y ella me eligió?
Sofía casi se rió.
Lucian perdió el control.
Amenazó con dañar a la familia De la Vega si Sofía no admitía quién era.
Entonces ella lo miró.
Y por fin dejó de fingir.
— Sí. Soy Sofía Rey. ¿Contento?
Lucian se acercó con lágrimas en los ojos.
— Lo sabía. Sabía que estabas viva.
La primera bofetada lo golpeó de lleno.
— Esta es por el corazón que me quitaste.
La segunda.
— Esta es por el amor que te di y no mereciste.
La tercera.
— Y esta es por todos los inocentes que lastimaste solo para obligarme a mirarte.
Lucian no se defendió.
— Puedes golpearme cuanto quieras.
Sofía respiró temblando.
— No quiero golpearte. Quiero que desaparezcas.
— No puedo.
— Entonces aprende. Porque ahora tengo madre, familia, amigos y una vida donde tú eres el intruso.
Lucian miró a Mateo.
— ¿Vas a estar con este niño?
Sofía respondió con una calma perfecta:
— Estaré con quien quiera. O con nadie. Ya no existo para ti.
Por primera vez, Lucian entendió que encontrarla viva no significaba recuperarla.
Significaba verla libre.
Y eso le dolió más que la muerte.
Un año después, Sofía reapareció como Sofía De la Vega, la hija perdida de una familia poderosa. Su madre la protegía y Mateo Navarro fingía ser su prometido para alejar pretendientes. Lucian la encontró y quiso recuperarla, pero Sofía negó ser la mujer que él buscaba. Cuando él amenazó a su familia, ella admitió la verdad y lo abofeteó por cada herida: por el corazón que le dio, por el amor que él destruyó y por todas las personas inocentes que lastimó.
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