Quinn Morgan pensó que la peor noche de su vida sería cuando su propio padre intentó venderla para pagar una deuda de casino.
Pero después de su muerte, la madre que la abandonó volvió a usarla como moneda, esta vez dentro de una familia millonaria.
Lo que nadie esperaba era que Justin Cole, el heredero arrogante que fingía ser perfecto, acabaría arriesgándolo todo por la chica que llegó a su casa sin nada.

Quinn Morgan aprendió aquella noche que la vergüenza tiene olor.
Huele a humo de cigarro pegado en alfombras caras.
A whisky barato derramado sobre mesas de casino.
A perfume ajeno, demasiado dulce, demasiado pesado.
A miedo.
Ella estaba sentada en una habitación privada del Golden Crown Casino, con un vestido que no eligió, zapatos que le lastimaban los talones y el corazón latiéndole tan fuerte que apenas escuchaba la música que venía del salón principal.
Su padre estaba frente a ella.
Morgan.
Así lo llamaban todos.
Nunca “señor”.
Nunca con respeto.
Solo Morgan, el hombre que siempre debía, siempre prometía pagar y siempre volvía a perder.
Tenía la camisa arrugada, la corbata floja y los ojos húmedos de alcohol.
No podía mirarla de frente.
Eso fue lo que más miedo le dio a Quinn.
Su padre había mentido muchas veces.
Le había prometido dejar de apostar.
Le había jurado que la universidad sería posible.
Le había dicho que solo necesitaba una última buena noche, una última racha de suerte, un último préstamo.
Pero aquella vez ni siquiera intentó mentir bien.
— Vas a ir esta noche —dijo—. Y no quiero discutir.
Quinn lo miró sin entender.
— ¿Ir a dónde?
Él se pasó una mano por la cara.
Parecía envejecido de golpe, como si la vida le hubiera cobrado todas las deudas en una sola hora.
— Solo haz lo que te digan.
El silencio entre ellos se volvió horrible.
Quinn sintió el estómago cerrarse.
— No.
Su voz salió baja.
— No puedes estar diciendo lo que creo que estás diciendo.
— No empieces.
— Soy tu hija.
La palabra “hija” quedó en el aire.
Su padre apretó la mandíbula.
— Cállate.
— ¿Me estás vendiendo?
Él golpeó la mesa con la palma.
— ¡Cállate!
Quinn se sobresaltó.
No porque nunca le hubiera gritado.
Sino porque en esa explosión no había culpa.
Solo desesperación.
Y la desesperación de un hombre cobarde era más peligrosa que su crueldad.
— Debo dinero —dijo él, más bajo—. Mucho dinero. Si no pago, nos van a matar.
— Entonces ve a la policía.
Morgan soltó una risa amarga.
— La policía no paga deudas de juego.
— Yo tampoco.
Sus ojos, por fin, se levantaron hacia ella.
— Tienes dieciocho años. Eres bonita. Una noche y salimos de esto.
Quinn sintió náuseas.
La habitación se volvió demasiado pequeña.
Pensó en las noches en que había trabajado turnos dobles en cafeterías para comprar libros usados.
En las solicitudes de beca.
En el correo de la universidad que todavía guardaba impreso bajo el colchón.
En todas las veces que se dijo que si sobrevivía hasta septiembre, si pagaba la matrícula, si se alejaba de su padre, todo sería distinto.
Y ahora él la estaba convirtiendo en pago.
— No voy a hacerlo.
Morgan se levantó.
Por un segundo Quinn creyó que la golpearía.
No lo hizo.
Eso habría sido más honesto.
Solo se inclinó hacia ella con una mirada vacía.
— Entonces no vuelvas a llamarme padre cuando vengan por los dos.
Salió.
La puerta se cerró detrás de él.
Quinn se quedó sola.
El vestido le picaba la piel.
Los zapatos le apretaban.
La música del casino seguía como si nada.
Como si en otra habitación no acabaran de romper algo que nunca podría repararse.
Pasaron unos minutos.
Tal vez diez.
Tal vez menos.
Quinn estaba intentando decidir si podía escapar por la puerta trasera cuando un hombre entró.
Treinta y tantos.
Traje claro.
Sonrisa aceitosa.
Ojos que no miraban su rostro, sino el precio imaginario sobre su cuerpo.
— Así que tú eres la chica de Morgan.
Quinn retrocedió.
— Me voy.
Él rió.
— No creo.
— No me toque.
— ¿Para qué vestirse así si vas a hacerte la difícil?
Se acercó.
Quinn agarró una botella de agua de la mesa.
Su mano temblaba tanto que casi se le cayó.
— Dije que no me toque.
El hombre extendió la mano hacia ella.
Entonces una voz habló desde la puerta.
— Está conmigo.
El hombre se congeló.
Quinn giró.
En el umbral estaba un chico que no pertenecía a ese cuarto, aunque parecía pertenecer al casino entero.
Alto.
Guapo de una forma irritante.
Cabello oscuro, sonrisa torcida, chaqueta negra sobre una camisa blanca abierta en el cuello.
Tenía veintiún años, quizá.
Pero se movía con la confianza de alguien que había crecido viendo a otros obedecer.
Sus ojos se posaron en Quinn un segundo.
Luego en el hombre.
La sonrisa desapareció.
— Señor Cole —dijo el hombre, retrocediendo de inmediato—. No sabía que estaba con usted. Mis disculpas.
Cole.
Quinn conocía ese apellido.
Todo el mundo lo conocía.
Davis Cole, dueño de empresas, hoteles, inversiones, fundaciones, edificios en media ciudad.
Y el chico frente a ella debía ser Justin Cole.
El heredero.
El hijo perfecto.
El príncipe de una fortuna que Quinn solo había visto en noticias económicas y revistas que limpiaba de mesas.
Justin no levantó la voz.
No amenazó.
Solo inclinó un poco la cabeza.
— Entonces sal.
El hombre salió.
Rápido.
Con la dignidad hecha pedazos.
Quinn soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
— Gracias.
Justin cerró la puerta detrás de sí y la miró de arriba abajo, no como el otro hombre, sino con una curiosidad perezosa que de alguna forma la irritó más.
— ¿Eso es todo?
— ¿Perdón?
— Te acabo de salvar de un tipo bastante desagradable. Un simple “gracias” parece poco.
Quinn levantó la barbilla.
— No tengo dinero.
Justin sonrió.
— No pedí dinero.
— Entonces ¿qué quieres?
La pregunta salió más cansada que desafiante.
Justin la estudió.
Había algo extraño en ella.
No era como las chicas que se le acercaban en fiestas.
No lo miraba como premio.
Lo miraba como otro peligro.
Y quizá por eso se acercó.
— Nada serio —dijo—. Solo un poco de diversión.
Quinn debería haberse ido.
Debería haberlo abofeteado.
Debería haber entendido que un chico rico con sonrisa bonita no era una salida, solo otra forma de riesgo.
Pero esa noche su padre acababa de venderla.
Un desconocido acababa de mirarla como mercancía.
Y Justin Cole, arrogante y descarado, al menos le ofrecía algo distinto:
Elegir.
No una transacción.
No una deuda.
No una obligación.
Una decisión suya.
— Si hago esto —dijo Quinn, con la voz áspera—, no será porque te debo algo.
La sonrisa de Justin cambió.
Se volvió más seria.
— Bien.
— No quiero que mi primera vez sea una compra.
Él la miró un segundo más.
Algo en sus ojos se suavizó de manera casi imperceptible.
— Entonces no será una compra.
Quinn no le dijo su nombre.
Él tampoco.
Fue una noche extraña, impulsiva, nacida de rabia, miedo y una necesidad desesperada de sentir que su cuerpo todavía le pertenecía.
Cuando amaneció, Justin se había ido.
Quinn se despertó sola, con una nota que no decía nada importante y una sensación de vacío que no sabía cómo nombrar.
No volvió a verlo.
O eso creyó.
La llamada llegó al día siguiente.
— ¿Señorita Quinn Morgan?
— Sí.
— Llamamos de la estación de policía. Lamentamos informarle que su padre, Morgan, falleció anoche en un accidente automovilístico. Necesitamos que venga a identificar el cuerpo.
Quinn sostuvo el teléfono sin respirar.
Esperó sentir tristeza.
Esperó llorar.
Pero lo primero que sintió fue un cansancio tan profundo que casi la hizo sentarse en el suelo.
Su padre estaba muerto.
Y aun así, sus deudas seguían respirando.
En la estación, el cuerpo fue confirmado.
Los policías hablaron con una mezcla de burocracia y pena practicada.
Ella tenía dieciocho años.
Legalmente adulta.
Pero sola.
Sin casa, porque la casa tuvo que venderse para cubrir apenas la mitad de la deuda.
Sin dinero.
Sin matrícula.
Sin nadie.
— Tenemos una dirección de su madre —dijo una oficial—. Kate Morgan. Legalmente, todavía puede solicitar apoyo familiar. Recomendamos que viva con ella hasta estabilizarse.
Quinn miró el papel.
Su madre.
Kate.
La mujer que se fue cuando Quinn tenía cinco años.
Durante trece años, Quinn había imaginado mil versiones de ella.
A veces una mujer triste que no tuvo opción.
A veces una egoísta.
A veces una víctima.
A veces una persona que quizá, si la veía de nuevo, lloraría y la abrazaría y diría:
“Perdóname.”
Quinn tomó un autobús a Los Ángeles con una mochila, una carpeta de papeles universitarios y la mitad de una esperanza.
La mansión Cole parecía demasiado grande para ser real.
Rejas negras.
Jardines cuidados.
Ventanas altas.
Una fuente frente a la entrada.
Quinn bajó del taxi con los zapatos gastados y el mismo bolso que usó para identificar el cadáver de su padre.
Una empleada abrió la puerta.
— Hola —dijo Quinn, con la garganta seca—. Soy Quinn Morgan. La hija de Kate.
La empleada parpadeó.
— Espere aquí.
Quinn esperó en un vestíbulo más grande que toda su antigua casa.
Miró las escaleras de mármol.
Los cuadros.
El candelabro.
Se sintió como una mancha.
Entonces Kate apareció.
Hermosa.
Mucho más joven de lo que Quinn esperaba.
Cabello perfecto.
Vestido caro.
Sonrisa suave.
No corrió hacia ella.
No lloró.
Solo la miró como si intentara recordar dónde había dejado un objeto.
— Quinn.
— Mamá.
La palabra salió pequeña.
Ridícula.
Kate no la abrazó.
— Han pasado trece años.
— Sí.
— ¿Por qué me buscas ahora?
La pregunta dolió.
No “¿estás bien?”
No “¿qué pasó?”
No “lo siento”.
Solo por qué ahora.
Quinn tragó saliva.
— Papá murió.
Kate levantó las cejas.
— Oh.
Nada más.
Quinn apretó los dedos alrededor de la carpeta.
— Tenía deudas. Vendí la casa, pero no alcanzó. También entré a la universidad, pero no tengo la matrícula. Pensé que quizá podrías ayudarme. Trabajaré y te pagaré. Lo prometo.
Kate la observó con atención.
No maternal.
Calculadora.
Sus ojos bajaron al rostro de Quinn, a su cabello, a su figura, a la manera en que se encogía por no saber dónde poner las manos.
Luego sonrió.
— No puedo pagar tus deudas.
El corazón de Quinn cayó.
— Entiendo.
— Pero puedes quedarte aquí.
Quinn levantó la mirada.
— ¿De verdad?
— Claro. Eres mi hija.
La dulzura de su tono no llegó a sus ojos.
— Pero si vives en mi casa, seguirás mis reglas. Y con una cara como esa, quizá puedas ganarte tu lugar acompañando ciertas cenas. Clientes. Amigos. Personas importantes.
Quinn sintió que la sangre se le iba de la cara.
Había escuchado ese tono antes.
En el casino.
En su padre.
En hombres que miraban a las mujeres como una forma de pago.
— Yo solo quiero estudiar.
— Y estudiar cuesta dinero.
Kate le tocó la mejilla con una ternura falsa.
— Aprende rápido, Quinn. Nadie vive gratis.
Quinn debió irse.
Pero ¿a dónde?
No tenía casa.
No tenía dinero.
No tenía otra madre escondida en otro lugar.
Así que sonrió.
— Gracias.
Esa noche, durante la cena, Kate le pidió que subiera a buscar una caja de trufas en una estantería alta.
— No tienes miedo a las alturas, ¿verdad?
— No.
Quinn subió a una pequeña escalera.
Estaba estirándose cuando una voz masculina habló desde abajo.
— ¿Qué haces en mi casa?
Ella se sobresaltó.
La caja casi cayó.
Miró hacia abajo.
Y el mundo se detuvo.
Justin Cole estaba allí.
El chico del casino.
El desconocido de aquella noche.
El heredero arrogante que ella había jurado olvidar.
Él también se quedó inmóvil.
Luego sus ojos se estrecharon.
— Tú.
Quinn se agarró a la repisa.
— ¿Qué haces tú aquí?
— Esta es mi casa.
— No. Es la casa de mi madre.
— ¿Tu madre trabaja aquí?
— ¡No!
La indignación le devolvió algo de fuerza.
— Kate es mi madre.
Justin se acercó a la escalera.
— ¿Me seguiste hasta Los Ángeles?
— ¿Estás loco?
— Tú dijiste que era solo diversión.
— ¡Tú también!
— Entonces ¿qué haces en mi casa?
Kate entró justo en ese momento.
Su mirada fue de Quinn a Justin.
Y sonrió.
— Oh, veo que ya se conocieron.
Justin no apartó los ojos de Quinn.
— ¿Tienes una hija?
Kate se rió suavemente.
— Justin, cariño, esta es Quinn Morgan, mi hija. Quinn, él es Justin Cole… tu hermanastro.
La palabra cayó como un golpe.
Hermanastro.
Quinn bajó de la escalera con cuidado porque sus piernas habían olvidado cómo funcionar.
Justin parecía a punto de romper algo.
— Nunca dijiste que tenías una hija.
— No surgió el tema —dijo Kate con una ligereza imposible—. Vamos, tu padre está por llegar. La cena está lista.
Durante la cena, Davis Cole recibió a Quinn con una cordialidad que casi la hizo llorar.
Él no era como Kate.
Al menos no parecía.
Era un hombre mayor, elegante, con ojos cansados y una manera de hablar que no necesitaba humillar para ser escuchada.
— No tengo objeción a que Quinn se quede —dijo—. Justin tendrá una hermana. Además, escuché que asistirán a la misma universidad.
— En realidad —dijo Quinn, nerviosa—, todavía no he recibido la matrícula.
Kate suspiró.
— Todo es dinero contigo.
Quinn bajó la mirada.
Davis miró al mayordomo.
— Arréglelo.
Quinn levantó la cabeza.
— ¿Perdón?
— La matrícula. No debería perder su lugar por un trámite.
Quinn no supo qué decir.
Justin la observaba desde el otro extremo de la mesa, con la mandíbula apretada.
Davis sonrió.
— Justin es excelente estudiante. Derecho y finanzas. Becas cada año. El primero de su lista. Puedes aprender mucho de tu hermano.
Quinn soltó una risa nerviosa antes de poder detenerse.
— ¿Él?
Toda la mesa la miró.
Justin abrió los ojos apenas.
Quinn tragó saliva.
— Quiero decir… sí. Claro. Seguro.
Justin se levantó de golpe.
— Voy a cambiarme.
— Yo también —dijo Quinn, levantándose—. Derramé un poco de agua.
En cuanto estuvieron solos en el pasillo, Justin la arrastró hacia una habitación.
— ¿Qué estás haciendo aquí?
— Ya te lo dije. No tengo dónde vivir.
— ¿De verdad esperas que crea eso?
— No necesito que creas nada.
— Viniste por dinero.
Quinn se tensó.
— Vine por la universidad.
Justin tomó su bolso, abrió la carpeta y vio los papeles de deuda.
— ¿Un millón?
— Mi padre murió debiendo dinero.
— Entonces fuiste al casino por eso.
La vergüenza ardió.
— No elegí estar allí.
Justin la miró.
Algo parpadeó en su rostro.
Luego volvió a cubrirlo con arrogancia.
— Empaca y vete.
— Díselo a tu padre.
Justin se quedó quieto.
Quinn entendió.
— Ah. Claro. El hijo perfecto no quiere mostrar su verdadera cara.
— No juegues conmigo.
— Tú tampoco conmigo.
Él se acercó demasiado.
— Si mi padre descubre lo que pasó entre nosotros, ¿a quién crees que echará? ¿A su hijo o a la hija pobre de su nueva esposa?
Quinn sintió miedo.
Pero no retrocedió.
— Si me tocas, grito. Y toda tu familia sabrá exactamente quién eres.
Justin la miró.
Por primera vez, ella vio algo parecido a respeto.
O rabia.
O ambos.
— Mantente fuera de mi camino.
— Encantada.
Pero Kate no planeaba permitirle a Quinn mantenerse fuera del camino de nadie.
Al día siguiente, la llevó a una cena privada.
— Necesito que vengas conmigo.
— No me siento cómoda con esas cenas.
Kate sonrió.
— ¿No quieres ir a la universidad? ¿No querías ayuda con las deudas de tu padre?
Quinn se quedó helada.
Kate le entregó un vestido corto.
— Ponte esto. No me avergüences.
La cena fue en un salón privado.
Hombres mayores.
Copas caras.
Miradas pesadas.
Kate presentó a Quinn como “mi adorable hija”, pero la sostuvo por el brazo como se sostiene mercancía frágil.
Un hombre llamado Johnson la observó demasiado tiempo.
— Deliciosa —dijo.
Quinn quiso desaparecer.
— No me siento bien. Creo que voy a casa.
Kate le mostró una tarjeta.
— Tu matrícula está aquí. Si te vas, desaparece.
El hombre se acercó.
— La timidez es normal en una chica joven.
— No soy tímida.
— Tu madre dice que sigues siendo virgen.
Quinn sintió que algo se rompía.
Kate la había ofrecido otra vez.
Como su padre.
Como el casino.
Como si su cuerpo fuera el único valor que otros podían encontrarle.
Entonces la puerta se abrió de golpe.
Justin entró.
Su rostro no tenía la sonrisa de heredero.
Tenía furia.
— ¿Qué demonios está pasando aquí?
Johnson se levantó.
— ¿Quién eres tú?
Justin lo golpeó.
No fue una pelea larga.
Fue una lección.
Cuando terminó, Johnson estaba en el suelo y Quinn temblaba contra la pared.
Kate gritaba que todo estaba arruinado.
Justin no la miró.
Solo tomó a Quinn del brazo, con una fuerza que no dolía.
— Vamos.
En el auto, ninguno habló al principio.
Quinn miraba por la ventana.
La ciudad pasaba en luces borrosas.
— ¿Tu madre organizó eso? —preguntó Justin.
Quinn soltó una risa rota.
— ¿No es obvio?
— ¿Por qué me escribiste?
Ella miró sus manos.
— Porque no tenía a nadie más.
Justin no respondió.
La frase cayó entre ellos como algo demasiado honesto para tocarlo.
— Mi ex se acostó con mi mejor amiga —continuó Quinn, sin saber por qué hablaba—. Mi padre intentó venderme. Mi madre me acaba de vender mejor. Así que sí, te escribí. No pensé que vendrías.
Justin apretó el volante.
— Yo tampoco.
— ¿Entonces por qué viniste?
Él la miró de reojo.
— Porque tu madre no es una buena persona.
Quinn casi sonrió.
— Esa es una forma elegante de decirlo.
Justin detuvo el auto frente a la mansión.
Antes de entrar, la miró.
— Necesitamos pruebas.
— ¿Pruebas?
— Mi padre confía en Kate. Demasiado. Si queremos convencerlo de quién es, necesitamos algo que no pueda negar.
— ¿Por qué te importa?
Justin tardó en contestar.
— Porque ella está usando a mi padre. Y porque…
Se detuvo.
— Porque lo que te hizo hoy fue asqueroso.
Quinn lo miró.
Sin sarcasmo.
Sin defensa.
— Gracias.
Justin bajó la mirada.
— No te acostumbres.
Ella rió, pero le dolió.
Porque por un segundo había querido creer que él podía ser bueno.
A la mañana siguiente, Justin le dejó un regalo en la puerta.
Ropa.
Un bolso.
Libros para la universidad.
Quinn lo encontró en el pasillo.
— ¿Por qué haces esto?
Él se encogió de hombros.
— Regalo por entrar a la universidad.
— Ayer me salvaste. Hoy me das regalos. ¿Qué pasa?
Justin sonrió.
— Quizá me gustas un poco.
Quinn se quedó quieta.
Él soltó una risa.
— Te lo creíste.
Algo en su pecho cayó.
— Por un momento pensé que podías ser buena persona.
La sonrisa de Justin se apagó apenas.
— No caigas por mí, Quinn. Nadie va a amarte por ti hasta que aprendas a amarte tú misma.
La frase fue cruel.
Pero también era verdad.
Y eso la hizo doler más.
Cuando Davis le pidió a Justin llevarla a la universidad, él aceptó.
Quinn subió al auto en silencio.
El camino al campus fue tenso.
— Mantén perfil bajo —dijo Justin—. Nadie necesita saber que vives con nosotros.
— ¿Te avergüenzo?
— Me complicas.
— Qué honor.
La universidad era enorme.
Brillante.
Llena de estudiantes con ropa cara y vidas que parecían no pesar.
Quinn se sintió pequeña otra vez.
Hasta que un chico de cabello claro se acercó.
— ¿Estás perdida?
— Mucho.
— Soy Lucien. Te acompaño a registro.
Lucien era amable.
Demasiado amable quizá.
Pero Quinn estaba cansada de sospechar de cada gesto.
Cuando Justin los vio juntos, su expresión cambió.
— ¿Quién demonios eres?
Lucien sonrió.
— Alguien con modales.
Quinn casi se rió.
No lo hizo porque Justin parecía capaz de incendiar el campus.
Ese fue el inicio de una nueva guerra.
No con Kate.
No con deudas.
Sino con una chica llamada Lydia, que llevaba años obsesionada con Justin.
Lydia la vio salir del auto de Justin.
La vio hablar con Lucien.
La vio ocupar un espacio que ella creía suyo.
Y decidió destruirla.
Primero fueron comentarios.
Luego empujones.
Después encerrarla en un baño y tirarle agua encima.
Finalmente, cortarle la falda y tirar su portátil a la basura.
Quinn no lloró.
No allí.
Fue a la oficina de la directora y mostró el video.
— Lydia me está acosando.
La directora, Mrs. Clark, miró la grabación con una incomodidad que no se convirtió en justicia.
— Esto parece un conflicto entre estudiantes. No exageremos.
— Me cortó la ropa.
— Lydia es una estudiante excelente. Su familia ha donado mucho a la universidad.
Quinn la miró.
— ¿Entonces no hará nada porque ella es poderosa?
— ¿Quieres continuar tus estudios aquí?
La amenaza era clara.
Quinn sintió que el mundo se repetía.
Casino.
Kate.
Johnson.
Ahora Lydia.
Siempre alguien con dinero diciéndole que su dolor era inconveniente.
La puerta se abrió.
Justin entró.
— Disculpe —dijo, con una sonrisa perfecta que no llegó a sus ojos—. Si escuché bien, ¿estaba amenazando a mi hermana?
Mrs. Clark palideció.
— Señor Cole.
— Quinn prefiere mantener bajo perfil —dijo Justin—. Pero bajo perfil no significa desprotegida.
La directora cambió de tono de inmediato.
— Por supuesto. Lo manejaré.
Justin llevó a Quinn al auto.
Ella estaba mojada, temblando de rabia.
— ¿Por qué me ayudas ahora?
— Porque me das pena.
— Qué encantador.
— Y porque Lydia hizo esto por mí.
Quinn lo miró.
— Al menos lo reconoces.
— No te acerques tanto a Lucien.
— No tienes derecho a decirme con quién hablar.
— Él no es tan inocente.
— ¿Y tú sí?
Justin no respondió.
Ella golpeó la puerta del auto con la mano.
— Estoy cansada de que todos crean que pueden decidir por mí.
— Yo no decido por ti.
— Me estás diciendo a quién puedo ver.
— Porque no quiero que te lastimen.
— Entonces aprende a decir eso sin sonar como un tirano.
La pelea escaló.
Quinn mencionó a su madre.
Justin frenó de golpe.
— Baja.
— ¿Qué?
— Baja del auto.
— Estamos lejos.
— Baja.
Quinn se quedó mirando su rostro.
Duro.
Herido.
Cerrado.
Bajó.
El auto se alejó.
La calle estaba casi vacía.
El barrio, desconocido.
Quinn caminó con rabia, abrazándose a sí misma.
Entonces una camioneta se detuvo.
Dos hombres bajaron.
— Quinn Morgan.
Ella retrocedió.
— No tengo dinero.
— Tu padre debía un millón. Está muerto. Ahora pagas tú.
La agarraron.
Quinn gritó.
Justin volvió.
No supo por qué lo hizo.
Solo condujo cinco minutos con el pecho ardiendo hasta que la culpa le ganó a la rabia.
Cuando vio a los hombres sujetándola, el mundo se volvió rojo.
La pelea fue brutal.
Justin recibió golpes.
Quinn también.
Pero escaparon.
En el auto, ambos respiraban como si hubieran corrido kilómetros.
— ¿Por qué volviste? —preguntó Quinn.
Justin miró el camino.
— Sonaba como si fueras a ser vendida a un casino.
— Eso sigue siendo tu culpa.
— Justo.
Ella casi rió.
Luego empezó a llorar.
Justin estacionó en una calle silenciosa.
Sacó un botiquín.
— Déjame ver.
— Estoy bien.
— No estás bien.
Le limpió una herida en la frente con cuidado torpe.
Demasiado cuidado para alguien que decía no importarle.
— Siento haberte dejado —dijo.
Quinn lo miró.
— Yo siento lo que dije de tu madre.
La mano de Justin se detuvo.
— Ella se fue cuando yo era muy pequeño. Era cantante. Amaba el rock más que cualquier cosa. Mi padre gastó una fortuna apoyándola al principio, pero luego… ella volvió a la banda, a la carretera. Murió en un accidente de escenario.
Quinn escuchó.
— Mi padre nunca lo superó. Odia el rock. Odia todo lo que se parezca a rebeldía, libertad, desobediencia. Por eso tengo que fingir.
— Fingir ser perfecto.
Justin asintió.
— Derecho. Finanzas. Becas. Hijo ideal. Mientras escondo la guitarra, la banda, las peleas, todo.
Quinn miró sus manos.
— Lo siento.
— Es mi secreto.
— No diré nada.
Él la miró.
— Entonces tenemos secretos mutuos.
— ¿Eso significa que dejaremos de pelearnos?
Justin sonrió.
— Probablemente no.
— Pero podemos intentarlo.
Él extendió la mano.
— Trato.
Quinn la tomó.
Y por primera vez desde que llegó a la mansión Cole, no se sintió completamente sola.