LA BUZO QUE FUE ARROJADA AL MAR VOLVIÓ CON LA CÁMARA QUE GRABÓ EL HUNDIMIENTO DEL YATE – PARTE 2

PARTE 2

La bodega dos

A las 22:37, Marina bajó a la bodega dos.

No pidió permiso.

Las mujeres que esperan permiso para revisar una puerta cerrada suelen llegar cuando ya no queda nadie respirando.

El pasillo inferior vibraba con el motor. Las luces parpadeaban cada vez que una ola golpeaba el casco. El olor a sal, combustible y madera húmeda se mezclaba con algo más:

miedo.

La bodega dos estaba cerrada con llave electrónica.

Marina tenía acceso de emergencia.

Pasó su tarjeta.

Denegado.

Eso no debía ocurrir.

Probó otra vez.

Denegado.

Apoyó el oído contra la puerta.

Primero escuchó motor.

Luego un golpe.

Después una voz masculina:

—¡Ayuda!

Marina sintió que se le tensó el cuerpo.

—¿Quién está ahí?

Otro golpe.

—¡No somos carga!

Marina retrocedió.

La puerta detrás de ella se abrió.

Adrián estaba allí.

—¿Qué haces?

Marina lo miró.

—Hay gente encerrada.

Él no se acercó.

—No hay nadie.

—Acabo de escucharlos.

—Marina, sube.

—Abre la puerta.

—No puedo.

La frase quedó entre ellos.

No dijo “no sé”.

Dijo “no puedo”.

—¿Qué lleva tu padre en este yate?

Adrián apretó la mandíbula.

—No entiendes.

—Entonces explícame.

—Hay cosas que se resuelven al llegar a puerto.

—La gente encerrada no llega bien a puerto durante una tormenta.

El yate se inclinó con una ola.

Desde dentro de la bodega llegó otro golpe.

Más fuerte.

Marina sacó su radio.

—Puente, necesito apertura de emergencia en bodega dos.

La radio no respondió.

Adrián le tomó la muñeca.

—No hagas esto.

Marina miró su mano.

—Suéltame.

Él la soltó.

Pero demasiado tarde.

Marcos Vidal apareció al final del pasillo con dos hombres.

No eran marineros.

—Señorita Soler —dijo Marcos—, el señor Vega desea verla en cubierta.

Marina dio un paso atrás.

—No voy a moverme hasta que abran esa puerta.

Marcos sonrió.

—Entonces tendremos que moverla nosotros.

Marina no esperó el primer golpe.

Le dio un codazo al hombre de la derecha y corrió hacia la sala de máquinas. Conocía el yate. Había entrenado allí. Sabía que desde la sala de máquinas podía activar las bombas de emergencia y abrir algunas compuertas manuales.

Pero antes de llegar, vio algo sobre una mesa de mantenimiento.

La caja transparente de las perlas.

Vacía.

Y al lado, una cámara submarina de registro técnico encendida.

Marina la tomó.

Si nadie iba a creerle, el mar tendría que grabar.

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