PARTE 4
El primer intento de matar a la novia
Dante se movió antes de que Valentina oyera el segundo disparo.
La tomó por la cintura y la tiró detrás de una columna de mármol.
No la tocó de más.
No dudó.
La protegió como quien ya había ensayado cien veces el desastre.
—Agáchese.
—No me dé órdenes.
—Entonces sobreviva en silencio.
Otra bala golpeó la mesa principal.
Copas rotas.
Gritos.
Sangre en la mano de un camarero.
Guardias corriendo.
Los hombres de Dante respondieron sin disparar al público. Bloquearon salidas, cubrieron ángulos, sacaron a los invitados no implicados.
Valentina respiraba rápido, pero no gritaba.
Dante la miró.
—Está herida?
—Mi paciencia.
—Buena señal.
Un hombre armado intentó entrar por la cocina.
Dante lo derribó con un golpe seco contra la garganta y le quitó el arma. No disparó. Le rompió la muñeca contra el suelo y lo dejó a sus hombres.
Valentina vio el movimiento.
Profesional.
Frío.
Controlado.
No era violencia caótica.
Era precisión.
—¿Siempre resuelve las discusiones así?
Dante la miró.
—Solo las mal redactadas.
Ella vio a Sergio correr hacia una salida lateral.
No hacia ella.
Hacia fuera.
—Sergio!
Él se congeló.
Dante siguió su mirada.
—Su prometido anterior tiene instinto de rata.
—Ex prometido.
—Mejor para las ratas.
Valentina intentó levantarse.
Dante la detuvo con un brazo delante, sin tocarla.
—No.
—Ese cobarde sabe algo.
—Y si corre, mis hombres lo sabrán también.
En efecto, dos hombres de Dante bloquearon a Sergio antes de que saliera.
La luz de emergencia se encendió.
El ataque terminó en tres minutos.
Pero dejó claro algo:
quien quisiera matar a Valentina no iba a esperar noventa días.
Dante arrastró a uno de los atacantes hasta el centro del salón.
El hombre tenía una herida en la ceja y miedo en la boca.
Dante se agachó frente a él.
—Nombre.
Silencio.
Dante sonrió.
No bonito.
Peligroso.
—Le pregunté una cosa fácil.
El hombre miró hacia la mesa de Arturo.
Valentina lo vio.
Dante también.
Arturo levantó las manos.
—No sé quién es.
Valentina caminó hacia su tío.
El borde de su traje blanco tenía manchas de sangre ajena.
—Arturo.
—Sobrina, por Dios…
—No use a Dios. Tiene mejores abogados que santos.
Camila empezó a llorar.
Sergio, retenido por los hombres de Dante, gritó:
—Yo no sabía del ataque!
Valentina se giró.
—Pero sabías del contrato.
Él bajó la mirada.
Suficiente.
Dante recibió un mensaje en su teléfono.
Lo leyó.
Su rostro se endureció.
—Encontraron un coche bomba en el garaje.
Valentina cerró los ojos un segundo.
El garaje.
Donde habría estado si no firmaba el segundo contrato.
Dante guardó el teléfono.
—Ahora entiende?
Valentina abrió los ojos.
—Sí.
Miró a todos los que habían asistido a verla caer.
—Entiendo que mi boda acaba de convertirse en una auditoría.
Dante sonrió apenas.
—Qué romántico.
👉 [Haz clic aquí para leer la siguiente parte] 👈