PARTE 5
La sobreviviente de la cala
Marina despertó sobre piedras negras.
No sabía si era de día o de noche.
El cuerpo era dolor.
La garganta, sal.
El hombro, fuego.
Se arrastró como pudo hasta una zona de rocas, lejos del oleaje. Tenía cortes en las piernas, una herida abierta en el hombro y la boca llena de sangre.
No tenía la cámara.
No tenía radio.
No tenía Adrián.
Eso último dolió más de lo que quería admitir.
Un pescador llamado Iñaki la encontró al amanecer.
La cargó hasta su cabaña.
—Si te llevo al puerto, te entregan —dijo cuando ella pudo hablar.
—¿Por qué?
Él le mostró un teléfono viejo.
Las noticias ya hablaban de ella.
BUZO ROBA PERLAS Y PROVOCA HUNDIMIENTO DEL SANTA AURELIA.
Marina miró la pantalla con fiebre.
—No.
Iñaki no preguntó si era culpable.
Miró sus heridas.
—Los ladrones no suelen quedarse a morir sin botín.
Durante meses, Marina vivió escondida en una cala pesquera. Curó heridas. Aprendió a caminar otra vez. Volvió al agua antes de dejar de temerla.
La primera vez que se sumergió, el cuerpo entró en pánico.
El recuerdo de la compuerta, el metal, la mano soltándose.
Subió a la superficie gritando.
Iñaki le dijo:
—El mar no te traicionó. Fueron ellos.
Esa frase la salvó.
Volvió a bucear.
Una vez.
Luego otra.
Después cada día.
Buscaba restos del Santa Aurelia.
La corriente había esparcido piezas por kilómetros.
Encontró una copa rota.
Un salvavidas.
Un pedazo de baranda.
Una medalla de tripulación.
Nada suficiente.
Hasta que, al cuarto año, encontró la cámara.
Estaba atrapada bajo una placa metálica, cubierta de sal, coral y óxido.
No funcionaba.
Pero la tarjeta interna seguía dentro.
Marina lloró bajo el agua.
No pudo evitarlo.
Las lágrimas no se notan en el mar.
Iñaki la ayudó a recuperar los datos con un técnico viejo que hacía milagros con equipos dañados.
La primera imagen fue oscura.
La segunda, rota.
La tercera mostró a Marcos.
La cuarta, a Adrián soltándole la mano.
Marina no lloró esa vez.
Solo dijo:
—Ahora volvemos.
No a puerto.
No a suplicar.
Volvería al Club Náutico Azul la noche en que los Vega celebraran cinco años de “resiliencia y legado”.
Volvería con la cámara.
Con la verdad.
Y con el mar como testigo.