PART 2: Cuando amar al Don empezó a costar libertad
Sophia pasó la mañana odiando la nota.
Luego la dobló y la guardó bajo la almohada.
Después la sacó otra vez.
La leyó de nuevo.

Nada cambia, Bella.
Qué arrogancia.
Qué promesa.
Qué forma tan peligrosa de hacer que una mujer quisiera creer.
Se duchó demasiado tiempo, como si el agua caliente pudiera borrar la sensación de las manos de Lorenzo en su cintura, su boca en su cuello, su voz diciendo su nombre como si hubiera descubierto una oración antigua.
Al salir, encontró a Marco Bellini en el pasillo de su edificio.
Traje gris.
Rostro serio.
Manos cruzadas frente al cuerpo.
—Buenos días, señorita Blake.
Sophia casi golpeó la puerta con el hombro.
—¿Qué hace aquí?
—Seguridad.
—Yo no pedí seguridad.
—El capo sí.
—El capo no vive aquí.
—Correcto.
Sophia apretó los labios.
—¿Piensa seguirme todo el día?
—A distancia respetuosa.
—¿Y quién define respetuosa?
Marco lo pensó.
—Usted, probablemente. Si grita, retrocedo.
Sophia no quiso reír.
Casi lo hizo.
—Dígale a Lorenzo que no soy un paquete que se custodia.
Marco asintió.
—Se lo diré.
—¿Lo hará de verdad?
—Sí.
—¿Y él qué dirá?
—Probablemente que el paquete es muy terco.
Sophia lo miró mal.
Marco bajó la vista.
—Fue una mala elección de palabras.
En Rosy’s, Rosie la miró una sola vez y sonrió.
—No dormiste sola.
Sophia dejó la bolsa detrás de la barra.
—No voy a hablar de eso.
—Eso significa que sí.
—Rosie.
—¿Fue bueno?
—¡Rosie!
Manny asomó desde la cocina.
—¿De quién hablamos?
—De nadie —dijo Sophia.
Rosie señaló la caja del uniforme nuevo, que Sophia había traído sin saber por qué.
—Ponte eso. El viejo ya merece entierro.
—No.
—¿Por orgullo?
—Por principios.
—Los principios no deberían tener costuras rotas.
Sophia se cambió solo porque Rosie amenazó con quemar el uniforme viejo mientras lo llevaba puesto. El nuevo le quedaba perfecto. No de una forma provocativa. De una forma que la hacía verse cuidada. Como si alguien hubiera tomado sus medidas no para exhibirla, sino para devolverle dignidad.
Cuando salió del baño, Rosie se llevó una mano al pecho.
—Ese hombre tiene gusto.
—Es un uniforme.
—No, cariño. Es una disculpa cosida.
Sophia trabajó todo el día con la sensación absurda de que Lorenzo estaba allí aunque no lo estuviera.
En el booth donde él sangró.
En el anillo que seguía guardado bajo la caja registradora.
En los guardias discretos frente al local.
En su teléfono, que no sonó hasta las diez de la noche.
¿Comiste?
Sophia miró el mensaje.
Respondió:
No soy una niña.
Lorenzo escribió:
No pregunté tu edad. Pregunté si comiste.
Ella no pudo evitar sonreír.
Sí. Sándwich de pavo.
Eso no es cena.
Usted no tiene voto.
Todavía.
Sophia dejó el teléfono boca abajo y se odió por sonreír.
A medianoche, salió por la puerta trasera.
Lorenzo estaba allí.
No en el coche.
No sentado como jefe.
De pie bajo la lluvia ligera, con flores en la mano.
Tulipanes blancos.
—Lo siento —dijo antes de que ella hablara.
Sophia se detuvo.
—Eso fue rápido.
—Te fuiste a dormir con un hombre y despertaste con una nota. Mereces más que eso.
La respuesta le quitó parte de la rabia.
Solo parte.
—Sí.
—Tuve que irme.
—Eso no es una explicación.
Lorenzo miró las flores.
—Hubo una reunión. Un hombre decidió que traicionarme era conveniente. Tuve que hacerle entender que se equivocaba.
Sophia sintió frío.
—¿Está vivo?
Lorenzo sostuvo su mirada.
—Sí.
—¿Por decisión suya?
—También.
Ella cerró los ojos.
—Esto es exactamente lo que no sé si puedo manejar.
—Lo sé.
—No quiero despertar sola con una nota mientras usted vuelve a un mundo donde decidir si alguien vive o muere parece parte de la agenda.
—No es así.
—¿No?
Lorenzo no mintió.
Eso fue lo peor.
—A veces sí.
Sophia se apartó un paso.
—Entonces no sé qué soy para usted.
Lorenzo dejó las flores sobre una caja junto a la pared y se acercó despacio.
—Todo.
Sophia soltó una risa temblorosa.
—No diga cosas así.
—Es la verdad.
—Apenas me conoce.
—Sé que tomas café con demasiada crema cuando estás triste. Sé que odias pedir ayuda incluso cuando la necesitas. Sé que remiendas tu ropa antes de comprarte algo nuevo. Sé que escribes con bolígrafos baratos pero guardas cada cuaderno como si fuera oro. Sé que cuando tienes miedo levantas la barbilla, no bajas la mirada. Sé que ayudaste a un hombre que todos los demás abandonaron porque tu corazón es más valiente que tu instinto de supervivencia.
Sophia sintió que los ojos se le llenaban.
—Eso no es suficiente para amar a alguien.
—No. Pero es suficiente para empezar a no poder olvidarla.
La lluvia caía entre ellos.
Lorenzo bajó la voz.
—Dame una oportunidad. No te pido que entres en mi mundo sin miedo. Te pido que me dejes aprender cómo no arrastrarte a él.
Sophia lo miró.
—Usted no sabe ir lento.
—Aprenderé.
—No sabe pedir sin convertirlo en orden.
—Aprenderé.
—No sabe amar sin proteger demasiado.
—Eso tal vez me tome más tiempo.
La honestidad la hizo llorar.
Lorenzo levantó una mano, se detuvo antes de tocarla.
Esperó.
Sophia asintió.
Él le secó una lágrima con el pulgar.
—Una oportunidad —dijo ella.
Lorenzo cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, parecía menos Don y más hombre.
—Una oportunidad.
Durante las semanas siguientes, Lorenzo Moretti intentó ir lento.
A su manera.
Lo cual significaba que las flores llegaban cada dos días en lugar de cada día, los guardias se quedaban al otro lado de la calle y no pegados a la puerta, y Marco aprendió a pedir permiso antes de acompañarla hasta el coche.
Para Sophia, aquello seguía siendo demasiado.
Para Lorenzo, era casi desnudez emocional.
Cenaron en lugares pequeños. Caminaron por calles húmedas después de medianoche. Él la llevó a una librería de segunda mano que permanecía abierta tarde y compró cada novela que ella tocó más de tres segundos.
—No puede comprarme todos los libros que miro —dijo Sophia.
—Puedo.
—No debe.
—Eso es distinto.
—Lorenzo.
Él dejó el libro en su lugar con una expresión de sacrificio trágico.
—Estoy aprendiendo.
También empezó a leer su novela.
Sophia se la dio una noche con más miedo que cuando le presionó la herida. Era más fácil tocar sangre que entregar palabras.
Lorenzo leyó en silencio durante una hora.
No interrumpió.
No revisó el teléfono.
No hizo bromas.
Cuando terminó el primer capítulo, levantó la mirada.
—Tu protagonista se siente sola incluso rodeada de gente.
Sophia tragó.
—Sí.
—Y el hombre que conoce parece peligroso, pero el verdadero peligro es que ella empieza a querer vivir otra vez.
Ella se quedó sin aire.
—Eso no está escrito exactamente así.
—No hace falta. Está debajo.
Nadie había leído sus palabras así.
No como entretenimiento.
Como verdad.
—¿Es malo? —preguntó ella.
Lorenzo frunció el ceño.
—No vuelvas a preguntar eso.
—¿Por qué?
—Porque alguien te hizo creer que lo que creas necesita pedir disculpas. No es cierto.
Sophia miró sus manos.
—Mi madre decía que algún día iba a escribir algo hermoso.
—Tu madre tenía razón.
Esa noche fue la primera vez que Sophia lloró frente a él sin intentar esconderse.
Lorenzo no la llenó de frases.
Solo se sentó a su lado.
Y eso, para Sophia, significó más.
Un viernes, la llevó a su penthouse en Manhattan.
Sophia esperaba mármol frío, paredes blancas y silencio de museo. Encontró lujo, sí, pero también libros, juguetes en una esquina, dibujos pegados en la nevera y un niño de nueve años escondido detrás de una puerta.
—Luca —dijo Lorenzo—, sal.
El niño apareció con desconfianza.
Cabello oscuro, ojos grandes, rodillas huesudas.
—¿Ella es la camarera? —preguntó en italiano.
Sophia sonrió en el mismo idioma:
—Depende. ¿Tú eres el niño que espía detrás de puertas?
Luca abrió los ojos.
Lorenzo rio.
—Te atrapó.
—Hablas italiano —dijo el niño.
—Un poco.
—Tu acento es raro.
—El tuyo también.
Luca la miró un segundo más.
Luego decidió:
—Me caes bien.
Sophia sintió una calidez inesperada.
Esa noche vio a Lorenzo convertirse en otra persona. Ayudó a Luca con matemáticas, le cortó la pasta aunque el niño insistía en que ya era grande, revisó que se lavara los dientes y le ajustó la manta antes de dormir.
Sophia observó desde la puerta.
—Lo amas mucho.
Lorenzo no se giró.
—Es el hijo de mi hermana.
—¿Qué le pasó?
La pregunta salió suave.
Lorenzo guardó silencio.
—Mi mundo le pasó.
Sophia no insistió.
Él continuó:
—Murió en una explosión destinada a mí. Luca tenía cuatro años. Desde entonces vive conmigo.
Sophia sintió que el corazón se le apretaba.
—Lo siento.
—Yo también.
En el balcón, con Manhattan brillando abajo, Lorenzo dijo:
—Quiero que te mudes aquí.
Sophia casi se atragantó con el vino.
—¿Qué?
—Tu apartamento no es seguro.
—Lorenzo.
—Puedo protegerte mejor aquí.
—Lorenzo.
—Quiero despertar contigo. Quiero volver y encontrarte escribiendo en mi sofá. Quiero que Luca te vea en la mesa del desayuno. Quiero—
—Quiere tenerme donde pueda verme.
Él se detuvo.
Sophia dejó la copa.
—Usted confunde amor con control.
—No.
—Sí. Lo entiendo. Sé que hay amenazas. Sé que ha perdido gente. Pero yo no puedo convertirme en algo que guarda en una torre para no tener miedo.
Lorenzo apretó la mandíbula.
—No quiero encerrarte.
—Pero sabe hacerlo demasiado bien.
El teléfono de Lorenzo sonó.
Él miró la pantalla.
Su rostro cambió.
El Don volvió.
—Tengo que irme.
Sophia rió con tristeza.
—Claro.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Cerrar una puerta antes de escucharme.
—¿Y usted no acaba de cerrar una?
Lorenzo guardó el teléfono.
Parecía luchar consigo mismo.
—Marco te llevará a casa.
—No.
—Sophia—
—No soy una pieza de su operativo.
El silencio se tensó.
Sophia vio el impulso en él: ordenar, imponer, proteger aunque la protección se pareciera a una jaula.
Pero Lorenzo respiró.
—Tienes razón.
Ella parpadeó.
No esperaba eso.
—¿Qué?
—Tienes razón. Pero esta noche, por favor, deja que Marco te lleve. No porque te lo ordeno. Porque te lo pido. Hay algo moviéndose en la ciudad y necesito saber que llegas viva.
Aquello fue distinto.
No perfecto.
Pero distinto.
Sophia aceptó.
Al día siguiente no contestó sus llamadas.
Necesitaba espacio.
Necesitaba recordar que tenía vida fuera de coches negros, guardias, flores y un hombre que besaba como si supiera que el mundo se estaba quemando.
Durante dos días, trabajó y escribió.
El tercer día, Lorenzo entró en Rosy’s durante el almuerzo.
El diner se quedó en silencio.
Él caminó directo hacia ella.
—¿Por qué me evitas?
Sophia sostuvo la cafetera.
—Estoy trabajando.
—No mientas.
—No me hable así.
Lorenzo se detuvo.
Aspiró.
—Perdón.
Rosie, desde la caja, murmuró:
—Interesante.
Sophia dejó la cafetera.
—Quiere honestidad. Estoy asustada.
El rostro de Lorenzo cambió.
—Lo sé.
—No. No lo sabe. Estoy asustada de su mundo. De las llamadas. De las armas. De no saber si va a volver a casa. De convertirme en la mujer que espera mirando una puerta. De enamorarme de usted y descubrir que amar a Lorenzo Moretti me va a destruir.
El diner entero escuchaba.
Lorenzo no pareció notarlo.
—¿Te estás enamorando de mí?
Sophia abrió la boca.
—Eso no es lo importante.
—Para mí es lo único importante.
—Lorenzo.
Él se acercó, despacio.
—Yo ya estoy enamorado de ti. Completamente. Desde que te arrodillaste frente a mí y elegiste salvarme cuando todos los demás huyeron. Desde que me hablaste como hombre y no como mito. Desde que leí tus palabras y entendí que todavía hay partes de mí que quieren algo mejor.
Sophia sintió lágrimas.
—No puede saber eso tan rápido.
—He sabido menos cosas con más certeza y he construido imperios con ellas.
—Esto no es un imperio.
—No. Es más importante.
Ella lo miró.
Lorenzo levantó las manos, pidiendo permiso.
Ella asintió.
Él le tocó el rostro con una delicadeza que no pertenecía a los hombres de los artículos.
—No prometo ser fácil —dijo—. Pero prometo aprender.
Sophia lloró.
—Está bien. Lo intentaré.
Lorenzo la besó delante de todo el diner.
No como reclamo.
Como promesa.
Y ese fue el error.
Porque desde ese día, ya no fue secreto que Sophia Blake era el punto débil de Lorenzo Moretti.
Marco Vega apareció un mes después.
Sophia estaba terminando su turno cuando un hombre de traje azul oscuro se sentó en su sección. Era elegante, delgado, con una sonrisa demasiado limpia. Sus ojos no sonreían.
—Sophia Blake —dijo—. La mujer de Lorenzo Moretti.
La alarma sonó en el cuerpo de Sophia.
—¿Qué desea tomar?
—Nada. Solo quería conocerte.
—Entonces se equivocó de lugar.
—Soy Marco Vega.
El nombre no le decía mucho, pero la forma en que Marco, el guardia de Lorenzo, se enderezó al otro lado del diner, sí.
Vega sonrió.
—Lorenzo y yo tenemos asuntos pendientes. Dinero. Territorio. Sangre. Cosas aburridas. Pero tú… tú eres nueva.
Sophia mantuvo la mano firme sobre el bloc.
—No tengo nada que ver con sus negocios.
—No. Pero tienes todo que ver con él.
Vega dejó un billete de cien dólares sobre la mesa.
—Dile que ahora entiendo por qué se distrae.
Sophia llamó a Lorenzo con manos heladas.
Él llegó en doce minutos.
No quince.
Doce.
Al escuchar el nombre, su rostro se volvió piedra.
—No volverás a trabajar hasta que esto termine.
Sophia se tensó.
—No puede decidir eso.
—Vega vino a tu trabajo.
—Y usted está haciendo exactamente lo que temía.
—Esto no es control. Es supervivencia.
—Para usted todo se llama supervivencia cuando quiere decidir por mí.
Lorenzo se pasó una mano por el cabello.
Por primera vez, parecía realmente desesperado.
—Sophia, por favor.
Aquella palabra la detuvo.
—Si él vino aquí, se atreverá a más. No puedo arriesgarte.
Ella vio miedo.
No autoridad.
Miedo.
Y eso la hizo más difícil de resistir.
—Solo hasta que termine —dijo.
—Solo hasta que termine.
Pero las guerras de hombres como Lorenzo nunca terminaban rápido.
La llevaron a una casa segura fuera de la ciudad.
Era hermosa.
Jardín.
Ventanas blindadas.
Camas enormes.
Cocina llena.
Guardias en cada entrada.
Una prisión con flores.
Sophia intentó escribir, pero las palabras no salían. Su novela esperaba abierta sobre una mesa elegante, y ella solo podía mirar el cursor parpadear como una acusación.
Lorenzo llamaba cada pocas horas.
—¿Comiste?
—¿Dormiste?
—¿Los guardias son respetuosos?
—¿Necesitas algo?
Ella siempre decía:
—Necesito volver a mi vida.
Él siempre respondía:
—Pronto.
Al cuarto día, la luz se apagó.
Sophia levantó la vista.
—¿Hola?
Pasos arriba.
Voces bajas.
El guardia interior entró corriendo.
—Tenemos que moverla ahora.
Demasiado tarde.
La puerta explotó.
Marco Vega entró con cuatro hombres armados.
—Hola otra vez, señorita Blake.
El guardia intentó sacar el arma.
Cayó antes de lograrlo.
Sophia retrocedió.
Un pinchazo en el cuello.
Vega sonrió.
—Lorenzo debería haber sabido que las casas seguras solo son seguras hasta que alguien paga mejor.
Todo se volvió negro.
Cuando despertó, estaba atada a una silla.
Muñecas inmovilizadas.
Cabeza palpitando.
Boca seca.
Un almacén frío, luces industriales, olor a metal y polvo.
Marco Vega estaba sentado frente a ella, revisando el teléfono.
—No quería ser tan dramático —dijo—. Pero Lorenzo ignoraba mis llamadas.
Sophia tiró de las ataduras.
—Él lo matará.
—Probablemente.
Vega sonrió.
—Pero no antes de pagar.
Le tomó una foto.
Sophia sintió terror.
Un terror limpio, total, físico.
Pero debajo del miedo había una certeza que la sostuvo:
Lorenzo vendría.
Y eso la asustó casi tanto como la calmó.
Porque si Lorenzo venía, habría sangre.
Y Sophia ya no sabía si rezaba para evitarla…
O para que él llegara lo bastante rápido.
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