PARTE 1: LA NOCHE QUE LO CAMBIÓ TODO
Sarah Mitchell abrió los ojos en una cama de seda roja.
No recordaba cómo había llegado allí, pero el brazo pesado sobre su cintura pertenecía al hombre más peligroso de Gangbei.
Y él acababa de decirle: “Nadie sale vivo de mi territorio”.

Sarah Mitchell abrió los ojos.
Las sábanas olían a sándalo y a sangre.
Un brazo pesado descansaba sobre su cintura.
Respiró hondo.
Giró la cabeza.
El hombre era guapo. Pero peligroso.
Mucho.
Ella no estaba en su apartamento del siglo XXI.
Ni en su cuerpo de agente de inteligencia.
Estaba en Gangbei.
Año 1995.
Y la última droga del laboratorio la había transportado al pasado.
Justo a la cama de Daniel Vance.
La leyenda viviente.
El hombre que controlaba el hampa y la ley.
El que moriría asesinado en un muelle.
“¿Quién te envió? ¿Negros? ¿Blancos? ¿O los zapatos rojos?”
La voz cortó el silencio.
Él ya estaba despierto.
Sus ojos negros la perforaban.
Sarah tragó saliva.
“Primera vez que nos vemos y preguntas algo así. Un poco atrevido, ¿no crees?”
Se levantó de un salto.
Buscó su ropa.
La camisa de él estaba rasgada.
Los botones esparcidos por el suelo.
Él sonrió. Frío.
“Nadie sale vivo de mi territorio, señorita.”
Ella reconoció el nombre en ese momento.
Daniel Vance.
El mafioso que desapareció en los noventa.
Asesinado por una banda rival.
Hizo cálculos rápidos.
Si estaba en 1995, podía cambiarlo todo.
Podía salvarlo.
Pero primero, necesitaba dinero.
Su hermano Ethan estaba en el hospital.
La madrastra se había gastado todo en el casino.
El tratamiento costaba quinientos mil.
“Me voy.”
“¿Vas? Nadie se va.”
Ella no escuchó.
Buscó algo de valor.
Un reloj. Rolex. Sobre la mesita de noche.
Lo deslizó en el bolsillo.
Salió por la ventana.
El viento de Gangbei golpeó su cara.
Corrió hasta la calle.
Detrás de ella, Daniel despertó solo.
Vio el espacio vacío en la mesita.
Su reloj había desaparecido.
Arrojó la mesita contra la pared.
“¡Sarah Mitchell!”
En la calle, ella corrió sin mirar atrás.
El Rolex valía una fortuna.
Con eso pagaría la operación de Ethan.
Pero no llegó lejos.
Los hombres de Daniel la rodearon en menos de una hora.
Negros. Trajes. Caras sin expresión.
La llevaron a una habitación lujosa.
Él estaba sentado en un sillón de cuero.
Tres cartas en la mano.
Una botella de whisky vacía a su lado.
“Me robaste. Me apuñalaste. Y te acostaste conmigo.”
“Solo fue una noche.”
“Apuesta conmigo.”
Tres cartas. Una ronda.
Si ella ganaba: libertad y el reloj.
Si perdía: sería su secuaz.
“¿Y si haces trampa?”
Él rió. Seco.
“Yo, Daniel Vance, pongo las reglas aquí. ¿Para qué voy a hacer trampa?”
Ella aceptó.
Sus dedos temblaron al repartir.
Él no apartó la mirada de sus ojos.
Ella tenía escalera de color.
Él tenía escalera real.
Perdió.
“Tramposo.”
“No hago trampa. Solo uso psicología.”
Ella bajó la cabeza.
“Perdiste. Ahora eres mía.”
Se acercó.
Su mano levantó su barbilla.
“Tres casas. Esa es tu recompensa si me ayudas con tres tareas.”
“¿Qué tareas?”
“La primera: hazme ganar dinero en bolsa. La segunda: enfréntate a mi familia. La tercera… ya la sabrás.”
Ella pensó en Ethan.
En su cama de hospital.
En las facturas que se acumulaban.
“Acepto.”
Él le tendió la mano.
Ella la estrechó.
La piel de él ardía.
Como si supiera que ella venía del futuro.
Como si supiera que iba a morir.
La primera tarea fue fácil.
Ella conocía los movimientos del mercado.
Harbour City Real Estate subiría un 300% en tres días.
Los terrenos del gobierno estaban a punto de anunciarse.
Le dijo que comprara todo.
Él invirtió cinco millones.
En seis horas, ganó cuatro millones.
Sus hombres la miraron con asombro.
“¿Quién está detrás de ti?” preguntó él.
“Nadie. Soy una genia de los negocios.”
“Una genia que me roba relojes y huye por las ventanas.”
Él no se quejó.
Le entregó las llaves de dos apartamentos en Vance Group International.
“Falta uno. Siguiente tarea.”
Ella guardó las llaves en el bolsillo.
No sonrió.
No quería que él notara que ya no le importaba el dinero.
Le importaba él.
Y eso era peligroso.
La segunda tarea llegó con una llamada telefónica.
La madre de Daniel, Elena Vance, iba a llegar a Gangbei.
Quería conocer a la mujer que había dormido con su hijo.
Porque Daniel nunca había llevado a nadie a la cama.
Veintitantos años solo.
Y ella había grabado su nombre en su pecho.
Con un cuchillo.
“Serás mi novia falsa por un mes.”
“¿Pagas extra?”
“Diez mil por cada muestra de cariño. Cien mil por besos.”
Ella leyó el contrato.
Dormir en habitaciones separadas.
Sin servicios de alcoba.
Actuar frente a la familia.
Prohibido enamorarse.
“Firmo.”
Él también firmó.
Los dedos de ambos rozaron el papel.
Ella sintió electricidad.
Él también.
Pero ninguno dijo nada.
La madre llegó en un coche negro.
Detrás de ella, Bianca White.
La prima pegajosa. La que quería casarse con Daniel desde los quince años.
Miraron a Sarah de arriba abajo.
Vestido de calle. Sin maquillaje. Zapatos de segunda mano.
“¿De qué familia eres?” preguntó Elena.
“De ninguna.”
“¿Cómo conociste a mi hijo?”
“Me secuestró.”
Silencio.
Elena sonrió.
“Me gusta. Es sincera.”
Bianca frunció la nariz.
“Señora, esta mujer es una trepadora. Solo quiere el dinero.”
Sarah no respondió.
Esperó.
En la cena, Bianca le tiró vino encima.
El vestido blanco se manchó de rojo.
Todos se quedaron callados.
Sarah se levantó.
Miró a Bianca.
Levantó la mano.
Y le dio una bofetada.
Sonó en todo el comedor.
“La educación no se compra, señorita White.”
Elena aplaudió.
Daniel la miró con orgullo.
“Así se defiende a mi mujer.”
Bianca salió llorando.
Elena le entregó un cheque.
Cien millones.
“Para la boda.”
Sarah quiso devolverlo.
Daniel la detuvo.
“Es tuyo. Como todo lo que tengo.”
“No quiero tu dinero.”
“Entonces, ¿qué quieres?”
Ella no supo responder.
Porque ya no era el dinero.
Era él.
Esa noche, en la habitación separada, ella soñó.
Soñó con el muelle.
Con los disparos.
Con Daniel cayendo al suelo.
Con su sangre mezclándose con el agua.
Despertó gritando.
Él estaba en la puerta.
“¿Qué pasa?”
“Nada. Una pesadilla.”
“¿Sobre qué?”
“Sobre ti. Te mueres.”
Él se sentó en la cama.
No dijo nada.
Solo le rozó la mano.
“Yo no me muero. No hasta que me devuelvas mi Rolex.”
Ella rió.
Pero la risa se quebró.
Porque sabía que en su futuro, él estaba muerto.
Y ella había viajado al pasado para salvarlo.
O para perderlo otra vez.