Todos dijeron que robó perlas negras y escapó… hasta que ella apareció viva en la cena del capitán con una cámara cubierta de sal y sangre
El yate Santa Aurelia se hundió con once personas a bordo.
Cinco años después, la mujer acusada de provocar la tragedia volvió viva.
Y en sus manos traía la cámara que el mar no logró destruir.
PARTE 1
Registro de salida
El Santa Aurelia zarpó a las 20:30.
Oficialmente, era una cena privada en alta mar.
Una celebración pequeña.
Veinte invitados.
Ocho tripulantes.
Una caja de perlas negras para una subasta benéfica.
Y una tormenta anunciada que, según el capitán, no alcanzaría la ruta.
Marina Soler revisó el equipo de buceo dos veces.
No era parte del protocolo normal.
Pero ella no confiaba en los yates demasiado lujosos ni en los hombres demasiado tranquilos cuando el cielo ya estaba oscuro.
Era buzo de rescate.
Había crecido cerca del puerto, hija de un pescador y una enfermera. Sabía leer el mar antes de que los ricos preguntaran si hacía buen clima. El mar no miente. Solo avisa en un idioma que muchos deciden ignorar.
Esa noche, el capitán era Adrián Vega.
Su prometido.
Hijo de Don Emilio Vega, dueño del Santa Aurelia, del Club Náutico Azul y de media costa.
Adrián estaba hermoso con su uniforme azul oscuro, el cabello peinado hacia atrás y esa sonrisa que a Marina le había parecido honesta durante tres años.
—Revisas demasiado —le dijo, apoyándose junto a ella.
Marina ajustó una válvula.
—Y tú confías demasiado.
—Mi padre conoce esta ruta.
—Tu padre conoce compradores, no tormentas.
Adrián sonrió, pero no respondió.
Eso fue lo primero extraño.
A las 21:10, subió a bordo una caja de seguridad negra.
Marina la vio pasar hacia la cubierta inferior.
—Creí que las perlas iban en la caja transparente de la subasta —dijo.
Adrián miró hacia otro lado.
—Cambio de seguridad.
—No me avisaron.
—No tienes que saberlo todo.
Marina se quedó quieta.
Esa frase no sonaba a Adrián.
O quizá sí.
Quizá nunca lo había escuchado cuando hablaba como un Vega.
A las 22:00, los invitados brindaron en la cubierta principal.
Don Emilio levantó una copa.
—Por el Santa Aurelia, por la familia Vega y por las perlas negras de San Damián.
Los aplausos fueron elegantes.
Las sonrisas, caras.
Marina observó desde un lateral.
Entonces vio a una camarera bajar por la escalera de servicio con el rostro pálido.
Se llamaba Lucía.
Tenía diecinueve años.
—¿Estás bien? —preguntó Marina.
Lucía negó apenas.
—Hay hombres abajo que no son tripulación.
—¿Dónde?
—Bodega dos.
Antes de que Marina pudiera responder, Marcos Vidal, jefe de seguridad del yate, apareció detrás.
—Señorita Soler, el capitán la busca.
Lucía bajó la mirada.
Marina entendió el mensaje.
No ahora.
Pero el mar ya estaba cambiando.
Y bajo cubierta, el Santa Aurelia llevaba algo más pesado que perlas.
