PARTE 2: EL PRECIO DE CAMBIAR EL FUTURO
Daniel Vance le dio todo: dinero, casas, protección.
Pero ella solo quería una cosa: que no muriera en ese muelle.
Cuando él decidió enfrentarse solo a las bandas, Sarah supo que había llegado su tercera tarea.

Los días pasaron.
Daniel cumplió su palabra.
Le dio la tercera casa.
Pero ella no la aceptó.
“Guárdala. La necesitarás cuando me vaya.”
Él frunció el ceño.
“¿A dónde vas a ir?”
Ella no respondió.
No podía decirle que en su futuro él estaba muerto.
No podía decirle que había leído su obituario.
“Daniel, ¿por qué me tienes aquí?”
Él la miró.
“Porque me robaste. Y nadie me roba sin pagar.”
“Ya te hice ganar millones.”
“Eso no paga la noche que grabaste tu nombre en mi pecho.”
Ella recordó la cicatriz.
Se la había hecho con un cuchillo de cocina.
Borrachos. Después de la apuesta de cartas.
Él nunca se la había borrado.
“Me gusta,” dijo una vez. “Así sé que existes.”
Ella sintió un nudo en la garganta.
No quería enamorarse de un hombre muerto.
Pero ya era tarde.
Una noche, él no volvió a casa.
Sarah llamó a Kevin Kai, su asistente.
“Daniel fue a ver a Victor Gao. Solo. Al muelle.”
“¿Está loco?”
“Quiere romper con el hampa. Dice que si no vuelve, todo su dinero es tuyo. Las tres casas. Las acciones. Todo.”
Ella se puso el abrigo.
Salió corriendo sin mirar atrás.
El muelle olía a sal y a muerte.
Tres bandas armadas rodeaban a Daniel.
Él estaba en el centro.
Con un disparo en el hombro.
Sangrando.
Pero de pie.
“¡Sarah, vete de aquí!”
Ella no huyó.
Corrió hacia él.
Lo agarró por la camisa manchada de rojo.
“En mi futuro tú estás muerto. Asesinado aquí mismo. Por Victor Gao.”
Él la miró. Sin parpadear.
“¿Eres del futuro?”
“Sí. Y vine a cambiarlo. Así que no te mueras, Daniel. No después de todo lo que hiciste por mí.”
Él soltó una risa débil.
“Entonces ayúdame.”
Le entregó una pistola.
Ella la tomó.
Apuntó al cielo.
Disparó.
Tres veces.
La señal.
La policía entró por todos lados.
Victor Gao cayó esposado.
Las bandas huyeron.
Daniel cayó de rodillas.
Sangre. Mucha sangre.
Ella lo sostuvo.
“No te vayas.”
“Todavía no hemos firmado la tercera tarea.”
“¿Cuál es?”
“Casarte conmigo.”
Lo operaron de urgencia.
Ella esperó seis horas.
Sentada en una silla de plástico.
Sin dormir. Sin comer.
Solo repitiendo su nombre.
Cuando abrió los ojos, él ya estaba despierto.
“¿Dónde está mi Rolex?”
“Lo empeñé para pagar la ambulancia.”
“Eres una ladrona.”
“Soy tu ladrona.”
Daniel sonrió.
Por primera vez, sin hielo.
“¿De verdad vienes del futuro?”
“Sí.”
“¿Y allí estoy muerto?”
“Sí. Pero aquí no. Cambié el pasado.”
“¿Por qué?”
“Porque te quiero, idiota.”
Él cerró los ojos.
Volvió a abrirlos.
“Entonces cásate conmigo. De verdad. Sin contrato. Sin casas de por medio.”
Ella negó con la cabeza.
“No quiero ser viuda.”
“Ya no soy mafioso. Vance Group es legal. Todo limpio. Le di todas las pruebas a la policía. Victor está preso. Los demás huyeron.”
“¿Y las bandas?”
“Ya no existen. Solo existe Vance Group. Y tú.”
Él sacó una caja pequeña de la mesita de noche.
Un anillo de diamantes.
“No es tan feo como el que diseñé la primera vez.”
Ella rió.
“Ese era horrible.”
“Por eso contraté a un joyero de verdad.”
Le tendió la mano.
Ella se la dio.
Él deslizó el anillo en su dedo.
Ajustaba perfecto.
“¿Cuándo es la boda?”
“Mañana.”
“¿Tan pronto?”
“Llevo veinticinco años esperándote. No voy a perder un día más.”
Se casaron en el juzgado.
Sin prensa. Sin familia. Solo él, ella y Kevin de testigo.
El vestido blanco era prestado.
El ramo, comprado en la calle.
Pero cuando él la besó, ella sintió que el futuro se doblaba.
Que la muerte ya no le pertenecía.
Que Daniel viviría.
Por ella.
Un año después, Vance Group salió a bolsa.
Él transfirió todas sus acciones a su nombre.
“¿Por qué?” preguntaron los periodistas.
“Porque mi mujer es mejor jefa que yo.”
Sarah se convirtió en la presidenta más joven de Gangbei.
Él se quedó en casa.
Cocinaba. Limpiaba. La esperaba con flores cada noche.
“¿No te aburres?” le preguntó ella una vez.
“No. Por fin puedo amarte sin miedo.”
Bianca nunca volvió a aparecer.
Elena se mudó con ellos.
Cuidaba a Ethan, el hermano, que ya estaba sano.
Y cada noche, antes de dormir, Sarah miraba a Daniel.
Y pensaba en el muelle.
En los disparos.
En el futuro que ya no existía.
“¿En qué piensas?” preguntaba él.
“En que te salvé la vida.”
“Y yo te salvé de estar sola.”
Ella se acurrucaba contra su pecho.
La cicatriz de su nombre seguía allí.
Bajo la piel.
Como un juramento.
“Ahora soy tuya,” susurró.
“Y yo soy tuyo. Desde antes de conocerte.”
Apagaron la luz.
Gangbei durmió.
Y el futuro, por fin, estaba escrito.
Con tinta de amor.
No con sangre.