PARTE 10
El accidente
Valentina perdió la razón antes que el poder.
Mateo la encontró borracha, llorando en un estacionamiento.
—Camila me robó todo —dijo ella—. Leonardo, la herencia, la posición… hasta mi padre la mira como si tuviera miedo.
—Podemos hacer algo —susurró Mateo.
—¿Algo?
—Asustarla. Nada grave.
Valentina lo miró con ojos vacíos.
—Quiero que desaparezca.
Mateo retrocedió.
—Eso es ilegal.
—Cobarde.
Aquella palabra bastó.
La noche siguiente, Camila y Leonardo salían de una reunión cuando un coche aceleró hacia ellos.
El objetivo era Camila.
Leonardo la empujó.
El coche lo golpeó a él.
Todo fue ruido, lluvia, vidrio y un grito que Camila no reconoció como propio.
—¡Leonardo!
En el hospital, los médicos hablaron de traumatismo, cirugía, riesgo.
Camila se quedó junto a la cama.
—Debí ser yo.
Beatriz la abrazó.
—No digas eso.
—El coche venía por mí.
—Y él eligió.
Cuando Leonardo despertó, fingió perder la memoria.
—¿Quién eres?
Camila palideció.
—Soy tu esposa.
Él la miró.
—¿Mi esposa es tan hermosa?
Camila lloró y lo golpeó suavemente.
—¡Idiota!
—Quería comprobar si seguías queriéndome.
—Casi te mueres y haces bromas.
—Escuché que dijiste que preferías estar en mi lugar.
Camila cerró los ojos.
—Porque te amo.
Leonardo dejó de sonreír.
—Dilo otra vez cuando no esté herido. Quiero disfrutarlo mejor.
La policía detuvo a Valentina en el aeropuerto.
Mateo intentó culparla por todo.
Valentina intentó culpar a Mateo.
Ambos cayeron.
Pero el verdadero golpe llegó cuando Leonardo reunió a Octavio Herrera, Valentina y los abogados de Salvatierra.
Allí mostró la verdad:
Octavio había empujado a Isabel Salvatierra a una muerte provocada, transfirió los bienes de su familia a los Herrera y abandonó a la bebé recién nacida para quedarse con la herencia y formar una nueva familia.
Camila escuchó sin lágrimas.
A veces el dolor más grande no llora.
Octavio cayó de rodillas.
—Hija, quiero compensarte.
Camila lo miró.
—Veinte años tarde.
—Soy tu padre.
—No. Eres el hombre que mató a mi madre y abandonó a su hija.
Leonardo ordenó que lo llevaran.
Los bienes Salvatierra fueron reclamados legalmente.
Valentina, Octavio y Mateo terminaron enfrentando prisión.
Camila heredó lo que siempre fue suyo.
Pero, por primera vez, la riqueza no le importó tanto como una pregunta:
¿Podía una mujer que nunca tuvo familia construir una sin miedo?
Leonardo respondió sin esperar que ella preguntara.
—Tienes a mi madre. Me tienes a mí. Y un día, si quieres, tendremos hijos que jamás tendrán que ganarse el amor de nadie.
Camila lloró entonces.
No por lo perdido.
Por lo que quizá aún podía nacer.
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