PARTE 2
Seis meses antes: la firma que nadie quiso leer
Seis meses antes, Sofía Rivas seguía siendo la abogada principal del Grupo Varela.
No solo porque era brillante.
Porque conocía cada contrato, cada deuda, cada cláusula escondida, cada socio peligroso y cada firma que podía hundir la empresa si caía en manos equivocadas.
También era la prometida de Leonardo.
Eso complicaba todo.
—No puedes ser mi abogada y mi conciencia al mismo tiempo —le dijo él una noche, revisando papeles en el despacho.
Sofía respondió sin levantar la vista:
—Alguien tiene que hacerlo. Tu familia solo contrata gente para aplaudir.
Leonardo sonrió entonces.
Antes sonreía mucho.
Antes la escuchaba.
Antes, cuando Sofía decía que un contrato olía mal, él no preguntaba si estaba celosa. Preguntaba dónde debía mirar.
El problema empezó con la llegada de Isabela Montes.
Isabela apareció como consultora externa para una fusión con el Grupo Almar. Era elegante, rápida, encantadora, de esas personas que miran a todos como si ya supieran qué necesitan oír.
Don Álvaro la adoró de inmediato.
—Esa mujer entiende el poder —decía.
Sofía también lo entendía.
Por eso no confiaba en ella.
Al revisar los primeros documentos, encontró irregularidades:
Empresas fantasma.
Seguros cruzados.
Acciones bloqueadas.
Firmas duplicadas.
Una cláusula de administración temporal en caso de “ausencia operativa” de Leonardo.
Cuando se lo llevó a él, Leonardo estaba cansado.
—Sofía, estamos a días de cerrar la fusión.
—Precisamente por eso hay que frenar.
—Siempre quieres frenar.
Ella se quedó quieta.
—No. Quiero leer.
Él suspiró.
—Isabela dice que estás mezclando lo personal con lo profesional.
Sofía entendió entonces que la batalla ya no era solo legal.
Isabela había entrado por donde ninguna cláusula podía protegerla:
la inseguridad de Leonardo.
Un mes después, Sofía fue removida del equipo legal.
Oficialmente, por conflicto de interés.
Extraoficialmente, porque encontró demasiado.
El día que la sacaron de la sala, Isabela le sonrió.
—Eres muy inteligente, Sofía. Ese siempre fue tu problema.
Sofía respondió:
—Y tú eres muy confiada. Ese será el tuyo.
Leonardo no la defendió.
Esa fue la primera traición.
La segunda llegó cuando anunció su compromiso con Isabela tres meses después.
La prensa lo vendió como una historia de “nueva etapa”.
Sofía lo vio en una pantalla del aeropuerto, mientras perseguía una pista sobre una notaría corrupta.
No lloró.
Guardó la imagen.
Los abogados no lloran cuando aún falta una prueba.
La prueba llegó por accidente.
Un notario auxiliar, borracho y asustado, la llamó a medianoche.
—Doctora Rivas, usted tenía razón. El prenupcial no es prenupcial. Es un traspaso de poder condicionado.
—¿Condicionado a qué?
El hombre respiró.
—A la muerte de Leonardo Varela.
Al día siguiente, apareció muerto en su oficina.
Suicidio, dijo la policía.
Sofía encontró otra palabra en el informe:
Conveniente.
Antes de morir, el auxiliar le envió una copia incompleta del contrato.
La esquina estaba manchada.
No tinta.
Sangre.
Y dentro de esa sangre había una huella parcial.
La de Isabela.
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