PARTE 6
El matrimonio por contrato
La llamada llegó a las dos de la madrugada.
Era Ramiro Ríos, el hombre que Camila llamaba padre aunque nunca la trató como hija.
—Necesito trescientos mil.
Camila se sentó en la cama.
—¿Otra vez apostaste?
—No me hables así. Soy tu padre.
—Eres un hombre que me golpeaba cuando no llevaba dinero a casa.
—Si no pagas, venderé a tu hermana Lola. Ya hay un hombre mayor ofreciendo buen precio.
Camila sintió que la sangre se le congelaba.
—Lola tiene dieciséis años.
—Entonces paga.
Leonardo, que había llamado justo después y escuchó parte de la conversación, apareció en su puerta minutos más tarde.
—No vas a darle dinero sin plan.
—Es mi hermana.
—Y él seguirá usándola.
—¿Qué quieres que haga?
Leonardo respiró.
—Hagamos un trato.
Camila lo miró.
—¿Qué tipo de trato?
—Mi madre exige una esposa. Tú necesitas proteger a tu hermana y cortar a Ramiro. Casémonos.
Ella se rió.
Luego vio que él hablaba en serio.
—¿Estás loco?
—Probablemente.
—¿Matrimonio por dinero?
—Matrimonio por necesidad. Te doy protección legal, recursos para Lola y estabilidad. Tú me ayudas con mi familia.
Camila lo miró largo rato.
—¿Y si quiero divorciarme?
—Cuando quieras.
—¿No interferiremos en nuestras vidas?
Leonardo la miró con una intensidad extraña.
—Eso dijiste tú.
—¿Y tú?
—Yo digo que no soy tan bueno fingiendo indiferencia como antes.
Se casaron en una oficina privada.
Sin flores.
Sin fiesta.
Con un documento que parecía sencillo y un silencio lleno de cosas no dichas.
Camila firmó como quien rescata a alguien.
Leonardo firmó como quien intenta convencerse de que no está empezando a amar.
Cuando salieron, él dijo:
—Señora Fuentes.
Camila tragó saliva.
—Es de contrato.
—El papel no lo sabe.
Ella lo miró.
—No juegues conmigo, Leonardo.
—No estoy jugando.
La madre de Leonardo, Beatriz, no sabía nada. Mientras tanto, Valentina logró entrar a Fuentes Group como nueva directora recomendada por la familia Herrera.
El primer día, pidió a Camila un vaso de agua caliente.
Luego fingió que Camila se lo había derramado encima.
Después tomó otro vaso y lo lanzó sobre la mano de Camila.
—Esto es reciprocidad —dijo.
Camila apretó los dientes.
No lloró.
Cuando Leonardo vio la quemadura, su rostro se volvió frío.
—¿Quién hizo esto?
—No importa.
—A mí sí.
—Tu prometida, según la empresa.
Leonardo sostuvo su mano con cuidado.
—No tengo prometida.
—Todos dicen que sí.
—Entonces todos están equivocados.
Camila quiso creerle.
Pero sabía que el mundo de los ricos tenía muchas habitaciones donde una mujer como ella podía quedar encerrada.
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