Edmund Tucker decidió que Lily necesitaba ropa nueva.
Lily decidió que Edmund Tucker necesitaba terapia.

—Esta tienda es demasiado cara —dijo ella, deteniéndose frente a un escaparate brillante donde cada vestido parecía costar más que un mes de ingresos del restaurante.
—Entonces compraremos en privado.
—No entendiste nada de lo que dije.
Edmund hizo una señal con dos dedos. Sus hombres entraron primero. En menos de un minuto, el local quedó vacío de otros clientes. La gerente apareció con una sonrisa nerviosa, inclinándose como si Edmund fuera realeza.
—Compraremos todo lo que ella quiera —dijo él.
—No quiero nada —respondió Lily.
—Entonces compraremos lo que yo quiera verte usar.
Ella lo miró con furia.
—Eso suena aún peor.
Edmund sonrió.
No era una sonrisa amable. Era arrogante, segura, peligrosa. Pero también había algo en él que Lily empezaba a notar contra su voluntad: cuando sus ojos se posaban en ella, no la miraba como un objeto barato que quería poseer. La miraba como una obsesión sagrada. Eso no lo hacía correcto. Pero lo hacía más difícil de ignorar.
Le llevaron vestidos.
Lily rechazó la mitad.
Edmund aprobó casi todos los que ella rechazó.
—No soy una muñeca.
—No. Las muñecas no discuten tanto.
—Y los jefes mafiosos deberían aprender a escuchar.
—Escucho. Solo no siempre obedezco.
Lily terminó probándose un vestido azul oscuro, sencillo, elegante, que hacía que su piel pareciera más luminosa. Cuando salió del probador, Edmund dejó de sonreír.
Su mirada se volvió silenciosa.
Más honesta.
—¿Qué? —preguntó Lily, incómoda.
—Te ves hermosa.
Ella bajó la vista.
—Prometo pagarte.
Edmund se acercó despacio.
—Ya recibí mi recompensa.
—¿Cuál?
—Verte viva. De pie. Enfadada conmigo.
La frase la dejó sin respuesta.
Porque había algo extraño en cómo Edmund hablaba de ella. Como si la hubiera perdido alguna vez. Como si no fuera simplemente una mujer que acababa de conocer.
Lily no tuvo tiempo de preguntar.
Vio a Daniel al otro lado del centro comercial.
Su corazón reaccionó antes que su orgullo. Se movió hacia él.
Edmund la detuvo con una mano suave en la muñeca.
—Tienes diez minutos.
—No necesito tu permiso.
—No. Pero él necesita saber que estoy contando.
Lily se soltó.
Daniel parecía golpeado. Tenía el labio partido, la mejilla inflamada, la camisa arrugada. Al verla, fingió alivio.
—Lily, gracias a Dios.
—¿Por qué no fuiste a la boda?
—Me retuvieron. Fueron hombres de Tiffany. Todo fue un montaje. Yo iba a ir.
Lily quería no creer.
Pero Daniel bajó la mirada con una mezcla de vergüenza y miedo que la confundió.
—Todavía te amo —dijo él—. Solo necesito una oportunidad.
—Tiffany dijo que eres su novio.
—Ella está obsesionada conmigo. Tú lo sabes. Yo solo intentaba sobrevivir en ese trabajo.
La vieja historia.
La excusa conocida.
La necesidad.
El miedo.
Daniel siempre tenía una razón para fallarle.
Lily se apartó.
—Necesito espacio.
—Lily…
—Espacio, Daniel.
Pero el espacio no duró.
Días después, Lily estaba con Daniel cuando un hombre en un restaurante la acusó de haberlo tocado. Daniel no la defendió. Al contrario, le pidió que se disculpara.
—Lily es sensible —dijo, con sonrisa cobarde—. Discúlpate rápido.
Ella lo miró como si no lo reconociera.
—¿Quieres que me disculpe con un hombre que acaba de mentir sobre mí?
Daniel bajó la voz.
—No hagas una escena.
Entonces Lily entendió una parte que llevaba años negándose a ver:
Daniel no quería protegerla.
Quería que ella fuera fácil de manejar.
Edmund apareció como tormenta.
Arrancó a Lily de aquel lugar y la llevó a un parque de diversiones que había cerrado para ellos. Luces encendidas, juegos vacíos, música sonando para nadie.
—¿Crees que puedes comprarme con esto? —preguntó ella.
—No. Creo que puedo darte un día sin gente que te humille.
Ella miró las ruedas de la fortuna quietas, los puestos de algodón de azúcar, las luces de colores reflejándose en sus ojos cansados.
No quiso admitir que era bonito.
No quiso admitir que se sintió más protegida caminando junto a Edmund que con Daniel.
—Gracias por hoy —dijo al final—. Me divertí.
Edmund la miró como si esas palabras valieran más que todo su territorio.
—Entonces dame otro día. Como recompensa por salvarte.
—Aprecio lo que hiciste. Pero no puedo.
Daniel apareció entonces.
O mejor dicho, sus problemas aparecieron con él.
Unos hombres lo perseguían. Deudas. Amenazas. Mala suerte que ya no parecía mala suerte, sino patrón.
Edmund dio una orden y sus hombres atraparon a Daniel.
Lily se puso frente a él.
—Déjalo ir.
—Después de todo lo que te hizo, ¿todavía lo proteges?
—No por él. Por mí. No quiero deberte más.
Edmund apretó la mandíbula.
—Bien. Vendrás conmigo y lo soltaré.
—Eso es chantaje.
—Sí.
La palabra fue brutalmente honesta.
Lily aceptó para salvar a Daniel.
Esa noche, Edmund la llevó a su mansión.
No era una casa.
Era un reino.
Muros altos, puertas de hierro, pasillos de mármol, habitaciones silenciosas, hombres armados en cada esquina. Lily sintió el lujo como una jaula.
—¿Dónde está Daniel?
—Vivo.
—¿Qué hiciste con él?
Edmund se volvió.
—Entiende esto, Lily. Estás conmigo ahora.
Ella le dio una bofetada.
El sonido resonó en el dormitorio.
Los hombres de Edmund se tensaron.
Él no se movió.
Lentamente, se tocó la mejilla.
—Eres valiente.
—No. Estoy furiosa. Eres un enfermo controlador.
Edmund se acercó.
Lily retrocedió, pero no bajó la mirada.
—No voy a tocarte —dijo él.
—¿Se supone que debo agradecerlo?
—No. Es una regla. Nunca te tocaré mientras no estés completamente consciente y dispuesta.
Ella se quedó quieta.
Porque esperaba amenaza.
No una frontera.
—Quiero mi teléfono.
—No.
—No puedes mantenerme prisionera.
—Dentro de esta casa puedes ir donde quieras.
—Eso no es libertad.
—Es lo máximo que puedo darte sin perder la cabeza imaginando que vuelves con él.
—Nunca te amaré.
Edmund sonrió con amargura.
—Entonces tendré que aprender paciencia.
Le entregó una tarjeta.
—Cincuenta millones. Usa lo que quieras.
Lily la miró como si fuera veneno.
—No quiero tu dinero.
—Lo sé. Por eso vale la pena dártelo.
Los días en la mansión fueron una mezcla de rabia, vigilancia y momentos que Lily no quería recordar con ternura.
Edmund la llevaba a jugar billar para que no se volviera loca de aburrimiento. Le enseñaba a sostener el taco con paciencia. Se colocaba detrás de ella, demasiado cerca, guiando su postura.
—Un buen tiro depende de enfoque —dijo—. Paciencia. Control. Saber cuándo soltar.
—¿Hablas de billar o de mí?
—De las dos cosas.
Lily falló el tiro.
—Buen maestro, pésima metáfora.
Él rió.
Y aquella risa, inesperadamente humana, la desarmó más que sus regalos.
Un día, Lily logró escapar por unos minutos al baño del salón de billar. Llamó a Daniel.
—Necesito salir de aquí.
Daniel respondió con ansiedad.
—Lily, ¿puedes prestarme trescientos mil?
Ella creyó haber oído mal.
—¿Qué?
—Compré un coche. Debo dinero. Pero Edmund tiene plata, ¿no? Tú puedes pedírsela.
Lily sintió que algo se rompía.
—¿Quieres que use al hombre que me tiene encerrada para pagarte una deuda?
—No lo digas así.
—¿Me estás vendiendo?
Daniel calló.
Ese silencio fue una respuesta.
Aun así, Lily aceptó ayudarlo con sus préstamos estudiantiles, no con el resto. Era incapaz de cortar de golpe con la historia que llevaba años cargando.
Pero Daniel no era el único peligro.
Esa misma noche, unos hombres la secuestraron.
Cuando Lily despertó en una habitación desconocida, escuchó risas.
—La chica del jefe está buena.
Uno intentó acercarse.
Lily gritó.
La puerta se abrió con violencia.
Edmund entró.
No como amante.
No como pretendiente.
Como castigo.
Los hombres palidecieron. Uno susurró que era el jefe de la familia Tucker. Suplicaron. Edmund no escuchó.
Cuando todo terminó, él volvió junto a Lily.
Ella temblaba.
Él se arrodilló frente a ella, sin tocarla.
—¿Sigues asustada?
Lily, contra toda lógica, empezó a llorar.
Él la llevó de vuelta a la mansión. La acostó en su cama. Ella estaba medio dormida, vulnerable, con el cuerpo aún temblando.
Edmund se quedó a distancia.
—Hice una promesa —dijo en voz baja—. Nunca voy a tocarte si no estás plenamente consciente.
Lily cerró los ojos.
“Quizá”, pensó, “no es tan monstruo como creía.”
Pero el monstruo no era Edmund.
Era Daniel.
Cuando Edmund atrapó al hombre que vendió la ubicación de Lily, le permitió hablar con él. Lily entró a una habitación fría y vio a Daniel atado a una silla.
—No puede ser —susurró.
—Lily, escúchame —dijo Daniel—. Fue Edmund. Todo era parte de su plan. Quería jugar al héroe.
—Él me salvó.
—Exacto. Demasiada coincidencia, ¿no? Justo a tiempo. Justo en el lugar. Quiere que te sientas endeudada.
Lily dudó.
Daniel conocía sus heridas.
Sabía dónde presionar.
—Yo sí te salvé una vez —dijo él—. ¿Lo olvidaste? Arriesgué mi vida por ti cuando apenas nos conocíamos.
Lily cerró los ojos.
Aquel recuerdo era la raíz de todo.
El tiroteo. El miedo. El despertar. Daniel junto a ella. La idea de que alguien había puesto su vida entre ella y la muerte.
—Te amé, Lily —continuó Daniel—. Y ahora estás eligiendo al hombre que te encerró.
Lily se volvió hacia Edmund.
—Déjalo ir.
El rostro de Edmund se endureció.
—Después de venderte, ¿lo perdonas?
—Necesito saber la verdad por mí misma.
Edmund se acercó.
—¿Y si vuelve a traicionarte?
—Entonces será mi error. No el tuyo.
Edmund la miró largo tiempo.
Luego dio la orden.
Daniel fue liberado.
Pero cuando Lily se marchó con Edmund, él no la llevó a casa de Daniel.
La llevó de vuelta a la mansión.
—Desde ahora no sales de aquí.
—Eso es confinamiento ilegal.
—Entonces denúnciame. Si logras salir.
Lily lo empujó.
—Estás loco.
—Sí. Especialmente cuando se trata de ti.
Entonces llegó una invitación.
La familia Morrison quería discutir negocios en una fiesta formal. Edmund decidió llevar a Lily.
—¿Me sacas al mundo? —preguntó ella con ironía.
—No cantes victoria. Sigues vigilada.
—Quizá pueda hacer algo para que me odies.
—Inténtalo.
La noche de la fiesta, Lily bajó con un vestido oscuro que le quedaba demasiado bien.
Edmund la vio y se quedó quieto.
—Hermosa.
—No empieces.
—Demasiado tarde.
En la fiesta, Lily intentó provocarlo. Coqueteó con un camarero, fingió atrevimiento, incluso repitió una escena de la película de gánsteres que él le había mostrado, esperando avergonzarlo.
Edmund no se enfureció.
Se acercó, la tomó de la mano y sonrió.
—La próxima vez, mantén los dedos lejos de extraños.
Ella parpadeó.
—¿No estás furioso?
—Estoy aprendiendo a no arruinar todo lo que quiero conservar.
Esa frase la siguió hasta el coche.
Cuando discutieron afuera, Lily gritó:
—¡No soy tu mujer!
Edmund respondió con dureza:
—Le dije a todos que lo eras para salvarte. ¿Sabes lo que significa para ti que otros mafiosos crean que estás bajo mi protección?
—Significa que tú mismo creaste el problema.
—Significa que nadie se atreverá a tocarte sin enfrentarme.
—No pedí eso.
—Lo sé.
Por primera vez, Edmund pareció cansado.
—Pero no sé amarte de otra forma todavía.
Lily se quedó sin palabras.
Esa noche Edmund la dejó ir.
Libre.
Sin hombres visibles.
Sin amenazas.
Lily caminó por la calle como si hubiera recuperado el aire.
Pero la libertad no se sintió como esperaba.
Se sintió vacía.
Daniel la esperaba.
—Ven al casino conmigo —dijo—. Tengo una deuda enorme. Necesito probar suerte.
—Daniel, no podemos seguir así.
—Por favor. Es mi única salida.
Lily aceptó.
No por amor.
Por costumbre.
El casino era territorio enemigo. Y Daniel lo sabía.
Allí, finalmente, la verdad cayó sin adornos.
Daniel la entregó a Charles, un rival de Edmund, para saldar sus deudas.
—Es la chica que Edmund quiere —dijo Daniel—. Hará cualquier cosa por ella.
Lily sintió que la sangre se le helaba.
—¿Me estás vendiendo?
Daniel ni siquiera tuvo vergüenza.
—No es la primera vez.
—¿Qué?
—La vez anterior también fui yo. Si Tiffany no se hubiera ido por tu culpa, ambos me habrían dado dinero.
Lily retrocedió.
—Entonces sí me engañaste.
—Nunca te amé. Y lo de salvarte… tampoco fui yo.
El mundo se detuvo.
—¿Qué dijiste?
Daniel soltó una risa cruel.
—Yo estaba en el lugar correcto en el momento correcto. Eso es todo. Tú sola inventaste el resto.
Lily sintió años de sacrificio derrumbarse.
Préstamos pagados.
Perdones.
Bodas.
Defensas.
Todo construido sobre una mentira.
Los hombres de Charles la tomaron.
—Llévenla al sótano.
Cuando Edmund recibió la noticia, sus hombres intentaron detenerlo.
—Es una trampa.
—Quítate de mi camino.
—Eres la cabeza de la familia Tucker. No puedes arriesgarte por una mujer.
Edmund los miró con una calma aterradora.
—Esa mujer es la razón por la que sigo vivo.
Y fue por ella.
En el casino, Charles lo esperaba con una sonrisa.
—Pensé que no vendrías.
Lily, atada y temblando, negó con la cabeza.
—No debiste venir. Eres el objetivo.
Edmund la miró.
—No importa qué pase, siempre voy a protegerte.
Charles quiso negociar. Territorio a cambio de salida. Luego cambió el juego.
—Ruleta rusa.
Lily gritó que no.
Edmund aceptó con una condición:
—Ella se va ahora.
—No me voy sin ti —dijo Lily.
Edmund se acercó. Le tomó el rostro entre las manos.
—Te prometo que volveré.
Luego le inyectó un sedante suave que sus hombres tenían preparado.
—Perdóname.
—Edmund…
—Sácala de aquí —ordenó.
Cuando Lily despertó, Edmund estaba vivo.
Herido, agotado, pero vivo.
Ella lo abrazó antes de recordar que se suponía que aún debía odiarlo.
—Estaba tan asustada.
Edmund sonrió débilmente.
—¿Cómo voy a morirme si todavía no he logrado que te enamores de mí?
Lily lloró contra su pecho.
Y por primera vez, no respondió que nunca lo amaría.